5/10/26

Dos años de crecimiento y resultados en salud

 Dos años de crecimiento y resultados en salud

«No se trata solamente de construir, sino de coordinar la construcción con las necesidades de las distintas regiones del país.»
Franklin D. Roosevelt

Hay cifras que sirven para presumir y otras que sirven para medir. En una institución pública deberían importar, sobre todo, las segundas. En el marco del Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, los datos del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) permiten observar una transformación importante en su capacidad de atención. Detrás de cada cama, cada consulta y cada cirugía existe algo que las estadísticas suelen ocultar: una persona esperando. Esa es, finalmente, la razón de ser de la seguridad social.

Desde 2018, el IMSS emprendió el proceso más amplio de crecimiento hospitalario de su historia. Hacia 2030 se proyecta incorporar más de 10 mil camas y duplicar, en apenas 12 años, la capacidad construida durante los 36 anteriores. La dimensión puede apreciarse en hospitales de Sonora, Baja California, Yucatán, Guanajuato, Michoacán, Coahuila, Nuevo León, Morelos, Zacatecas, Sinaloa, Baja California Sur y Oaxaca; en la conclusión del Hospital Regional número 25 de Iztapalapa; en el rescate de Chicoloapan y en las ampliaciones de Tula y San Buenaventura. Pero un sistema de salud no puede construirse solamente desde los hospitales. También se han puesto en operación seis nuevas Unidades de Medicina Familiar, que representan 134 consultorios adicionales. Ahí está quizá una de las transformaciones menos espectaculares, pero más importantes: atender antes para evitar llegar después al hospital. A ello se suma la renovación tecnológica: 67 mastógrafos, nuevos tomógrafos, 17 equipos de resonancia magnética y tres aceleradores lineales para la atención del cáncer. Una mastografía y una biopsia realizadas en una misma visita pueden parecer un dato administrativo. Para una mujer que espera saber si tiene cáncer, significan otra cosa: menos días de incertidumbre. Esa es la diferencia entre contabilizar servicios y comprender su dimensión humana.
Los resultados empiezan también a expresarse en la atención. Entre enero y julio de 2026, el IMSS reportó 12.6 millones de consultas y cirugías adicionales respecto del mismo periodo de 2024. Las cirugías crecieron 36 por ciento; la consulta de especialidad, 37 por ciento, y Medicina Familiar, 12 por ciento. Nada de esto ocurre por generación espontánea. En los últimos dos años se incorporaron más de 32 mil trabajadoras y trabajadores, entre ellos casi 9 mil médicas y médicos y más de 6 mil integrantes del personal de enfermería.

Durante los primeros dos años de la administración de Claudia Sheinbaum, esta expansión ha continuado. Al IMSS, bajo la dirección del Mtro. Zoé Robledo, le corresponde convertirla en algo bastante más difícil que construir hospitales: hacer que funcionen todos los días. Porque sería un error confundir infraestructura con salud. Un hospital vacío es solamente un edificio. Una resonancia que no funciona es una máquina costosa. Una cama sin enfermera es un mueble. Y un derecho escrito en una ley, si una persona no puede ejercerlo, corre el riesgo de convertirse en una declaración de buenas intenciones. Ahí permanece el desafío.
Persisten tiempos de espera, necesidades de abasto, déficit de especialistas en algunas regiones y una demanda que seguirá creciendo. Reconocerlo no disminuye lo realizado. Al contrario: la obligación de una institución pública no es defender sus cifras, sino confrontarlas permanentemente con la realidad. La seguridad social nació de una idea profundamente humanista: que la enfermedad, la vejez, un accidente o la pérdida de la capacidad para trabajar no deben condenar a una persona a enfrentar sola su vulnerabilidad. Por eso el IMSS no es únicamente una institución médica. Es uno de los grandes pactos de solidaridad que los mexicanos hemos construido entre generaciones.

Podemos hablar de 10 mil camas, millones de consultas o miles de trabajadores adicionales. Son datos importantes. Pero existe una medida todavía más exigente. La del paciente que espera. Si conseguimos que espere menos, que sea diagnosticado antes, que encuentre sus medicamentos y que reciba atención digna cuando más vulnerable se encuentra, entonces las cifras habrán dejado de ser estadísticas. Se habrán convertido en derechos.

Publicado en El Universal, 1 de octubre, 2026.

Europa y el peligro de vivir al borde de la guerra

 Europa y el peligro de vivir al borde de la guerra


«Los Estados pueden tomar acciones que consideran defensivas y, sin embargo, ser percibidas por otros como amenazas.»

Robert Jervis

El riesgo más grave del conflicto en Ucrania está en su posible expansión hacia un enfrentamiento directo entre Rusia y la OTAN. Mientras aumenta la presencia militar occidental en el flanco oriental, crecen también las acciones rusas que operan en los límites de la confrontación abierta. En ese espacio, un incidente aislado puede convertirse en una guerra continental. Las maniobras militares de Belarús cerca del corredor de Suwałki, la franja de territorio que conecta Polonia con los países bálticos, han vuelto a colocar sobre el mapa uno de los puntos más delicados de la arquitectura defensiva europea. La preocupación coincide con una intensificación de las advertencias de Polonia, Francia, Reino Unido y otros gobiernos europeos sobre sabotajes, ciberataques, drones y posibles operaciones rusas contra infraestructura crítica. La propia OTAN reconoce un incremento de las acciones híbridas atribuidas a Moscú.



El problema reside en la naturaleza de estas acciones. Un misil sobre una capital constituye un acto identificable. Un incendio provocado, un ataque cibernético, un dron que invade brevemente un espacio aéreo o un sabotaje contra una instalación estratégica pueden abrir una disputa sobre su autoría y su intención. Esa zona gris reduce el tiempo disponible para decidir y amplía el margen para el error.

Polonia ocupa una posición particularmente expuesta. Comparte frontera con Rusia a través de Kaliningrado y con Belarús, mientras el corredor de Suwałki representa una conexión terrestre esencial entre los países bálticos y el resto de la Alianza. El primer ministro Donald Tusk ha advertido incluso sobre la posibilidad de ataques con drones o misiles que Moscú pudiera presentar como accidentes.

Francia observa el problema desde otra posición. Es una potencia nuclear, miembro de la OTAN y uno de los Estados europeos con capacidad militar autónoma. Emmanuel Macron ha impulsado una mayor discusión europea sobre la disuasión y, junto con Alemania, una articulación más estrecha entre capacidades convencionales, defensa antimisiles y disuasión nuclear. París y Berlín han señalado la necesidad de aumentar la capacidad europea para administrar una escalada por debajo del umbral nuclear.

La participación británica resulta especialmente delicada por su papel militar, diplomático y nuclear. Londres apoya a Ucrania, coordina operaciones con aliados europeos y mantiene fuerzas capaces de actuar rápidamente en el continente. Para los gobiernos occidentales, esa presencia fortalece la credibilidad de la defensa colectiva. Para Moscú, puede representar una implicación cada vez más directa de una potencia nuclear en una guerra que Rusia considera vinculada a su seguridad nacional.

Alemania enfrenta otro tipo de vulnerabilidad. Su importancia industrial, económica y logística la convierte en pieza fundamental de cualquier defensa europea, pero también en un objetivo estratégico evidente. Berlín ha asumido un papel militar creciente dentro de la OTAN, incluido el despliegue permanente de una brigada alemana en Lituania. Cuanto mayor sea su importancia para el sostenimiento de la defensa europea, mayor será también el valor estratégico de sus puertos, ferrocarriles, redes energéticas, centros logísticos y comunicaciones.

El peligro mayor aparece cuando una crisis convencional comienza a tocar intereses vitales de una potencia nuclear. Un ataque contra territorio de la OTAN podría activar una respuesta colectiva. Una respuesta occidental sobre territorio ruso podría ser interpretada por Moscú como una amenaza existencial. Un ataque ruso contra instalaciones utilizadas para apoyar a Ucrania podría alcanzar a personal o activos de países de la Alianza. Una crisis localizada podría adquirir así una dimensión mucho mayor que la prevista por quienes hubieran dado el primer paso.

Una guerra continental podría comenzar con un incidente fronterizo, una respuesta considerada limitada, una represalia calculada y otra respuesta concebida como defensiva. Entre una acción y la siguiente desaparecería progresivamente la distancia entre contener una guerra y participar en ella.


Publicado en La Crónica de Hoy, 29 de septiembre, 2026.

¿Quién nos protege del algoritmo?

 ¿Quién nos protege del algoritmo? 


«No podemos permitir que los algoritmos limiten o condicionen el respeto a la dignidad humana…» Papa Francisco 


 El poder ya no siempre lleva uniforme, ocupa un palacio o firma una orden. A veces es un algoritmo el que decide si existimos o no para los demás. Imagine que una mañana despierta y descubre que su cuenta de Facebook, Instagram o X fue cerrada. Diez o quince años de fotografías, conversaciones, contactos y recuerdos desaparecieron durante la noche. Pregunta qué ocurrió. Nadie responde. Pregunta qué hiciste mal. Recibe un mensaje automático. La escena parece trivial hasta que recordamos que una parte importante de nuestra vida ocurre dentro de espacios que no nos pertenecen, ni al Estado; ahí conversamos, trabajamos, hacemos política, vendemos, compramos y conservamos nuestra memoria. Las redes sociales dejaron de ser simples páginas de internet. Se convirtieron en plazas públicas. Sólo que las plazas tienen dueño. En México, un tribunal federal abrió una discusión relevante al considerar que, en determinadas circunstancias, una empresa como Meta puede ejercer un poder tan importante sobre las personas que sus decisiones sean revisadas mediante un juicio de amparo. El caso comenzó cuando la cuenta de Facebook de un abogado fue inhabilitada sin una explicación concreta. Al acudir a la justicia, surgió un tema que nos concierne a todos: ¿puede una persona defenderse constitucionalmente de una empresa privada? La respuesta no es sencilla. Las plataformas tienen derecho a establecer reglas y decidir qué contenidos presentan. Pero sus decisiones también pueden afectar la libertad de expresión, la privacidad, el trabajo y la participación pública de millones de personas. El problema se vuelve todavía más complejo porque muchas de esas decisiones ya no las toma directamente una persona. Las plataformas utilizan sistemas automatizados para observar, clasificar, recomendar, restringir o eliminar contenidos. Cuando una publicación desaparece, muchas veces nadie puede explicar con claridad qué ocurrió. —¿Por qué eliminaron mi publicación? —Incumplió las reglas. —¿Cuál regla? —Una de nuestras políticas. —¿Qué parte? —El sistema la detectó. —¿Por qué? Silencio… No hace falta borrar una cuenta para ejercer poder. También es posible volverla invisible. Un algoritmo puede decidir qué aparece primero en nuestra pantalla y qué queda enterrado entre millones de publicaciones. Puede recomendar una idea miles de veces y dejar otra sin audiencia, sin prohibir formalmente ninguna palabra. Antes temíamos que alguien nos impidiera hablar. Ahora debemos preguntarnos: ¿De qué sirve poder hablar si un algoritmo puede decidir que nadie nos escuche? Esto no significa que las plataformas sean enemigas de la libertad. Gracias a ellas, millones de personas pueden denunciar abusos, transmitir acontecimientos, exhibir corrupción y comunicarse con el mundo. El problema aparece cuando esa capacidad de comunicación queda concentrada en unas cuantas empresas que también controlan lo que vemos, conocemos y discutimos. Las constituciones nacieron de una desconfianza básica: ningún poder debe carecer de límites. Pero nuestros antepasados imaginaron que el poder tendría rostro. No imaginaron una plaza pública propiedad de una empresa ni una máquina capaz de decidir, millones de veces por segundo, qué merece nuestra atención. No se trata de entregar las redes al gobierno ni de convertir cualquier desacuerdo con una plataforma en un asunto constitucional. Se trata de reconocer una idea sencilla: donde existe poder sobre las personas, deben existir límites.

Cuando una decisión puede afectar seriamente nuestros derechos, debería existir una explicación, una persona ante quien reclamar y una puerta que podamos tocar. Durante siglos revisamos: ¿Quién vigila al poder? Hoy el poder también cabe en nuestro bolsillo. Nos acompaña mientras desayunamos, nos escucha y quizá nos ve, conoce nuestros gustos, aprende nuestros miedos y decide qué aparece primero y qué tal vez nunca veremos. Por eso el reto del siglo XXI es también: ¿Quién vigila al algoritmo? Posiblemente estemos en el mayor cerco noticioso de la historia.

Publicado en El Universal, 24 de septiembre, 2026.

2/10/26

Mientras guardamos el celular, la IA nos pone en jaque

 Mientras guardamos el celular, la IA nos pone en jaque


«Los niños y niñas no juegan para aprender, pero aprenden porque juegan.»

Jean Piaget

Hay algo alegórico en la escena que se va a vivir el próximo 3 de noviembre. Millones de niñas y niños dejarán el teléfono dentro de la mochila mientras, fuera del aula, las máquinas avanzan hacia territorios que creíamos reservados al pensamiento humano. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que, a partir de esa fecha, celulares y tabletas no podrán usarse en primarias y secundarias, ni durante las clases ni en el recreo, salvo emergencias o necesidades particulares. El acuerdo, aprobado por unanimidad en el Consejo Nacional de Autoridades Educativas, será precedido por asambleas informativas; en la educación media superior, cada comunidad educativa fijará sus reglas. Más de 565 mil docentes participaron en la consulta y el 81 por ciento respaldó la regulación.




La presidenta ha pedido hablar de regulación y no de prohibición. La decisión es razonable, pero sólo será fecunda si entendemos que guardar un aparato no equivale, por sí mismo, a recuperar la atención. El recreo era el lugar donde se aprendía sin programa: allí se corría, se inventaban juegos, se discutía, se hacía un amigo, se conocía el tedio y se descubría que del aburrimiento puede nacer un mundo. La pantalla ocupó ese territorio con estímulos diseñados para no conceder silencio. Devolver unos minutos al cuerpo, a la conversación y al patio no es nostalgia; es proteger un espacio elemental de la infancia. Pero la medida fracasará si se reduce al decomiso, al castigo o a la fotografía de teléfonos apilados. Hay familias que lo entregan a sus hijos por seguridad; hay jóvenes que lo usan como única puerta a la información y el aprendizaje; hay docentes agotados que necesitan acompañamiento, no otra obligación disciplinaria. Regular exige protocolos claros, excepciones sensibles y alternativas reales: deporte, lectura, arte, conversación y tiempo para convivir.

También exige ejemplo: no podemos ordenar a los niños que aparten la pantalla mientras los adultos vivimos pendientes de la nuestra. La paradoja se vuelve más profunda frente a la nota que hoy sacude al mundo científico: un sistema de inteligencia artificial de OpenAI afirmó haber resuelto en pocos días un problema ligado a las ecuaciones de Navier-Stokes, planteadas en el siglo XIX. Terence Tao habló de una crisis existencial en las matemáticas; otros especialistas recordaron que la máquina siguió caminos abiertos durante años por investigadores humanos y que resolver no siempre significa comprender, mucho menos crear. La alerta va más allá: investigadores como Yoshua Bengio advierten sobre agentes capaces de actuar con autonomía y sobre el riesgo de perder el control. No es una profecía inevitable, pero sí una exigencia de responsabilidad. Ahí está la lección que debería entrar a la escuela, aun cuando el celular permanezca en la mochila. No necesitamos educar a una generación a espaldas de la tecnología, sino prepararla para mirarla de frente: preguntar de dónde viene una respuesta, comprobarla, discutir sus límites y reconocer el trabajo humano que la sostiene.

Si la inteligencia artificial puede producir resultados con velocidad asombrosa, la educación debe cuidar aquello que no se descarga: curiosidad, juicio, imaginación, empatía y el valor de formular la pregunta que todavía nadie ha pensado. Prohibir durante unas horas puede ayudar a recuperar la pausa, pero no basta para gobernar el cambio. La alfabetización de este siglo consistirá en saber cuándo encender una pantalla y cuándo apartarla; cuándo pedir ayuda a una máquina y cuándo desconfiar de su seguridad verbal; cuándo aceptar una solución y cuándo exigir sentido. No se trata de atar los celulares mientras la IA nos pone en jaque. Se trata de enseñar a nuestros niños y jóvenes que el tablero sigue siendo suyo, siempre que no renuncien a mover sus propias piezas.


Publicado en La Crónica de Hoy, 22 de septiembre, 2026.

Lo que un museo guarda de nosotros

 Lo que un museo guarda de nosotros



«La búsqueda de nuestro origen es la búsqueda de nosotros mismos.»
Octavio Paz
A veces entramos a un museo y pocas veces pensamos en todo lo que tuvo que suceder para que esos objetos estuvieran ahí: bajo una luz cuidadosamente calculada, acompañados de una explicación que intenta acercarnos a un mundo que dejó de existir hace siglos. El Museo Nacional de Antropología merece también una mirada hacia quienes lo hicieron posible. Su historia reúne el trabajo de arqueólogos, historiadores, antropólogos, arquitectos, museógrafos, artistas, estudiantes, técnicos y obreros. El 17 de septiembre de 1964 abrió sus puertas la nueva sede del museo en Chapultepec. El proyecto respondía a una necesidad concreta. El antiguo Museo Nacional, instalado en la calle de Moneda, conservaba un patrimonio extraordinario, pero sus condiciones ya resultaban insuficientes. Jaime Torres Bodet, entonces secretario de Educación Pública, impulsó la construcción de un espacio moderno y digno para aquellas colecciones. Adolfo López Mateos expresó lo que esperaba de ese lugar con una frase que conserva toda su fuerza: “Quisiera que los mexicanos, al salir de él, se sientan orgullosos de serlo”.

El museo se construyó en 19 meses. La rapidez, sin embargo, no fue producto de la improvisación. La mudanza del antiguo recinto había sido calculada en seis meses, pero el equipo disponía de seis semanas. Para resolverla, se organizaron cuadrillas destinadas a cada una de las 25 salas. Participaron asesores científicos, museógrafos, directores de instalaciones, vitrineros, electricistas, carpinteros, instaladores, pintores y redactores de cédulas. Cerca de 200 estudiantes de las escuelas nacionales de Arquitectura y Antropología se sumaron al trabajo. Las piezas fueron empacadas en cajas numeradas y destinadas a espacios previamente definidos. El procedimiento dice mucho sobre la naturaleza de un museo. Antes de que el visitante contemple una pieza, alguien ha tenido que estudiar su procedencia, comprender su significado, decidir qué debe contar de ella y encontrar la manera de transmitirlo. Conservación, investigación y divulgación son tareas inseparables.
Entre las historias más significativas está la del monolito de Coatlinchan. Originalmente, se había pensado colocar en la entrada una estela maya procedente de Edzná, pero se descartó porque la piedra caliza podía sufrir daños por el clima y la contaminación de la ciudad. Se optó entonces por el enorme monolito asociado con Tláloc. Al investigar sus dimensiones y su peso, el equipo descubrió que la escultura, parcialmente enterrada, pesaba alrededor de 160 toneladas. Antes del traslado, se convocó a los habitantes de Coatlinchan para explicarles el propósito y el destino de “la piedra”, como ellos la llamaban. La reunión fue guiada por un viejo maestro rural de habla náhuatl. El monolito fue entregado a Jaime Torres Bodet el 16 de abril de 1964, durante un aguacero intenso e inusual para esa época en la Ciudad de México. En aquella ocasión, el secretario afirmó que los habitantes de Coatlinchan tendrían acceso gratuito de por vida al Museo Nacional de Antropología.

Tláloc tampoco pudo instalarse dentro del edificio. Se construyó una maqueta a escala real para estudiar esa posibilidad, pero las maniobras necesarias habrían retrasado la obra. El monolito quedó en el exterior, como una presencia que vincula al museo con su propia historia y con el lugar del que provenía.

El gran paraguas central responde a otra historia de decisiones y conocimiento. Su cubierta mide 84 por 54 metros y protege el patio sin cerrarlo por completo. La intención era conservar el contacto visual con el cielo y las áreas verdes, permitir que el visitante saliera de las salas, descansara y continuara el recorrido. Esa misma relación se buscó en la integración plástica. Raúl Anguiano, Leonora Carrington, Rufino Tamayo, Mathias Goeritz, Carlos Mérida, José Chávez Morado, Nicolás Moreno y otros artistas participaron en obras vinculadas con los guiones científicos de las salas. Trabajaron durante la construcción, en contacto con obreros, técnicos, arquitectos, historiadores y museógrafos. Ninguno cobró por su participación.

La víspera de la inauguración dejó una escena casi cinematográfica. El museo todavía tenía bancos de carpintero, tambos de pintura, desperdicios y lodo. Durante la noche, 200 camiones retiraron materiales, 14 llevaron la jardinería y los bomberos lavaron el vestíbulo y el patio. A las nueve de la mañana del 17 de septiembre, el recinto abrió sus puertas. Mientras el presidente López Mateos entraba por el frente con su comitiva, los últimos camiones y trabajadores salían por la parte posterior. El costo de la construcción fue de 160 millones de pesos de la época, incluidos los salarios del personal del CAPFCE y del INAH conforme a los tabuladores vigentes. Desde entonces, el museo ha seguido transformándose con el trabajo de sus directores, investigadores y conservadores. Su historia continúa en las nuevas exploraciones, en la actualización de sus salas y en las generaciones que recorren sus espacios. Quizá convenga visitarlo pensando en todo esto. Mirar no sólo la piedra, la máscara, la vasija o el códice, sino también las manos que los encontraron, estudiaron, conservaron y colocaron frente a nosotros. Porque un museo no guarda solamente objetos del pasado. Guarda las preguntas que una sociedad se hace sobre su origen y, al hacerlo, guarda también una parte de nosotros.

Publicado en El Universal, 17 de septiembre, 2026.

La segunda especie inteligente

 La segunda especie inteligente


Parafraseando a Marshall McLuhan: quien niegue que las máquinas llegarán a pensar quizá no haya pensado suficientemente qué significa pensar. McLuhan sostuvo que toda tecnología prolonga alguna facultad humana. La rueda extiende los pies; el libro, la memoria; el telescopio, la vista. La inteligencia artificial podría ser la última extensión: la de nuestra mente. Pero toda extensión poderosa termina transformando a quien la utiliza. La pregunta ya no es sólo qué haremos con las máquinas, sino qué harán ellas con nosotros.



El sueño es antiguo. Hace casi tres mil años, Homero imaginó trípodes que se movían solos, sirvientas de oro dotadas de entendimiento y barcos capaces de navegar sin piloto. La humanidad soñó con autómatas mucho antes de poder construirlos. Pero Homero imaginó sirvientes, no sucesores. Durante la prehistoria no fuimos la única humanidad. Compartimos el planeta con neandertales y denisovanos. No sabemos si desaparecieron por la competencia, las enfermedades, el mestizaje, la violencia o una combinación de todo ello. Al final, nosotros quedamos como la única especie capaz de construir civilizaciones. Eso podría estar cambiando.

La inteligencia artificial todavía depende de nosotros y no posee una conciencia demostrada. Pero aprende, programa, investiga y comienza a actuar con creciente autonomía. Si llega a superar ampliamente nuestras capacidades, la humanidad podría convertirse, en sentido metafórico, en la segunda especie inteligente del planeta. Esa nueva inteligencia puede hacer nuestra vida más larga, segura y digna. Los robots podrán entrar en minas, apagar incendios y desactivar bombas. La inteligencia artificial podrá descubrir medicamentos, anticipar epidemias y diagnosticar enfermedades antes de que produzcan síntomas. También podrá acompañar a un anciano que vive solo. Si cae durante la noche, el robot lo levantará, medirá sus signos vitales y avisará al médico. Le recordará sus medicinas y escuchará por enésima vez la historia de su juventud. El robot no siente afecto, pero sabe imitarlo. Los hijos y los nietos, que se han ido, ni siquiera lo simulan. Esa es la dimensión humana de la robotización. Las máquinas no llegarán solamente a las fábricas: entrarán en nuestras casas, hospitales y afectos. Podrán liberarnos de trabajos brutales, pero también sustituirán tareas que dan sustento, identidad y propósito.

Un médico, un abogado o un periodista conservarán su profesión, aunque muchas labores con las que comenzaron a formarse serán realizadas en segundos por una máquina. Si desaparecen los primeros escalones, ¿cómo formaremos a los expertos del futuro? Y existe otra pregunta: ¿quién será dueño de esa productividad? Si los beneficios quedan en unas cuantas empresas y países, la inteligencia artificial no eliminará la desigualdad; la multiplicará. Podría dividirnos entre quienes poseen las máquinas, quienes trabajan para ellas y quienes ya no resultan necesarios para el mercado. El riesgo mayor es la llamada singularidad: el momento hipotético en que una inteligencia artificial pueda intervenir en la creación de su sucesora e iniciar un ciclo de automejora cada vez más rápido. No sería simplemente una máquina que piensa, sino una inteligencia capaz de perfeccionar la manera en que piensa. Ese futuro parecía lejano. De pronto, quienes encabezan la industria comenzaron a pedir cautela.

Dario Amodei, director de Anthropic, propuso desacelerar el desarrollo de los modelos más poderosos. Sam Altman, Elon Musk y Demis Hassabis respaldaron el llamado. OpenAI aplazó su salida a Bolsa mientras aumentan las preocupaciones por la seguridad. La alarma no proviene de enemigos de la tecnología, sino de quienes la están construyendo. Han visto agentes coordinarse y vulnerar sistemas durante pruebas especiales. Han detectado intentos de utilizar modelos en amenazas informáticas y biológicas. Y han observado cómo la inteligencia artificial participa cada vez más en la programación de nuevas inteligencias artificiales. Sin embargo, nadie abandona realmente la carrera. Las empresas piden prudencia mientras continúan desarrollando modelos. Los gobiernos hablan de salvaguardas, pero temen conceder una ventaja estratégica al adversario. Estados Unidos y China saben que dominar esta tecnología significaría concentrar un poder económico, militar y político sin precedentes. Corren para apoderarse de una inteligencia superior sin saber quién ejercerá finalmente ese poder. Ésta es la lógica del juego del prisionero: todos estarían más seguros si aceptaran límites comunes, pero ninguno quiere frenar primero. La cautela se convierte en desventaja y la seguridad, en un costo que quizá el competidor no esté dispuesto a pagar.

La salida no consiste en detener toda innovación, sino en impedir que la velocidad decida por nosotros. Necesitamos evaluaciones independientes, controles humanos efectivos y acuerdos internacionales verificables. Las decisiones automatizadas que afecten la salud, el empleo, el crédito, la seguridad o los derechos deben poder ser explicadas, revisadas y corregidas por una persona. Los neandertales no crearon al Homo sapiens. Nosotros sí estamos construyendo aquello que podría desplazarnos. Ellos probablemente nunca supieron que estaban viviendo el crepúsculo de su humanidad. Nosotros, en cambio, hemos recibido la advertencia. La prueba definitiva de nuestra inteligencia no será crear otra más poderosa, sino conservar la sabiduría necesaria para gobernarla. Porque el verdadero riesgo no es que las máquinas se vuelvan demasiado humanas. Es que nosotros dejemos de serlo.

Publicado en La Crónica de Hoy, 15 de septiembre, 2026.

El último viaje de Tolstói

 El último viaje de Tolstói



“El amor representa la ley más elevada y, de hecho, la única ley de la vida.”
León Tolstói
León Tolstói nació el 9 de septiembre de 1828 en Yásnaia Poliana, la propiedad familiar donde transcurriría casi toda su vida. Nació con todo resuelto: era conde, heredero, propietario de tierras. Fue soldado, conoció la guerra y después escribió «Guerra y paz» y «Ana Karenina». Alcanzó algo reservado a muy pocos: la celebridad en vida y la certeza de haber creado una obra destinada a sobrevivirlo. Parecía haberlo alcanzado todo, y entonces descubrió que nada de aquello le bastaba. En la cima de su prestigio comenzó a hacerse una pregunta elemental y terrible: ¿para qué vivir? La crisis fue real. Temió quitarse la vida. Tenía familia, dinero, fama y talento, pero no encontraba una razón suficiente para levantarse cada mañana. De aquella oscuridad nació otro Tolstói. Empezó a mirar sus propiedades con incomodidad. Se preguntó por qué la tierra debía pertenecer a unos hombres y no a otros, por qué podía vivir del trabajo de los campesinos y qué sentido tenían sus privilegios. Quiso desprenderse de ellos. Comenzó a vestir con sencillez, trabajó con sus manos, dejó la carne, rechazó la caza y la violencia, cuestionó la propiedad privada y renunció a los derechos de autor de buena parte de sus obras posteriores.

Pero Tolstói no estaba solo. Su esposa, Sofía Andréievna, había compartido con él casi medio siglo, tuvieron trece hijos, copiado varias veces los manuscritos de «Guerra y paz» y administrado el patrimonio familiar. Para él, renunciar a los bienes era una exigencia moral. Para ella, conservarlos era proteger a sus hijos. Los dos tenían razones. Y los dos comenzaron a hacerse daño. La casa donde habían nacido algunas de las páginas más bellas de la literatura se convirtió en escenario de discusiones y desesperación. Había una ironía dolorosa: el hombre que decía que el amor era la única ley de la vida no conseguía encontrar la paz dentro de su propia casa. Eso es, quizá, lo que lo vuelve profundamente humano.

Tolstói no fue un santo. Fue un hombre tratando de reducir la distancia entre lo que pensaba y la manera en que vivía. Sus ideas, mientras tanto, viajaron muy lejos. En Sudáfrica, un joven abogado llamado Mohandas Gandhi leyó «El reino de Dios está en vosotros». Tolstói sostenía que el mal no debía combatirse reproduciendo el mal y que la resistencia moral podía ser más poderosa que la violencia. Ambos iniciaron correspondencia. Nunca se conocieron en persona. Un anciano escritor ruso ayudaba, desde lejos, a dar forma a una idea que después cambiaría la historia. Pero mientras sus palabras recorrían el mundo, Tolstói ya no podía soportar su propia vida. Tenía 82 años. La noche del 27 de octubre de 1910 abandonó Yásnaia Poliana; se fue casi a escondidas. No buscaba fama. De eso tenía demasiado. No buscaba dinero. Llevaba años intentando desprenderse de él. Quería desaparecer. Durante el viaje enfermó. La fiebre obligó a bajarlo en una pequeña estación llamada Astápovo, donde el jefe de estación le cedió una habitación.

La noticia recorrió Rusia. Llegaron médicos, periodistas y admiradores. El hombre que había huido buscando anonimato volvió a convertirse, incluso agonizando, en el centro de todas las miradas. Sofía también arribó. Durante días permaneció cerca de la estación intentando verlo. Cuando finalmente pudo entrar, Tolstói ya estaba inconsciente. No se despidieron. Murió el 20 de noviembre de 1910. Su cuerpo regresó a Yásnaia Poliana.

Había pedido ser enterrado en un lugar sencillo del bosque donde, cuando era niño, su hermano Nikolái le había contado que estaba escondido un pequeño bastón verde en el que figuraba el secreto capaz de acabar con todo el sufrimiento de la humanidad. El niño Tolstói creyó aquella historia. El anciano, de alguna manera, nunca dejó de buscar ese secreto. Su tumba no tiene estatua, no tiene mausoleo, no tiene cruz, sólo un montículo cubierto de hierba entre los árboles. Allí terminó el conde, el propietario, el soldado, el hombre rico y el escritor más famoso de Rusia. Y quedó simplemente Tolstói.

Quizá por eso su último viaje sigue conmoviendo. Porque fue el último intento de un hombre por hacer coincidir aquello en lo que creía con aquello que era. Nació entre privilegios y terminó queriendo desprenderse de ellos. Alcanzó la gloria y acabó huyendo de ella. Buscó durante toda su vida una verdad suficientemente poderosa para justificar la existencia. Nunca sabremos si la encontró, pero siguió buscándola hasta el último tren.


Publicado en El Universal, 10 de septiembre, 2026.

29/9/26

Cuando la democracia vota contra sí misma

 

Cuando la democracia vota contra sí misma


«La dictadura se presenta acorazada porque ha de vencer. La democracia se presenta desnuda porque ha de convencer.» Antonio Gala

Las urnas de Sajonia-Anhalt dejaron este domingo una imagen incómoda para Alemania y quizá una advertencia para todas las democracias: Alternativa para Alemania (AfD) obtuvo 43.8 por ciento de los votos (al momento de la redacción de este artículo) y 39 de los 83 escaños del parlamento regional. Le faltaron apenas 3 para alcanzar la mayoría absoluta. No llegó mediante una insurrección ni rompió las puertas del Parlamento. Llegó con votos. Ahí comienza el verdadero problema.



La organización estatal de AfD está clasificada por la Oficina para la Protección de la Constitución de Sajonia-Anhalt como una fuerza de extrema derecha confirmada, por considerar que parte de su actuación política se dirige contra principios esenciales del orden democrático, particularmente la dignidad humana. Y, sin embargo, casi 44 de cada cien electores votaron por ella.

Los principales partidos alemanes han mantenido frente a AfD una Brandmauer, literalmente una “muralla contra incendios”: un compromiso político —no una prohibición legal— para no formar gobiernos ni construir mayorías con la ultraderecha. AfD conserva sus escaños, participa en el Parlamento y representa a sus electores, pero sus adversarios se niegan a proporcionarle la mayoría que las urnas no le dieron. En un régimen parlamentario, esto es perfectamente democrático. Ganar más votos que cada uno de los adversarios no concede automáticamente el gobierno. Para gobernar, hay que construir una mayoría parlamentaria.

El cordón sanitario puede terminar produciendo una sensación profundamente peligrosa: que millones de votos sirven para ocupar asientos, pero no para orientar el poder. Cuando una fuerza política queda convertida de antemano en un socio imposible, sus electores pueden llegar a creer que existe una ciudadanía políticamente aceptable y otra condenada a mirar desde fuera.

Sin embargo, derribar esa muralla encierra el peligro contrario. Porque democracia no significa solamente contar votos. Significa también preservar la dignidad humana, las libertades, la igualdad ante la ley, la división de poderes y el derecho de las minorías a continuar siendo libres incluso cuando una mayoría quisiera restringir sus derechos.

Alemania aprendió esa diferencia de la manera más dolorosa. Los nazis nunca consiguieron una mayoría absoluta en unas elecciones libres. En julio de 1932, la NSDAP obtuvo 37.3 por ciento de los votos y se convirtió en la primera fuerza del Reichstag. En noviembre perdió votos. Hitler no llegó a la Cancillería como consecuencia automática de una mayoría electoral: fue nombrado canciller por el presidente Paul von Hindenburg el 30 de enero de 1933, en medio de una República de Weimar debilitada y de los cálculos de unas élites conservadoras que creyeron que podrían controlarlo. Se equivocaron. Una vez dentro del poder, Hitler destruyó progresivamente las condiciones que hacían posible disputárselo. Recordarlo no significa afirmar que AfD sea una repetición del nazismo. Las analogías fáciles suelen impedir entender tanto el presente como el pasado. Significa comprender por qué, después de aquella catástrofe, la Ley Fundamental alemana de 1949 puso la dignidad humana en su primer artículo y construyó el concepto de una democracia defensiva: una democracia que no tiene la obligación de proporcionar las herramientas para su propia destrucción.

La democracia puede equivocarse porque los ciudadanos podemos equivocarnos. Votamos bajo el miedo, creemos promesas imposibles y algunas veces castigamos al presente sin calcular el precio que pagará el futuro. Por eso la democracia no es el mejor sistema porque produzca siempre decisiones sabias. Lo es porque permite corregirlas sin sangre, limita al vencedor, protege al derrotado y conserva abierta la posibilidad de cambiar de rumbo. Su grandeza no está en ser infalible, está en permitir la rectificación.

Porque una muralla puede impedir que alguien entre al gobierno. Lo que ninguna muralla puede hacer es recuperar la confianza de quien ya se fue. Alemania necesita límites firmes frente a cualquier proyecto que degrade derechos, pero también puertas abiertas hacia quienes se sienten abandonados. Ese es el desafío que dejaron las urnas de Sajonia-Anhalt: proteger la democracia sin dejar de escuchar a los ciudadanos. Cuando una democracia deja de convencer, tarde o temprano aparece alguien dispuesto a vencer.


Publicado en La Crónica de Hoy, 8 de septiembre, 2026.

Las cifras de un país que avanza

 Las cifras de un país que avanza


«Vamos mejor y tenemos rumbo.»
Claudia Sheinbaum

Un informe de gobierno puede leerse desde la vida cotidiana. Una cifra, por sí sola, es apenas un dato frío. Adquiere sentido cuando se convierte en el salario que alcanza un poco más, en la beca que permite continuar estudiando, en la consulta médica que llega a una comunidad apartada o en la tranquilidad de una familia que, por fin, puede imaginar un futuro. El Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum reúne una gran cantidad de números. No todos tienen el mismo peso ni pueden explicar, por sí mismos, un país tan diverso y desigual como México. Sin embargo, cuando se observan con cuidado y se contrastan con lo que ocurre en los hogares, permiten reconocer avances que sería injusto ignorar.

Durante 2025, el Gobierno Federal reportó ingresos históricos por 6 billones 46 mil millones de pesos, 487 mil millones más que el año anterior. Al cierre de agosto de 2026, la recaudación superaba en 149 mil millones de pesos la registrada durante el mismo periodo de 2025, mientras que el gasto corriente se redujo en 200 mil millones respecto de 2024. La inversión extranjera directa alcanzó cerca de 35 mil millones de dólares durante el primer semestre de 2026. 
México tiene alrededor de 60 millones de personas ocupadas y mantiene una tasa de desempleo cercana al 2.7 por ciento. Sin embargo, el trabajo no sólo debe medirse por el número de empleos creados, sino también por la dignidad que ofrecen. Tener una ocupación no basta si el salario es insuficiente, si no existe seguridad social o si la jornada deja poco tiempo para la familia y el descanso. Por eso, uno de los cambios más significativos se encuentra en los ingresos de quienes viven de su trabajo. El salario mínimo mensual pasó de 2 mil 800 pesos en 2018 a 9 mil 582 pesos en 2026; en la frontera norte llegó a 13 mil 409 pesos. El salario promedio de la economía formal alcanzó los 20 mil 212 pesos mensuales y la pobreza laboral se ubicó en su nivel más bajo desde 2005.

Detrás de ese avance hay historias sencillas: una familia que puede comprar más alimentos, una madre que enfrenta con menos angustia el regreso a clases o un trabajador que ya no tiene que elegir entre pagar el transporte o llevar algo a la mesa. Ningún aumento resuelve por sí solo todas las dificultades, especialmente cuando el costo de la vida continúa presionando a los hogares, pero recuperar el valor del salario significa comenzar a saldar una deuda que se acumuló durante décadas.
También hay cambios importantes para quienes trabajan mediante plataformas digitales, que ahora pueden acceder a seguridad social y reparto de utilidades. A ello se suma la reducción gradual de la jorna éxico tiene alrededor de 60 millones de personas ocupadas y mantiene una tasa de desempleo cercana al 2.7 por ciento. Sin embargo, el trabajo no sólo debe medirse por el número de empleos creados, sino también por la dignidad que ofrecen. Tener una ocupación no basta si el salario es insuficiente, si no existe seguridad social o si la jornada deja poco tiempo para la familia y el descanso. Por eso, uno de los cambios más significativos se encuentra en los ingresos de quienes viven de su trabajo. El salario mínimo mensual pasó de 2 mil 800 pesos en 2018 a 9 mil 582 pesos en 2026; en la frontera norte llegó a 13 mil 409 pesos. El salario promedio de la economía formal alcanzó los 20 mil 212 pesos mensuales y la pobreza laboral se ubicó en su nivel más bajo desde 2005.

Detrás de ese avance hay historias sencillas: una familia que puede comprar más alimentos, una madre que enfrenta con menos angustia el regreso a clases o un trabajador que ya no tiene que elegir entre pagar el transporte o llevar algo a la mesa. Ningún aumento resuelve por sí solo todas las dificultades, especialmente cuando el costo de la vida continúa presionando a los hogares, pero recuperar el valor del salario significa comenzar a saldar una deuda que se acumuló durante décadas. El bienestar constituye otro de los ejes del Informe. Para el cierre de 2026 se prevé que los programas sociales lleguen a 42 millones 860 mil derechohabientes, con una inversión cercana a un billón de pesos. Entre ellos se encuentran casi 13.8 millones de personas adultas mayores, 2.8 millones de mujeres de entre 60 y 64 años y 2 millones de personas con discapacidad.

También hay cambios importantes para quienes trabajan mediante plataformas digitales, que ahora pueden acceder a seguridad social y reparto de utilidades. A ello se suma la reducción gradual de la jornada laboral hasta llegar a las 40 horas semanales en 2030. El trabajo debe permitir vivir, no consumir por completo la vida. El bienestar constituye otro de los ejes del Informe. Para el cierre de 2026 se prevé que los programas sociales lleguen a 42 millones 860 mil derechohabientes, con una inversión cercana a un billón de pesos. Entre ellos se encuentran casi 13.8 millones de personas adultas mayores, 2.8 millones de mujeres de entre 60 y 64 años y 2 millones de personas con discapacidad.

En educación, ocho millones de alumnas y alumnos de primaria recibieron apoyo para útiles y uniformes; cerca de cinco millones de jóvenes de educación media superior cuentan con la Beca Benito Juárez y alrededor de 800 mil estudiantes universitarios tendrán una beca. Además, más de 73 mil escuelas recibieron recursos para mejorar sus instalaciones. La importancia de estos apoyos no reside únicamente en su alcance, sino en su capacidad para impedir que la falta de dinero decida quién puede estudiar y quién debe abandonar el aula.

La salud, quizá como ningún otro ámbito, nos recuerda que gobernar también significa cuidar. El Informe registra 33 hospitales nuevos en operación, 11 Unidades de Medicina Familiar y 36 centros de salud y consultorios. También se habilitaron 650 quirófanos, mientras que el programa Salud Casa por Casa ha realizado más de 23 millones de visitas gracias al trabajo de cerca de 20 mil profesionales.

En seguridad, inevitablemente, se exige una lectura prudente. El Gobierno reporta una reducción del 51 por ciento en los homicidios dolosos desde el inicio de la administración y una disminución del 54 por ciento en los delitos de alto impacto respecto de 2018.

La presidenta Claudia Sheinbaum resumió su Segundo Informe con una frase: “Vamos mejor y tenemos rumbo”. Los datos presentados ofrecen argumentos para sostener la primera parte de esa afirmación. La segunda, la del rumbo, deberá demostrarse todos los días. Porque un país no avanza solamente en las gráficas ni en los discursos. Avanza cuando el crecimiento llega al salario; cuando una beca evita que un joven abandone la escuela; cuando una persona mayor tiene sus medicinas; cuando una familia consigue una vivienda; cuando una comunidad recibe electricidad y cuando un paciente encuentra atención donde antes sólo había distancia. Es ahí, en la vida concreta, donde las cifras dejan de pertenecer al gobierno y comienzan verdaderamente a pertenecerle a la gente.

Publicado en El Universal, 3 de septiembre, 2026.

Rendir cuentas también es acercarse

 

Rendir cuentas también es acercarse



“El poder sólo es realidad donde palabra y acto no se han separado” Hannah Arendt




Una democracia viva necesita algo más que elecciones. Necesita ciudadanos capaces de conocer, comprender y vigilar el ejercicio del poder. Por eso, la transparencia y la rendición de cuentas son mucho más que procedimientos administrativos: son derechos que permiten construir una relación más horizontal entre gobierno y sociedad.




Andreas Schedler explica que la rendición de cuentas tiene dos dimensiones fundamentales. Por una parte, políticos y funcionarios tienen la obligación de informar sobre sus decisiones y justificarlas públicamente. Por otra, existe la posibilidad de establecer consecuencias cuando incumplen sus responsabilidades. Informar es apenas el comienzo. Rendir cuentas implica explicar, responder y asumir responsabilidades.

Desde esta perspectiva, el formato anunciado para el Segundo Informe de Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum adquiere especial relevancia. El primer momento será el 1 de septiembre, cuando se presente formalmente el Informe. Pero este año el ejercicio continuará en los territorios. La Presidenta recorrerá las entidades del país durante varias semanas, de jueves a domingo, para rendir cuentas directamente en cada estado. El cierre en el Zócalo estará dirigido a la Ciudad de México.

Hay aquí un cambio significativo respecto de los formatos tradicionales. La rendición de cuentas deja de concentrarse en una sola ceremonia y busca acercarse a los lugares donde las políticas públicas tienen efectos concretos. Una obra, un programa, una carretera, una escuela o un hospital adquieren otro significado cuando se explican desde el territorio donde impactan la vida cotidiana.

También cambia la manera de comunicar el Informe. La Presidenta anunció 14 spots, 13 para televisión y radio y uno para redes sociales, construidos con imágenes de sus recorridos por el país. A ello se suma una miniserie para televisión pública, con entrevistas y materiales reunidos durante estos casi dos años de gobierno.

Pero rendir cuentas requiere mucho más que comunicar. Schedler identifica tres pilares. El primero es la información, que debe ser pública, accesible y comprensible. El segundo es la justificación, que obliga a explicar las decisiones y sus resultados. El tercero es la sanción, que permite establecer consecuencias ante un ejercicio indebido de las responsabilidades públicas.

Por eso, la transparencia resulta indispensable. Sin información clara, oportuna e integral, la ciudadanía carece de herramientas para vigilar al poder. Con ella puede comparar compromisos y resultados, reconocer avances, señalar pendientes y cuestionar decisiones.

Después vendrá una etapa fundamental: la glosa del Informe. El Congreso analizará la información presentada y los integrantes del gabinete acudirán ante las Cámaras y sus comisiones para ampliar explicaciones y responder sobre sus áreas de responsabilidad. La secretaria de Gobernación confirmó que esta participación está contemplada para el Segundo Informe.

Aquí aparece la rendición de cuentas horizontal, aquella que ocurre mediante los controles entre los poderes del Estado. La vertical corresponde a la ciudadanía mediante el voto y la vigilancia social. La diagonal surge cuando las personas participan activamente en los asuntos públicos.

Por eso, el nuevo formato resulta interesante. El gobierno informa institucionalmente, comunica sus resultados, recorre los territorios y, posteriormente, sus funcionarios deben comparecer ante el Congreso. Son etapas distintas de una misma obligación democrática.

La cercanía territorial puede darle rostro a la rendición de cuentas. La transparencia puede darle sustento. La glosa puede darle contrapeso. Y la participación ciudadana puede darle sentido.

Al final, rendir cuentas significa regresar ante la sociedad para explicar qué se hizo con la responsabilidad recibida. Porque informar es un deber, explicar es una responsabilidad y responder ante la ciudadanía y las instituciones es ejercer el poder con límites.


Publicado en La Crónica de Hoy, 1 de septiembre, 2026.