4/11/26

Cuando los jóvenes dejan de creer en el futuro

 Cuando los jóvenes dejan de creer en el futuro


«Una sociedad comienza a envejecer no cuando aumentan sus años, sino cuando sus jóvenes dejan de creer en sus promesas.»

Sacarías.

Hay algo más inquietante que ver a miles de jóvenes protestando en las calles:  descubrir que han comenzado a desconfiar del mundo que los adultos les estamos heredando. Las recientes movilizaciones en Francia, que comenzaron en las escuelas y terminaron por expresar un malestar social mucho más amplio, obligan a preguntarnos qué sucede cuando la educación deja de representar una promesa de futuro. Los reclamos iniciales parecían asuntos administrativos: profesores ausentes, aulas saturadas, edificios deteriorados y un sistema de acceso universitario, conocido como Parcoursup, cuya transparencia cuestionan los estudiantes. Sin embargo, detrás de esas demandas existe una pregunta mucho más profunda: ¿para qué prepararse durante años si las oportunidades prometidas parecen alejarse conforme se aproxima la vida adulta?

El 17 de octubre, cientos de miles de personas se manifestaron en Francia. A los estudiantes se sumaron trabajadores, organizaciones sindicales y sectores inconformes con el costo de la vida y el deterioro de los servicios públicos. Una parte de las movilizaciones derivó en saqueos, incendios y enfrentamientos con la policía. 

La violencia merece una condena inequívoca, pero sería un error utilizarla para descalificar las causas legítimas que dieron origen a las protestas. Confundir la inconformidad social con los actos delictivos impide comprender ambas cosas. El filósofo francés Louis Althusser sostuvo que la escuela constituye uno de los principales aparatos ideológicos del Estado. Su función no consiste únicamente en enseñar matemáticas, historia o literatura, sino también en reproducir las relaciones sociales, los valores y las formas de autoridad que permiten la continuidad de un determinado orden. La idea resulta incómoda porque nos obliga a reconocer que la educación nunca es enteramente neutral. Al enseñar cómo funciona el mundo, también transmite una determinada manera de aceptarlo. La escuela forma   trabajadores y profesionistas, pero igualmente ciudadanos que aprenden a reconocer las reglas de la sociedad en la que viven. Una educación que solamente enseña a obedecer puede producir conformidad, pero difícilmente ciudadanos libres. Y una sociedad que considera peligrosa toda inconformidad juvenil termina desconfiando de los resultados de su propia enseñanza.

Hannah Arendt entendió la educación desde otra perspectiva. Para ella, educar significaba asumir una responsabilidad frente al mundo y frente a quienes llegan a él. Cada nueva generación recibe una realidad que no construyó, con sus instituciones, sus conquistas y también sus injusticias. La responsabilidad de los adultos consiste en presentar ese mundo sin ocultar sus contradicciones, pero también sin renunciar a la posibilidad de transformarlo.

Entre Althusser y Arendt aparece una tensión fundamental: mientras uno nos ayuda a comprender cómo la educación reproduce el orden existente, la otra nos recuerda que cada generación trae consigo la posibilidad de comenzar algo nuevo. Durante generaciones, la educación fue presentada como uno de los caminos más seguros hacia la movilidad social. Estudiar significaba prepararse para vivir mejor que los padres. Esa convicción permitió a millones de familias realizar enormes sacrificios, sostenidas por una esperanza sencilla: que sus hijos tendrían mayores oportunidades. Cuando esa expectativa se debilita, el problema deja de ser exclusivamente educativo y se convierte en una crisis de confianza pública. No basta con exigir esfuerzo individual cuando las condiciones colectivas hacen cada vez más difícil que ese esfuerzo encuentre recompensa.

Las imágenes de los estudiantes franceses deberían inquietarnos más allá de sus episodios de violencia. Nos recuerdan que la estabilidad de una sociedad depende tanto de sus instituciones como de la confianza que las nuevas generaciones depositan en ellas. Porque cuando los jóvenes dejan de creer que el esfuerzo puede cambiar su destino, no solamente está en crisis la educación: comienza a ponerse en duda la legitimidad del mundo que les hemos entregado.


Publicado en La Crónica de Hoy, 20 de octubre, 2026.

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