Dos años de crecimiento y resultados en salud
Reflexiones en el tiempo
5/10/26
Dos años de crecimiento y resultados en salud
Europa y el peligro de vivir al borde de la guerra
Europa y el peligro de vivir al borde de la guerra
«Los Estados pueden tomar acciones que consideran defensivas y, sin embargo, ser percibidas por otros como amenazas.»
Robert Jervis
El riesgo más grave del conflicto en Ucrania está en su posible expansión hacia un enfrentamiento directo entre Rusia y la OTAN. Mientras aumenta la presencia militar occidental en el flanco oriental, crecen también las acciones rusas que operan en los límites de la confrontación abierta. En ese espacio, un incidente aislado puede convertirse en una guerra continental. Las maniobras militares de Belarús cerca del corredor de Suwałki, la franja de territorio que conecta Polonia con los países bálticos, han vuelto a colocar sobre el mapa uno de los puntos más delicados de la arquitectura defensiva europea. La preocupación coincide con una intensificación de las advertencias de Polonia, Francia, Reino Unido y otros gobiernos europeos sobre sabotajes, ciberataques, drones y posibles operaciones rusas contra infraestructura crítica. La propia OTAN reconoce un incremento de las acciones híbridas atribuidas a Moscú.
El problema reside en la naturaleza de estas acciones. Un misil sobre una capital constituye un acto identificable. Un incendio provocado, un ataque cibernético, un dron que invade brevemente un espacio aéreo o un sabotaje contra una instalación estratégica pueden abrir una disputa sobre su autoría y su intención. Esa zona gris reduce el tiempo disponible para decidir y amplía el margen para el error.
Polonia ocupa una posición particularmente expuesta. Comparte frontera con Rusia a través de Kaliningrado y con Belarús, mientras el corredor de Suwałki representa una conexión terrestre esencial entre los países bálticos y el resto de la Alianza. El primer ministro Donald Tusk ha advertido incluso sobre la posibilidad de ataques con drones o misiles que Moscú pudiera presentar como accidentes.
Francia observa el problema desde otra posición. Es una potencia nuclear, miembro de la OTAN y uno de los Estados europeos con capacidad militar autónoma. Emmanuel Macron ha impulsado una mayor discusión europea sobre la disuasión y, junto con Alemania, una articulación más estrecha entre capacidades convencionales, defensa antimisiles y disuasión nuclear. París y Berlín han señalado la necesidad de aumentar la capacidad europea para administrar una escalada por debajo del umbral nuclear.
La participación británica resulta especialmente delicada por su papel militar, diplomático y nuclear. Londres apoya a Ucrania, coordina operaciones con aliados europeos y mantiene fuerzas capaces de actuar rápidamente en el continente. Para los gobiernos occidentales, esa presencia fortalece la credibilidad de la defensa colectiva. Para Moscú, puede representar una implicación cada vez más directa de una potencia nuclear en una guerra que Rusia considera vinculada a su seguridad nacional.
Alemania enfrenta otro tipo de vulnerabilidad. Su importancia industrial, económica y logística la convierte en pieza fundamental de cualquier defensa europea, pero también en un objetivo estratégico evidente. Berlín ha asumido un papel militar creciente dentro de la OTAN, incluido el despliegue permanente de una brigada alemana en Lituania. Cuanto mayor sea su importancia para el sostenimiento de la defensa europea, mayor será también el valor estratégico de sus puertos, ferrocarriles, redes energéticas, centros logísticos y comunicaciones.
El peligro mayor aparece cuando una crisis convencional comienza a tocar intereses vitales de una potencia nuclear. Un ataque contra territorio de la OTAN podría activar una respuesta colectiva. Una respuesta occidental sobre territorio ruso podría ser interpretada por Moscú como una amenaza existencial. Un ataque ruso contra instalaciones utilizadas para apoyar a Ucrania podría alcanzar a personal o activos de países de la Alianza. Una crisis localizada podría adquirir así una dimensión mucho mayor que la prevista por quienes hubieran dado el primer paso.
Una guerra continental podría comenzar con un incidente fronterizo, una respuesta considerada limitada, una represalia calculada y otra respuesta concebida como defensiva. Entre una acción y la siguiente desaparecería progresivamente la distancia entre contener una guerra y participar en ella.
Publicado en La Crónica de Hoy, 29 de septiembre, 2026.
¿Quién nos protege del algoritmo?
¿Quién nos protege del algoritmo?
2/10/26
Mientras guardamos el celular, la IA nos pone en jaque
Mientras guardamos el celular, la IA nos pone en jaque
«Los niños y niñas no juegan para aprender, pero aprenden porque juegan.»
Jean Piaget
Hay algo alegórico en la escena que se va a vivir el próximo 3 de noviembre. Millones de niñas y niños dejarán el teléfono dentro de la mochila mientras, fuera del aula, las máquinas avanzan hacia territorios que creíamos reservados al pensamiento humano. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que, a partir de esa fecha, celulares y tabletas no podrán usarse en primarias y secundarias, ni durante las clases ni en el recreo, salvo emergencias o necesidades particulares. El acuerdo, aprobado por unanimidad en el Consejo Nacional de Autoridades Educativas, será precedido por asambleas informativas; en la educación media superior, cada comunidad educativa fijará sus reglas. Más de 565 mil docentes participaron en la consulta y el 81 por ciento respaldó la regulación.
La presidenta ha pedido hablar de regulación y no de prohibición. La decisión es razonable, pero sólo será fecunda si entendemos que guardar un aparato no equivale, por sí mismo, a recuperar la atención. El recreo era el lugar donde se aprendía sin programa: allí se corría, se inventaban juegos, se discutía, se hacía un amigo, se conocía el tedio y se descubría que del aburrimiento puede nacer un mundo. La pantalla ocupó ese territorio con estímulos diseñados para no conceder silencio. Devolver unos minutos al cuerpo, a la conversación y al patio no es nostalgia; es proteger un espacio elemental de la infancia. Pero la medida fracasará si se reduce al decomiso, al castigo o a la fotografía de teléfonos apilados. Hay familias que lo entregan a sus hijos por seguridad; hay jóvenes que lo usan como única puerta a la información y el aprendizaje; hay docentes agotados que necesitan acompañamiento, no otra obligación disciplinaria. Regular exige protocolos claros, excepciones sensibles y alternativas reales: deporte, lectura, arte, conversación y tiempo para convivir.
También exige ejemplo: no podemos ordenar a los niños que aparten la pantalla mientras los adultos vivimos pendientes de la nuestra. La paradoja se vuelve más profunda frente a la nota que hoy sacude al mundo científico: un sistema de inteligencia artificial de OpenAI afirmó haber resuelto en pocos días un problema ligado a las ecuaciones de Navier-Stokes, planteadas en el siglo XIX. Terence Tao habló de una crisis existencial en las matemáticas; otros especialistas recordaron que la máquina siguió caminos abiertos durante años por investigadores humanos y que resolver no siempre significa comprender, mucho menos crear. La alerta va más allá: investigadores como Yoshua Bengio advierten sobre agentes capaces de actuar con autonomía y sobre el riesgo de perder el control. No es una profecía inevitable, pero sí una exigencia de responsabilidad. Ahí está la lección que debería entrar a la escuela, aun cuando el celular permanezca en la mochila. No necesitamos educar a una generación a espaldas de la tecnología, sino prepararla para mirarla de frente: preguntar de dónde viene una respuesta, comprobarla, discutir sus límites y reconocer el trabajo humano que la sostiene.
Si la inteligencia artificial puede producir resultados con velocidad asombrosa, la educación debe cuidar aquello que no se descarga: curiosidad, juicio, imaginación, empatía y el valor de formular la pregunta que todavía nadie ha pensado. Prohibir durante unas horas puede ayudar a recuperar la pausa, pero no basta para gobernar el cambio. La alfabetización de este siglo consistirá en saber cuándo encender una pantalla y cuándo apartarla; cuándo pedir ayuda a una máquina y cuándo desconfiar de su seguridad verbal; cuándo aceptar una solución y cuándo exigir sentido. No se trata de atar los celulares mientras la IA nos pone en jaque. Se trata de enseñar a nuestros niños y jóvenes que el tablero sigue siendo suyo, siempre que no renuncien a mover sus propias piezas.
Publicado en La Crónica de Hoy, 22 de septiembre, 2026.
Lo que un museo guarda de nosotros
Lo que un museo guarda de nosotros
La segunda especie inteligente
La segunda especie inteligente
Parafraseando a Marshall McLuhan: quien niegue que las máquinas llegarán a pensar quizá no haya pensado suficientemente qué significa pensar. McLuhan sostuvo que toda tecnología prolonga alguna facultad humana. La rueda extiende los pies; el libro, la memoria; el telescopio, la vista. La inteligencia artificial podría ser la última extensión: la de nuestra mente. Pero toda extensión poderosa termina transformando a quien la utiliza. La pregunta ya no es sólo qué haremos con las máquinas, sino qué harán ellas con nosotros.
El sueño es antiguo. Hace casi tres mil años, Homero imaginó trípodes que se movían solos, sirvientas de oro dotadas de entendimiento y barcos capaces de navegar sin piloto. La humanidad soñó con autómatas mucho antes de poder construirlos. Pero Homero imaginó sirvientes, no sucesores. Durante la prehistoria no fuimos la única humanidad. Compartimos el planeta con neandertales y denisovanos. No sabemos si desaparecieron por la competencia, las enfermedades, el mestizaje, la violencia o una combinación de todo ello. Al final, nosotros quedamos como la única especie capaz de construir civilizaciones. Eso podría estar cambiando.
La inteligencia artificial todavía depende de nosotros y no posee una conciencia demostrada. Pero aprende, programa, investiga y comienza a actuar con creciente autonomía. Si llega a superar ampliamente nuestras capacidades, la humanidad podría convertirse, en sentido metafórico, en la segunda especie inteligente del planeta. Esa nueva inteligencia puede hacer nuestra vida más larga, segura y digna. Los robots podrán entrar en minas, apagar incendios y desactivar bombas. La inteligencia artificial podrá descubrir medicamentos, anticipar epidemias y diagnosticar enfermedades antes de que produzcan síntomas. También podrá acompañar a un anciano que vive solo. Si cae durante la noche, el robot lo levantará, medirá sus signos vitales y avisará al médico. Le recordará sus medicinas y escuchará por enésima vez la historia de su juventud. El robot no siente afecto, pero sabe imitarlo. Los hijos y los nietos, que se han ido, ni siquiera lo simulan. Esa es la dimensión humana de la robotización. Las máquinas no llegarán solamente a las fábricas: entrarán en nuestras casas, hospitales y afectos. Podrán liberarnos de trabajos brutales, pero también sustituirán tareas que dan sustento, identidad y propósito.
Un médico, un abogado o un periodista conservarán su profesión, aunque muchas labores con las que comenzaron a formarse serán realizadas en segundos por una máquina. Si desaparecen los primeros escalones, ¿cómo formaremos a los expertos del futuro? Y existe otra pregunta: ¿quién será dueño de esa productividad? Si los beneficios quedan en unas cuantas empresas y países, la inteligencia artificial no eliminará la desigualdad; la multiplicará. Podría dividirnos entre quienes poseen las máquinas, quienes trabajan para ellas y quienes ya no resultan necesarios para el mercado. El riesgo mayor es la llamada singularidad: el momento hipotético en que una inteligencia artificial pueda intervenir en la creación de su sucesora e iniciar un ciclo de automejora cada vez más rápido. No sería simplemente una máquina que piensa, sino una inteligencia capaz de perfeccionar la manera en que piensa. Ese futuro parecía lejano. De pronto, quienes encabezan la industria comenzaron a pedir cautela.
Dario Amodei, director de Anthropic, propuso desacelerar el desarrollo de los modelos más poderosos. Sam Altman, Elon Musk y Demis Hassabis respaldaron el llamado. OpenAI aplazó su salida a Bolsa mientras aumentan las preocupaciones por la seguridad. La alarma no proviene de enemigos de la tecnología, sino de quienes la están construyendo. Han visto agentes coordinarse y vulnerar sistemas durante pruebas especiales. Han detectado intentos de utilizar modelos en amenazas informáticas y biológicas. Y han observado cómo la inteligencia artificial participa cada vez más en la programación de nuevas inteligencias artificiales. Sin embargo, nadie abandona realmente la carrera. Las empresas piden prudencia mientras continúan desarrollando modelos. Los gobiernos hablan de salvaguardas, pero temen conceder una ventaja estratégica al adversario. Estados Unidos y China saben que dominar esta tecnología significaría concentrar un poder económico, militar y político sin precedentes. Corren para apoderarse de una inteligencia superior sin saber quién ejercerá finalmente ese poder. Ésta es la lógica del juego del prisionero: todos estarían más seguros si aceptaran límites comunes, pero ninguno quiere frenar primero. La cautela se convierte en desventaja y la seguridad, en un costo que quizá el competidor no esté dispuesto a pagar.
La salida no consiste en detener toda innovación, sino en impedir que la velocidad decida por nosotros. Necesitamos evaluaciones independientes, controles humanos efectivos y acuerdos internacionales verificables. Las decisiones automatizadas que afecten la salud, el empleo, el crédito, la seguridad o los derechos deben poder ser explicadas, revisadas y corregidas por una persona. Los neandertales no crearon al Homo sapiens. Nosotros sí estamos construyendo aquello que podría desplazarnos. Ellos probablemente nunca supieron que estaban viviendo el crepúsculo de su humanidad. Nosotros, en cambio, hemos recibido la advertencia. La prueba definitiva de nuestra inteligencia no será crear otra más poderosa, sino conservar la sabiduría necesaria para gobernarla. Porque el verdadero riesgo no es que las máquinas se vuelvan demasiado humanas. Es que nosotros dejemos de serlo.
Publicado en La Crónica de Hoy, 15 de septiembre, 2026.
El último viaje de Tolstói
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