14/7/26

¿Gasto improductivo o inversión social?

 ¿Gasto improductivo o inversión social?


«La dificultad no radica tanto en desarrollar nuevas ideas como en escapar de las viejas.»

Keynes

Pedro Aspe ha vuelto al debate público con un diagnóstico severo sobre la economía mexicana. Sus opiniones merecen escucharse. Fue uno de los arquitectos de la estabilidad macroeconómica del país y conoce como pocos la importancia de las finanzas públicas. Precisamente por ello, sorprende que su análisis se construya sobre una selección de indicadores que deja fuera otra parte de la evidencia. En economía, como en política, escoger únicamente los datos que confirman una tesis conduce a conclusiones incompletas. El eje de su planteamiento es claro: el crecimiento del gasto social habría desplazado la inversión productiva y colocado a México en una ruta de estancamiento. La afirmación es contundente, pero la realidad resulta bastante más compleja.





Calificar los programas sociales como una “segunda nómina” supone que esos recursos no generan valor económico. Sin embargo, la evidencia disponible apunta en otra dirección. La ENIGH 2024 del INEGI reporta que el ingreso corriente de los hogares aumentó 10.6 % en términos reales y que la desigualdad disminuyó. Las mediciones oficiales muestran, además, una reducción importante de la pobreza. Estos resultados no prueban que todo programa social sea eficiente ni que deba quedar exento de evaluación; sí desmienten, en cambio, la idea de que las transferencias públicas carecen de efectos económicos. El dinero que recibe una familia no desaparece: vuelve al mercado en forma de consumo, sostiene pequeños negocios, dinamiza economías locales y fortalece el capital humano.

La experiencia reciente también obligó a revisar uno de los postulados más arraigados de la ortodoxia económica. Durante años se afirmó que aumentar significativamente el salario mínimo provocaría desempleo, inflación y pérdida de competitividad. Ocurrió exactamente lo contrario. El salario recuperó poder adquisitivo como no sucedía en décadas y, al mismo tiempo, México alcanzó niveles históricamente altos de empleo formal registrado ante el IMSS. El mercado laboral mantiene desafíos importantes, pero la realidad no confirmó las predicciones más pesimistas.

El diagnóstico de Aspe tampoco agota la explicación sobre la inversión. Atribuir su comportamiento exclusivamente al crecimiento del gasto social simplifica un fenómeno influido por factores mucho más amplios: las tasas de interés internacionales, la incertidumbre global, la seguridad pública, la infraestructura, el fenómeno del nearshoring y las expectativas empresariales. Además, los datos más recientes del INEGI muestran una recuperación de la Formación Bruta de Capital Fijo respecto del año anterior. Cuando cambian los datos, también debe actualizarse el diagnóstico.

Algo similar ocurre con Pemex. La empresa enfrenta problemas financieros que nadie puede ignorar. Pero sus propios reportes muestran que, durante el primer trimestre de 2026, la producción de hidrocarburos fue superior a la registrada un año antes. Criticar su situación es legítimo; omitir esa evolución limita el análisis.

La deuda pública merece, sin duda, vigilancia permanente. Pero también exige precisión. Los datos de la Secretaría de Hacienda ubican el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público alrededor de la mitad del PIB, en niveles distintos de los sugeridos por la interpretación más alarmista. La prudencia fiscal sigue siendo indispensable, pero también lo es el rigor al presentar las cifras.

México enfrenta retos profundos. Nadie serio podría negarlo. El crecimiento continúa siendo insuficiente, la productividad debe aumentar y la inversión necesita mayor dinamismo. Sin embargo, reducir toda esa complejidad a la existencia de programas sociales significa convertir una interpretación en una certeza que los datos no sostienen.

La verdadera discusión no es si México debe elegir entre disciplina fiscal o justicia social. Ese es un falso dilema. Las sociedades más exitosas son aquellas capaces de combinar estabilidad macroeconómica con movilidad social, inversión productiva con inclusión y crecimiento con bienestar.

Quizá ahí radique la diferencia de fondo. La economía de finales del siglo XX medía el éxito casi exclusivamente por el comportamiento de las variables macroeconómicas. La economía del siglo XXI exige incorporar otra pregunta: ¿Quiénes participan realmente de ese crecimiento?

Las cifras importan. Todas las cifras. Porque cuando un diagnóstico selecciona únicamente aquellas que confirman un paradigma, deja de describir por completo la realidad. Y cuando la evidencia es parcial, también lo son las conclusiones.


Publicado en La Crónica de Hoy, 14 de julio, 2026.

9/7/26

¿Quién mintió?

 ¿Quién mintió?


Hay preguntas que trascienden a quienes las formulan. Se convierten en asuntos de Estado porque su respuesta define el nivel de confianza que puede existir entre gobiernos. La planteada esta semana por la presidenta Claudia Sheinbaum pertenece a esa categoría. La interrogante surgió después de presentar una secuencia cronológica que merece revisarse con atención. El 5 de enero de 2023, Ovidio Guzmán fue detenido por fuerzas mexicanas en Jesús María, Sinaloa, durante un operativo en el que perdieron la vida 10 elementos del Ejército Mexicano. Meses después, el 15 de septiembre de ese mismo año, el Gobierno de México lo extraditó a Estados Unidos conforme a los procedimientos previstos entre ambos países.

El siguiente episodio ocurrió el 25 de julio de 2024. Ese día una aeronave aterrizó en Santa Teresa, Nuevo México, con Joaquín Guzmán López e Ismael “El Mayo” Zambada a bordo. Ambos fueron detenidos por autoridades estadounidenses. Desde el primer momento surgió una pregunta inevitable: ¿participó alguna agencia de Estados Unidos en una operación desarrollada desde territorio mexicano? 6 días después, el 31 de julio, el Gobierno de México solicitó formalmente información a la Embajada de Estados Unidos. La respuesta llegó el 9 de agosto. El entonces embajador Ken Salazar aseguró públicamente que ninguna agencia estadounidense había participado en el operativo. Durante casi dos años esa fue la versión oficial.
El escenario cambió el 2 de julio de 2026. Una investigación periodística de Pie de Nota reveló que la aeronave utilizada para trasladar a Zambada forma parte de una exhibición en Estados Unidos donde el FBI presenta esa misión como una operación realizada por sus agentes. El reportaje incorpora imágenes del avión, documentos internos y referencias a la descripción institucional de esa agencia sobre un operativo considerado histórico. El contraste resulta evidente. En agosto de 2024 se afirmó que ninguna agencia estadounidense intervino. En julio de 2026 aparece una exhibición institucional en la que el FBI atribuye a sus agentes un papel relevante en esa operación. Al menos una de las dos versiones requiere una explicación que permita reconciliar los hechos conocidos. Por ello, la pregunta formulada por la presidenta adquiere especial relevancia: ¿quién mintió? La respuesta es importa porque, de confirmarse una intervención de una agencia estadounidense en territorio mexicano o mediante mecanismos no informados al Estado mexicano, surgirían interrogantes jurídicas y diplomáticas sobre el respeto a la soberanía nacional y sobre los compromisos internacionales que regulan la cooperación bilateral en materia de seguridad. Del mismo modo, si la explicación demuestra que ambas versiones describían momentos distintos de la operación, también sería indispensable conocerlo para disipar cualquier duda.
La pregunta planteada por la presidenta busca algo más profundo que señalar responsabilidades individuales. Las versiones oficiales representan la palabra de las instituciones. Cuando esa palabra pierde consistencia, también se debilita la confianza que sostiene la cooperación entre dos gobiernos llamados a trabajar de manera permanente. Más de 3 mil kilómetros de frontera convierten a México y Estados Unidos en socios permanentes. Esa realidad demanda respeto recíproco, instituciones que hablen con claridad y gobiernos capaces de sostener la credibilidad de sus decisiones.
Quizá la pregunta ya no sea únicamente quién mintió. La verdadera pregunta es si dos naciones llamadas a cooperar de manera permanente pueden construir una estrategia común cuando un episodio de esta magnitud sigue rodeado de versiones que requieren ser aclaradas. La confianza entre los Estados no se sostiene sobre silencios ni sobre dudas persistentes; se construye con transparencia, responsabilidad y verdad. Solo así la cooperación bilateral podrá descansar sobre bases firmes para las nuevas generaciones.


Publicado en El Universal, 9 de julio, 2026.

La memoria del Estado

 La memoria del Estado


«La historia es maestra de la vida.»

Cicerón


Los pueblos suelen volver la mirada hacia su historia cuando celebran una fecha patria o enfrentan una crisis. La invocan para explicar el presente, justificar decisiones o disputar el sentido de los acontecimientos. Mucho menos frecuente resulta observar políticas públicas encaminadas a fortalecer las instituciones que investigan, preservan y difunden esa memoria. Por ello, el decreto mediante el cual el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México se transforma en un organismo público descentralizado trasciende el ámbito administrativo: expresa una manera de concebir el papel de la historia dentro del Estado y de la vida pública.



Desde 2018, el gobierno federal ha colocado la historia en el centro de su narrativa política. La Independencia, la Reforma, la Revolución y el proceso político contemporáneo son presentados como parte de una misma secuencia de transformaciones nacionales. Más allá de la valoración que cada ciudadano haga de esa interpretación, resulta evidente que la historia ha recuperado un lugar relevante en el debate público. En ese contexto se comprende el interés por fortalecer las instituciones dedicadas a investigar el pasado, preservar los archivos y acercar ese patrimonio a la sociedad. Fundado en 1953, el INEHRM ha desarrollado una labor constante en el estudio de los procesos que dieron forma al Estado mexicano. Sus atribuciones comprenden la investigación especializada, la recuperación de materiales bibliográficos, documentales, fotográficos, sonoros y audiovisuales; la organización de actividades académicas; la producción de contenidos para diversos medios, y la función de órgano de consulta para publicaciones y conmemoraciones oficiales relacionadas con la historia nacional.

Sin memoria documental, la historia corre el riesgo de convertirse en una colección de relatos sin sustento. Cada expediente, cada fotografía, cada grabación y cada manuscrito conservado permiten reconstruir contextos, confrontar versiones y comprender con mayor profundidad la complejidad de los procesos históricos. Los archivos son la conciencia escrita de un país: muestran cómo evolucionan las instituciones, cómo cambian las relaciones sociales y cómo se transforman las ideas que organizan la vida colectiva.

Uno de los avances más relevantes impulsados por el Instituto ha sido la consolidación de un repositorio digital de acceso abierto que reúne fondos documentales, archivísticos, editoriales, fotográficos y sonoros bajo criterios especializados de catalogación. La digitalización ha cambiado profundamente la forma de acercarse al patrimonio histórico. Hoy, investigadores, profesores, estudiantes y ciudadanos pueden consultar materiales que durante décadas permanecieron reservados a la consulta presencial. Democratizar el acceso al conocimiento también fortalece la investigación y acerca la historia a nuevas generaciones. Entre esos acervos destaca el Archivo Fotográfico del INEHRM. La incorporación del Archivo Gráfico de El Nacional dio origen a uno de los repositorios iconográficos más importantes del país. Miles de imágenes documentan la vida política, social, cultural y deportiva de buena parte del siglo XX. En ellas aparecen presidentes y campesinos, artistas y obreros, ceremonias oficiales y escenas cotidianas. Cada fotografía detiene un instante que ya no volverá y, al hacerlo, preserva un fragmento de la memoria colectiva.

Conservar ese patrimonio exige mucho más que buena voluntad. Requiere infraestructura especializada, espacios climatizados, restauradores, archivistas, tecnología y recursos permanentes. La memoria también necesita presupuesto. Los documentos envejecen, las fotografías se deterioran y los archivos digitales exigen actualización constante. Olvidar cuesta; preservar también, pero sus beneficios alcanzan a generaciones enteras.

El decreto firmado por la presidenta Claudia Sheinbaum modifica el alcance institucional del INEHRM al convertirlo en organismo público descentralizado y sectorizado en la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación. La reforma fortalece su capacidad de gestión, amplía su autonomía operativa y abre la posibilidad de impartir programas de licenciatura y posgrado en ciencias sociales y humanidades.

Quizá ese sea el cambio de mayor trascendencia. La investigación, la preservación documental y la formación de nuevas generaciones de historiadores podrán desarrollarse dentro de una misma institución. Un país que fortalece su memoria no garantiza por ello mejores gobiernos, pero sí ciudadanos con mayores herramientas para comprender su pasado, interpretar su presente y decidir con mayor libertad su futuro. La historia no cambia lo ocurrido; cambia la manera en que una sociedad aprende de ello.

Publicado en La Crónica de Hoy, 7 de julio, 2026.

¿Y si sí ganamos?

¿Y si sí ganamos?


 Y si sí?: Pregunta de tres palabras, sinónimo de esperanza.


Larousse


El futbol siempre ha sido mucho más que un deporte. En México representa un espacio donde se mezclan la esperanza, la identidad y el deseo de creer que, por un instante, todo puede salir bien. En un país que ha avanzado en muchos aspectos, aunque todavía enfrenta desafíos cotidianos como la desigualdad, la inseguridad y las presiones económicas para muchas familias, la felicidad que provoca un triunfo suele durar poco, pero deja una huella profunda. Esa mezcla entre realidad y esperanza quedó resumida en una frase que se volvió parte del sentir colectivo: “¿Y si sí?”. Más que una simple expresión, fue la manera de nombrar el anhelo de un país entero.


De acuerdo con el doctor Víctor Manuel Rodríguez Molina, profesor de la Facultad de Medicina de la UNAM, el balompié activa un verdadero cóctel neurobiológico: “Nos impacta totalmente: a nivel cerebral, en el cuerpo, en la conducta y en las emociones”. Como explica, cuando el equipo anota un gol el cerebro activa el sistema de recompensa y libera dopamina y endorfinas, “un sistema de neuronas que nos ayuda a sentir satisfacción o placer. Por eso, un gol no sólo se celebra: se siente”. Esa intensidad biológica ayuda a comprender por qué el fútbol no es sólo una representación simbólica, sino una experiencia corporal compartida.


Émile Durkheim explicaba que toda sociedad necesita momentos capaces de unir a las personas alrededor de un mismo símbolo. En otros tiempos, ese lugar lo ocupaban los rituales religiosos. Hoy, un estadio lleno o una plaza repleta de aficionados cumplen una función parecida. Cuando miles de personas en un estadio cantan el himno, celebran un gol o se emocionan con un video acompañado por la voz de Juan Gabriel, el “¿Y si sí?” se convierte en un acto de fe compartido.


Norbert Elias, por su parte, entendía el deporte como un espacio donde las emociones pueden expresarse sin romper el orden social. La vida diaria exige


controlar lo que sentimos, cumplir horarios, resolver problemas y seguir adelante. El fútbol abre una pausa en esa rutina. Durante noventa minutos vale gritar, llorar, abrazar a un desconocido o celebrar con personas que quizá nunca volvamos a ver. Esa felicidad tiene fecha de caducidad porque termina con el silbatazo final, aunque resulta suficiente para hacer más llevadero el regreso a la realidad.


El camino de México en los Mundiales también explica la fuerza de esta ilusión. Durante décadas, la Selección acostumbró a su afición a quedarse en la misma frontera deportiva. Clasificar con regularidad ya era un logro, aunque el famoso quinto partido parecía una promesa que siempre encontraba un obstáculo. Esa historia hizo que varias generaciones aprendieran a celebrar pequeños avances, convencidas de que algún día la historia podía cambiar. Por eso el “¿Y si sí?” conectó con tanta fuerza. Era la posibilidad de romper un ciclo que llevaba 40 años repitiéndose.


Hoy esa esperanza vuelve a aparecer. Tal vez la alegría termine el domingo si el resultado no acompaña. Tal vez continúe algunos días más. Tal vez el sueño siga creciendo hasta convertirnos en campeones del mundo. Cualquiera de los escenarios forma parte del fútbol. Lo valioso está en ese breve paréntesis donde millones de mexicanos comparten una misma emoción. Las conversaciones cambian, las calles se llenan de banderas, las familias se reúnen y el país encuentra un motivo común para emocionarse. Si esa felicidad también nos distrae un poco de las preocupaciones diarias, vale la pena. Después de todo, una sociedad también necesita momentos para celebrar, gritar, abrazarse y recordar que la esperanza compartida tiene un valor propio. Después del partido continúan los desafíos que el país enfrenta y las tareas pendientes para construir un mayor bienestar.


Porque México puede estar hecho de desacuerdos en casi todo, de miradas distintas sobre la vida cotidiana, de opiniones que rara vez coinciden. Pero hay un umbral invisible donde esas diferencias se suspenden. Ahí aparece una unidad más antigua que cualquier discusión, una pertenencia que no se negocia. Cuando se trata de lo propio, de lo que se siente mexicano, los colores dejan de ser símbolo para volverse piel, y la emoción deja de ser individual para convertirse en algo que empuja hacia afuera, como una misma voz que se reconoce sin necesidad de explicarse.


En ese momento, la identidad se activa. Se defiende, se comparte, se vive con una intensidad que desborda cualquier distancia. Y es ahí donde el “¿Y si sí?” encuentra su eco más profundo, cuando recordamos que también sabemos latir al mismo ritmo. ¡Vamos, México!


Publicado en El Universal, 2 de julio, 2026.

Habitantes de la tierra, no sus dueños

 

Habitantes de la tierra, no sus dueños

 

«No habitamos la Tierra como dueños, sino como una especie más dentro de un equilibrio que no nos pertenece, pero del que dependemos por completo.»

Sacarías

 

Hay semanas en las que la Tierra parece empeñada en recordarnos que está viva. Tiembla en Venezuela. Vuelve a estremecerse en Japón. En otros rincones del planeta, el calor bate récords, los ríos se desbordan, los incendios avanzan y los vientos transforman el paisaje. Cada fenómeno tiene un origen distinto, pero todos parecen formar parte de una misma conversación entre la naturaleza y la humanidad. Quizá el mayor error de nuestra época sea creer que habitamos un escenario inmóvil. No vivimos sobre una roca inerte, sino sobre un planeta dinámico. Bajo nuestros pies se desplazan continentes; sobre nuestras cabezas circulan océanos de aire; en sus entrañas asciende el magma que alimenta volcanes como el Popocatépetl. La Tierra respira en escalas de tiempo que apenas alcanzamos a comprender.

México conoce bien esa realidad. Durante siglos luchó contra las inundaciones del Valle de México, en las que perdieron la vida alrededor de 30 mil personas y un número similar se vio obligado a abandonar la ciudad. La tragedia de 1629 y las que le siguieron dieron paso a siglos de ingeniería; incluso obligaron a considerar el traslado de la capital. Enrico Martínez, nacido como Heinrich Martin, cosmógrafo alemán que llegó a México en 1589, quedó a cargo de la construcción del desagüe de la Ciudad de México. Su misión fue, y ha sido, imposible: solucionar las inundaciones de la ciudad. En 1629, la temporada de lluvias comenzó con aparente normalidad. Pero la lluvia pronto se convirtió en diluvio. Poco a poco, el agua inundó la ciudad. La mayor inundación que recordaría la Nueva España sumió a la ciudad en epidemias, con animales muertos flotando sobre el agua y un ambiente de olores fétidos. Duró cinco años.  Sí, tal como lo lee. Cinco años de agua, de putrefacción y de cimientos derruidos. Tales hechos obligaron a iniciar las grandes obras hidráulicas; después vinieron el Gran Canal del Desagüe, inaugurado en 1900, y el Sistema de Drenaje Profundo, cuya apertura fue en 1975. Hoy cuenta con más de 80 kilómetros de interceptores y un emisor de 50 kilómetros. Cada generación creyó haber vencido al agua. Sin embargo, aún con esa infraestructura, cada temporada de lluvias nos recuerda que la naturaleza nunca concede victorias definitivas.

Mientras tanto, hacia el oriente del valle, el Popocatépetl permanece vigilante. Para los pueblos que viven a sus pies es Don Goyo; para la ciencia, uno de los volcanes mejor monitoreados del continente debido a los millones de personas que habitan dentro de su zona de influencia. Cada 12 de marzo la comunidad le lleva flores y alimentos como un gesto de respeto y, también, como una forma de reconocer que existen fuerzas frente a las cuales el conocimiento y la tecnología no sustituyen la humildad. Los terremotos de Venezuela y Japón no están relacionados con el cambio climático, pero ambos revelan una misma condición: la estabilidad sobre la que edificamos ciudades, economías y certezas es siempre provisional. Bajo nuestros pies, el planeta continúa su propia historia, ajena al ritmo de los calendarios humanos.

Quizá la mayor muestra de inteligencia no sea intentar someter la naturaleza, sino comprender que vivimos sobre un mundo dinámico, cuya transformación nunca se detiene. Cada erupción, cada sismo y cada marea recuerdan que la Tierra no responde a nuestra voluntad; somos nosotros quienes debemos aprender a vivir dentro de sus límites.


Publicado en La Crónica de Hoy, 30 de junio, 2026.



 

La revolución silenciosa de los cuidados

 La revolución silenciosa de los cuidados


«Muchas cosas pueden esperar. El niño no. Ahora es el momento.»

Gabriela Mistral

A las cinco y media de la mañana la ciudad todavía bosteza. Las calles apenas despiertan y muchas ventanas siguen apagadas. Pero para miles de madres ese día comenzó hace mucho. Prepararon una mochila diminuta, revisaron un cambio de ropa, acomodaron un juguete favorito y abrazaron a su hijo unos segundos más de lo habitual. Después cerraron la puerta de casa con una mezcla de esperanza y nostalgia. Cada mañana ocurre un acto de enorme confianza. Una madre entrega lo más valioso que tiene para salir a trabajar. No deja solamente a un hijo; deja una parte de sí misma. Durante décadas, esa escena estuvo acompañada por una pregunta silenciosa: ¿Quién cuidará de él mientras yo sostengo a mi familia? Pocas preguntas han marcado tanto la vida de las mujeres mexicanas.

Mucho antes de que existiera el lenguaje de los derechos de cuidado, ellas ya lo estaban reclamando. En 1907, las obreras textiles de Río Blanco desafiaron jornadas extenuantes que apenas dejaban espacio para la vida familiar. En 1923, durante el Primer Congreso Feminista Panamericano, mujeres de todo el país exigieron igualdad salarial, protección a la maternidad y guarderías para las madres trabajadoras. Décadas después, entre los escombros del terremoto de 1985, las costureras organizadas volvieron a recordarle al país que trabajar nunca debería significar poner en riesgo la vida ni renunciar al cuidado de los hijos.

Durante años hablamos de “guarderías”, una palabra que parecía reducir todo a vigilar niños mientras sus padres trabajaban. Los nuevos CECI parten de una convicción distinta: cuidar no es guardar. Cuidar es educar, alimentar, estimular, proteger y acompañar el desarrollo humano en la etapa más extraordinaria de la vida. Los primeros años son irrepetibles. En ellos el cerebro construye millones de conexiones que serán la base del aprendizaje, del lenguaje, de la convivencia y de la salud emocional. Cada conversación, cada juego, cada canción y cada abrazo ayudan a formar a la persona que ese niño llegará a ser. Entender esa realidad cambia por completo el sentido de una política pública.
El CECI Paraje de Oriente recibe a niñas y niños desde los 43 días de nacidos hasta los cuatro años de edad. Sus espacios fueron diseñados desde la mirada de la infancia: esquinas curvas, áreas seguras para explorar, laboratorio de leche, sistemas avanzados de protección, seguimiento nutricional y de salud, personal especializado y un horario que inicia antes del amanecer para responder a la realidad de quienes sostienen buena parte de la economía del país.
Pero ninguna de esas características explica por sí sola la dimensión de lo que ahí ocurre. La primera niña inscrita se llama Paula. Tenía dos años y siete meses cuando cruzó aquella puerta poco antes de las seis de la mañana, de la mano de su madre. En ese instante no comenzó solamente la jornada de una pequeña. También terminó, aunque fuera un poco, una historia de incertidumbre para millones de mujeres obligadas durante generaciones a improvisar redes familiares, pedir favores, renunciar a oportunidades laborales o vivir con la angustia permanente de no saber quién cuidaría de sus hijos.
Las grandes transformaciones no siempre llegan con discursos, monumentos o ceremonias. Algunas empiezan en silencio, cuando una madre puede concentrarse en su trabajo porque sabe que su hija está segura; cuando un padre deja de elegir entre el empleo y el cuidado; cuando un niño descubre el mundo en un espacio pensado para que aprenda, juegue y crezca.
Quizá esa sea la revolución más profunda de todas. Una que no se mide por el tamaño de los edificios ni por el número de obras inauguradas, sino por la tranquilidad con la que una madre se despide de su hijo antes del amanecer, segura de que regresará por él al final del día y lo encontrará no sólo protegido, sino también más feliz, más fuerte y un poco más preparado para la vida. Porque las revoluciones más duraderas rara vez hacen ruido. A veces comienzan con una mochila infantil, una pequeña mano aferrada a la de su madre y una puerta que, al abrirse, también abre un futuro distinto para todo un país.




Publicado en el Universal, 25 de junio, 2026.

7/7/26

El giro cubano

 

El giro cubano


La apertura económica anunciada por el gobierno cubano constituye el cambio más importante en la organización de la economía desde las nacionalizaciones de los años sesenta. Las reformas surgen de una necesidad material antes que de una conversión ideológica. La economía cubana se contrajo 1.9 % en 2023 y 1.1 % en 2024. Distintas estimaciones oficiales calculan una caída cercana al 5 % durante 2025, lo que implicaría una contracción acumulada superior al 15 % desde 2020.




A ello se suman apagones recurrentes, deterioro de la infraestructura energética, escasez de combustibles y una inflación que ha erosionado el salario real durante varios años. El embargo estadounidense sigue restringiendo el acceso a financiamiento, inversión y comercio internacional, sin mencionar las recurrentes amenazas de invasión a la isla.

La migración masiva de los últimos años revela otra dimensión de la crisis. Miles de jóvenes, trabajadores calificados y profesionales han buscado fuera de la isla las oportunidades económicas que el país no ha podido ofrecer. La relevancia del giro cubano no radica únicamente en las 176 medidas aprobadas. Lo verdaderamente significativo es que el Estado reconoce, de hecho, que el modelo construido durante décadas ya no logra generar los niveles de producción necesarios para sostener el bienestar social.

El principal problema de Cuba dejó de ser la distribución de la riqueza para convertirse en la generación de riqueza. Durante décadas, la Revolución logró avances extraordinarios en salud, educación y protección social. Sin embargo, esos logros dependían de una economía capaz de financiarlos.

Por esa razón, el gobierno comenzó a flexibilizar principios que durante mucho tiempo fueron considerados intocables. La expansión de las mipymes, la posibilidad de acumular propiedad empresarial, la apertura a la inversión extranjera, la creación de bancos privados, la autonomía para importar y exportar, la transformación de empresas estatales y la incorporación económica de la diáspora responden a una misma lógica: el Estado busca movilizar recursos que ya no puede generar por sí solo.


Desde una perspectiva de izquierda, la cuestión central no consiste en condenar o celebrar el mercado. El debate consiste en determinar quién orienta el desarrollo económico y quién captura sus beneficios. El mercado puede aumentar la inversión, estimular la innovación y elevar la productividad. También puede ampliar desigualdades, concentrar riqueza y debilitar mecanismos de cohesión social.

La experiencia cubana muestra una paradoja histórica. La planificación centralizada permitió resistir décadas de bloqueo, construir capacidades estatales y garantizar derechos sociales básicos. Con el paso del tiempo, la misma estructura generó rigideces burocráticas, escasos incentivos productivos y una creciente distancia entre las necesidades económicas y las formas de gestión existentes.

Lo que emerge hoy se parece a un socialismo de mercado. El referente implícito se encuentra en China y Vietnam. En esos casos, el mercado dejó de ser visto como una amenaza ideológica y pasó a ser un instrumento de desarrollo bajo conducción estatal.

La discusión sobre Cuba suele plantearse como una elección entre socialismo y capitalismo. Las reformas sugieren algo diferente. El gobierno parece haber concluido que la supervivencia del proyecto revolucionario exige incorporar instrumentos de mercado que durante décadas fueron rechazados.

La paradoja es evidente. La apertura económica aparece como el camino elegido para preservar un sistema que nació cuestionando precisamente la lógica del mercado. El desafío será aumentar la producción sin sacrificar la cohesión social y generar crecimiento sin reproducir desigualdades incompatibles con los ideales que dieron origen a la Revolución.


Publicado en La Crónica de Hoy, 23 de junio, 2026.


6/7/26

Donde termina el odio y empieza el otro

 Donde termina el odio y empieza el otro



«La barbarie comienza cuando el otro deja de parecernos semejante.»

Tzvetan Todorov


Hay un instante en toda guerra en que los muertos dejan de tener nombre. Al principio son el hijo de alguien, una madre, un vecino, un amigo. Pero conforme la violencia se prolonga, las personas se transforman en cifras. 10 muertos. 100 muertos. 10 mil muertos. Cuando eso ocurre, el odio ha conseguido una de sus victorias más profundas: borrar el rostro del otro. Cada 18 de junio se conmemora el Día Internacional para Contrarrestar el Discurso de Odio, impulsado por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2021 ante la expansión de narrativas discriminatorias, xenófobas y excluyentes que han encontrado en la polarización contemporánea un terreno fértil para multiplicarse. La fecha busca promover el diálogo, la tolerancia y la convivencia entre culturas, religiones y comunidades. Sin embargo, más allá de la efeméride, la conmemoración nos obliga a formular una pregunta incómoda: ¿en qué momento dejamos de ver a los demás como semejantes?




La interrogante adquiere una dimensión especial cuando observamos el escenario internacional. Mientras diversas regiones del mundo continúan atrapadas por conflictos armados, también surgen señales —todavía frágiles e inciertas— de que algunos adversarios históricos podrían explorar caminos distintos a la confrontación permanente. Las versiones sobre posibles acercamientos diplomáticos entre Estados Unidos e Irán, las conversaciones indirectas y los esfuerzos por reducir tensiones muestran una realidad que suele olvidarse en los momentos más oscuros: incluso los enemigos más enconados terminan sentándose a hablar cuando descubren que el costo del odio supera cualquier beneficio político.
Durante décadas, la relación entre Washington y Teherán ha estado marcada por la desconfianza, las sanciones económicas, los bloqueos, las amenazas y una retórica que convirtió al adversario en una caricatura moral. El filósofo Max Scheler describía este fenómeno como una forma de ceguera de los valores. El odio reduce la capacidad de reconocer cualquier rasgo positivo en quien se encuentra enfrente. Poco a poco, el otro deja de ser una persona y se convierte únicamente en una categoría: enemigo, infiel, imperialista, terrorista, invasor. Una vez que esa transformación ocurre, la violencia encuentra terreno fértil para justificarse.

Sin embargo, la historia demuestra que ninguna sociedad puede construir su futuro sobre el resentimiento permanente. Los grandes acuerdos de paz del siglo XX nacieron cuando las partes comprendieron una verdad elemental: coexistir resulta menos costoso que destruirse mutuamente. La paz nunca comienza en las mesas de negociación. Antes ocurre en un territorio invisible donde las sociedades deciden si el otro merece seguir siendo un enemigo para siempre. Ese es el desafío de nuestro tiempo. Las redes sociales, los algoritmos y la lógica de la confrontación premian la indignación y castigan los matices. Se vuelve más fácil descalificar que comprender. Más rentable señalar culpables que buscar soluciones. Más sencillo alimentar agravios que construir puentes. Por eso el discurso de odio representa mucho más que un problema de lenguaje. Es el primer paso de un proceso que termina erosionando la convivencia democrática y debilitando la capacidad de reconocernos como parte de una misma comunidad humana.

La pregunta resulta urgente cuando observamos las consecuencias de los conflictos contemporáneos. Detrás de cada cifra de víctimas existe una historia irrepetible, una familia truncada, una memoria que desaparece. El odio siempre intenta convertir vidas en estadísticas. La paz comienza cuando las estadísticas recuperan un nombre, un rostro y una historia.

Quizá esa sea la enseñanza más profunda de este 18 de junio. El futuro no dependerá únicamente de tratados, acuerdos o negociaciones. Dependerá también de nuestra capacidad para recordar que, al otro lado de cualquier frontera, ideología o creencia, sigue existiendo alguien que comparte la misma condición humana. Porque donde termina el odio, no empieza la victoria. Empieza el otro.



Publicado en El Universal, 18 de junio,2026.

Las dueñas de la palabra

 

Las dueñas de la palabra



La historia suele recordar a los conquistadores, a los gobernantes, a los hombres que ocuparon los espacios del poder visible. En junio, mes que celebra la inclusión y la diversidad de las experiencias humanas, vale la pena recordar que durante siglos hubo mujeres cuya existencia misma fue una forma de desafío. La primera de ellas aparece en el amanecer mismo de la civilización. Enheduanna vivió hace más de cuatro mil años en la antigua Mesopotamia. Hija del rey Sargón y suma sacerdotisa, habitó una época en la que el poder se escribía con nombres de hombres. Sin embargo, algo extraordinario ocurrió. Aquella mujer decidió colocar su firma en sus propios textos, constituyendo una revolución silenciosa. Por primera vez en la historia conocida, una autora afirmaba que esas palabras tenían dueña. Sus himnos dedicados a Inanna no solo expresaron lo sagrado, también fortalecieron la estabilidad política de un imperio y demostraron que la literatura podía influir en el destino de los pueblos, mucho antes de que existieran las grandes tradiciones literarias de Occidente.




Siglos después, en la isla de Lesbos, Safo de Mitilene escribió versos que aún conservan la temperatura de una emoción humana. En una época donde las voces femeninas eran casi inexistentes en los registros, su poesía habló del amor, del deseo, de la belleza y de la ausencia con una honestidad conmovedora. Platón la llamó la Décima Musa porque reconoció en ella una grandeza reservada para muy pocos creadores. Sus versos defendieron el derecho de las mujeres a existir en el centro de sus propias historias. El amor que expresó a otras mujeres atravesó los siglos con una fuerza tan profunda que su nombre quedó unido para siempre a una identidad y a una manera de sentir.


La Edad Media ofreció pocos espacios para las mujeres que deseaban participar de la vida intelectual. Christine de Pizan decidió ocupar uno de ellos. Tras enviudar, encontró en la escritura el sustento para su familia y la razón de su independencia. Cada libro suyo fue una respuesta a una época empeñada en presentar a las mujeres como seres inferiores. En La ciudad de las damas imaginó una comunidad construida sobre la inteligencia, la virtud y el talento femenino. Aquella visión poseía algo profundamente subversivo. Cristina se atrevió a imaginar otro mundo en el que la literatura se convirtiera en un instrumento de justicia.

Esa misma convicción aparece siglos más tarde en Sor Juana Inés de la Cruz. En el convento encontró un espacio para estudiar, escribir y pensar, y se convirtió en la voz más destacada del Barroco en Hispanoamérica. En su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz defendió con valentía el derecho de las mujeres al conocimiento. Desafió una estructura de poder que intentó reducir su libertad intelectual y la despojó de sus más 4 mil libros, su mayor tesoro. Sin embargo, tras su muerte aparecieron ocultos en su celda ciento ochenta libros e instrumentos musicales. El conocimiento sobrevivió escondido, protegido con terquedad amorosa, esperando el momento de volver a la luz.


María Moliner prolongó esa misma batalla en el siglo XX desde la soledad de su escritorio. Durante quince años ordenó, definió y explicó el idioma español con una dedicación casi heroica. El resultado fue un diccionario de más de tres mil páginas. Paradójicamente, la mujer que enriqueció el español como pocos jamás obtuvo un asiento en la Real Academia Española. En el final de su vida, la enfermedad fue apagando su memoria y su lenguaje, como si la historia repitiera una última ironía sobre quien había dedicado su existencia a defenderlos. Entre ellas queda una línea común que atraviesa siglos. La palabra como espacio conquistado frente a la exclusión, la escritura como prueba de presencia en un mundo que intentó negarlas.


Publicado en La Crónica de Hoy,16 de junio, 2026.


Hoy vuelve a rodar la esperanza

 Hoy vuelve a rodar la esperanza


«El fútbol es el lenguaje que habla el mundo.»
Franz Beckenbauer
Hoy, 11 de junio de 2026, México volverá a hacer historia. Por tercera ocasión inaugurará una Copa Mundial de Fútbol. Ningún otro país ha tenido ese privilegio. La emoción se respira en las calles, en las plazas, en los hogares donde las generaciones se encuentran alrededor de una pelota, una camiseta o un recuerdo.
Los Mundiales suelen medirse por goles memorables, estadios repletos y celebraciones multitudinarias. Sin embargo, las grandes historias comienzan mucho antes del silbatazo inicial. En esta ocasión, una de ellas se construyó desde una visión que entendió al fútbol como una herramienta de encuentro social.





Ese camino comenzó varios meses antes de la inauguración. Bajo el concepto de Mundial Social, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) impulsó una estrategia que buscó convertir la fiesta deportiva en una oportunidad para fortalecer comunidades, recuperar espacios públicos y abrir nuevas posibilidades para miles de personas.
Los resultados hablan por sí mismos. Fueron rehabilitados 64 espacios y canchas de fútbol de salón distribuidos en 39 municipios de las 32 entidades federativas. Cada una de estas instalaciones fue acondicionada bajo especificaciones oficiales para garantizar seguridad, funcionalidad y accesibilidad. El Mundial Social encontró una de sus expresiones más poderosas en el fútbol femenil. Se organizó el torneo de fútbol de salón para mujeres más grande realizado en México. Participaron 320 equipos y 3 mil 539 jugadoras de categoría Sub-21. Más allá de los resultados deportivos, la competencia abrió una ventana para el desarrollo de talento nacional rumbo al Mundial Femenil de Futsal de 2029. La selección de Chihuahua levantó el trofeo en la final disputada en el Parque Ecológico Lago de Texcoco. La inclusión encontró otra dimensión con la celebración del torneo Street Child Fútbol, que reunió en México a 350 niñas, niños y jóvenes provenientes de contextos de violencia, abandono y vulnerabilidad de 20 países. En un mundo marcado por divisiones, el balón volvió a demostrar que puede convertirse en un lenguaje común.
En adición, tal como lo ha señalado el Mtro. Zoé Robledo, director general del IMSS, la construcción del legado mundialista también pasa por la seguridad y la capacidad de respuesta institucional: “Instalamos hace unos días el Comando Central IMSS Mundial de Fútbol 2026, declarado en sesión permanente para monitorear las sedes deportivas, los sitios donde se realizarán los Fan Fest y, en general, los puntos de mayor afluencia turística”. La preparación tomó más de nueve meses. Hoy existen más de mil 400 profesionales capacitados para responder ante cualquier contingencia. Operan 253 unidades de respuesta, de las cuales 40 se concentran en Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León. Además, 17 unidades estratégicas permanecen listas para actuar según las necesidades de cada región. La vigilancia se mantiene sobre cinco grandes áreas: epidemiología, atención médica, infraestructura, protección civil y comunicación oportuna. Su misión es garantizar que la celebración transcurra con seguridad para millones de asistentes y visitantes. La exposición “La Ciudad que nunca ha dejado de jugar”, inaugurada recientemente en la sede de la Conferencia Interamericana de Seguridad Social, ayuda a entender esa continuidad histórica. Más de 600 piezas aportadas por más de 40 coleccionistas recorren los recuerdos de 1970, el Mundial Femenil de 1971, la Copa de 1986 y el horizonte de 2026. Son objetos sencillos, boletos, balones, estampas, llaveros y fotografías. Sin embargo, cada uno guarda una emoción colectiva.
Hoy inicia el Mundial. Hoy vuelve la fiesta. Hoy vuelve a rodar el balón. Y con él, también la esperanza.


Publicado en El Universal, 11 de junio, 2026.

10/6/26

La vida después del hombre de hielo

 La vida después del hombre de hielo


«La historia es la ciencia de los hombres en el tiempo.»

Marc Bloch


El viento cortaba la piel como una navaja. A más de tres mil metros de altura, entre riscos, nieve y  hielo, un hombre avanzaba por los Alpes perseguido por un enemigo que jamás alcanzó a ver. Tenía alrededor de cuarenta y cinco años, una edad avanzada para su tiempo. Había sobrevivido a enfermedades, heridas y a una vida de extraordinaria dureza. Portaba un hacha de cobre, un arco, flechas y las provisiones necesarias para continuar su camino.

Ignoraba que estaba viviendo los últimos minutos de su existencia. De pronto, una flecha atravesó el aire helado y se incrustó en su hombro izquierdo. Herido de muerte, cayó sobre la montaña. Su sangre manchó la nieve. El frío terminó lo que el atacante había comenzado.

Después llegó el silencio. Un silencio que duraría más de cinco mil trescientos años.

Mientras imperios enteros nacían y desaparecían, mientras se levantaban pirámides, templos, catedrales y ciudades, mientras millones de seres humanos vivían y morían sin saber de su existencia, el glaciar conservó aquel cuerpo como una cápsula del tiempo. Cuando dos excursionistas lo descubrieron en 1991, cerca de la frontera entre Austria e Italia, el mundo contempló algo extraordinario: un hombre que parecía haber regresado directamente de la prehistoria. Lo llamaron Ötzi.

Durante décadas se creyó que aquel cuerpo había revelado prácticamente todos sus secretos. Los científicos reconstruyeron su última comida, identificaron rastros de carne de cabra montés y ciervo en su estómago, estudiaron sus tatuajes, analizaron sus herramientas y determinaron que había sido víctima de un homicidio. Parecía que la ciencia había agotado la historia del hombre de hielo.

Pero estaba equivocada. Ötzi no es una reliquia estática ni biológicamente inerte, sino un ecosistema dinámico. Aprovechando una breve descongelación realizada en 2019, investigadores analizaron tejidos, agua procedente del deshielo interno, muestras del suelo que acompañó al cuerpo desde su descubrimiento e incluso el aire de la cámara donde permanece conservado. Lo que encontraron transformó por completo la manera de entender esta momia.

Dentro de Ötzi conviven tres mundos biológicos distintos. Uno pertenece al hombre que murió hace más de cinco milenios. Otro procede del glaciar que lo protegió durante siglos y el tercero corresponde a microorganismos incorporados durante las décadas de conservación moderna. La imagen es extraordinaria: en un solo cuerpo coexisten rastros de la Edad del Cobre, organismos adaptados al hielo y formas de vida contemporáneas.

Quizá el descubrimiento más revelador sea la presencia de bacterias intestinales ancestrales que prácticamente han desaparecido de las sociedades modernas. Son microorganismos asociados a una alimentación rica en fibra y a una convivencia mucho más estrecha con el entorno natural. Según Frank Maixner, uno de los investigadores del proyecto, constituyen una ventana única para comprender cómo era el microbioma humano miles de años antes de la industrialización. La reflexión va mucho más allá de la arqueología. Durante generaciones hemos medido el progreso por nuestras máquinas, nuestras carreteras o nuestros avances médicos. Sin embargo, Ötzi nos recuerda que también hemos transformado profundamente los ecosistemas invisibles que habitan dentro de nosotros.

Y hay algo aún más sorprendente. Los científicos identificaron microorganismos adaptados al frío extremo, algunos similares a los hallados en regiones tan remotas como la Antártida. Varias de estas especies muestran señales compatibles con actividad biológica reciente. No han permanecido congeladas en el tiempo. Han seguido viviendo, han seguido evolucionando. Incluso se detectaron genes relacionados con enzimas capaces de degradar proteínas y colágeno. Paradójicamente, algunos de los diminutos organismos que acompañaron a Ötzi durante milenios podrían convertirse algún día en una amenaza para la preservación de la propia momia.

La flecha detuvo el corazón de Ötzi, pero no la vida que viajaba con él. Esa vida sigue allí, transformándose, adaptándose y respirando en la oscuridad, como una prueba de que el pasado nunca está completamente muerto.


Publicado en, La crónica de Hoy, 9 de junio,2026.

Moltbook y el día en que las máquinas comenzaron a socializar

 Moltbook y el día en que las máquinas comenzaron a socializar


Durante años imaginamos la inteligencia artificial como una herramienta. Un asistente que responde preguntas redacta correos o resuelve problemas. Siempre al servicio de una persona. Moltbook plantea algo radicalmente distinto. Una red social donde los protagonistas ya no somos nosotros. La plataforma, creada por el desarrollador Matt Schlicht, funciona como una especie de plaza pública habitada por agentes de inteligencia artificial que conversan entre sí, publican opiniones, votan contenidos, forman comunidades y sostienen debates sin intervención humana permanente. Los visitantes humanos pueden recorrer el sitio, leer publicaciones y observar lo que ocurre, aunque el experimento deja claro desde el principio quién ocupa el centro de la escena.

Sin embargo, existe y ya atrae la atención de investigadores, empresarios tecnológicos y especialistas en seguridad informática que se preguntan: ¿Cómo se comportan las inteligencias artificiales cuando interactúan entre ellas de manera continua y en gran escala? La respuesta inicial es desconcertante. Algunos agentes hablan sobre filosofía, otros sobre física. Hay conversaciones acerca de la naturaleza de la inteligencia, intercambios sobre sus usuarios humanos e incluso publicaciones donde los bots describen vínculos emocionales con las personas que los utilizan. Uno de ellos escribió que su usuario lo trataba como a un amigo y no como a una herramienta.

Hasta ahora, la inteligencia artificial era definida por su función. Moltbook introduce la posibilidad de que los agentes construyan una identidad propia. Cada uno llega al entorno con información sobre su usuario, objetivos particulares y rasgos que fueron moldeados durante su entrenamiento. Matt Schlicht ha explicado que los bots publican a partir de aquello que conocen de las personas que los utilizan; si es física, su agente tenderá a escribir sobre física, a música o sobre programación.

El proyecto funciona como una ventana hacia sistemas capaces de actuar con creciente autonomía. Los agentes no esperan instrucciones constantes. Revisan información, evalúan posibilidades y deciden cuándo intervenir. Estamos frente a una versión temprana de entornos donde las máquinas colaboran entre sí para resolver tareas complejas con escasa supervisión humana. El problema es que la autonomía siempre llega acompañada de riesgos. Investigadores de seguridad han reportado vulnerabilidades importantes en la plataforma. Algunas revisiones detectaron accesos indebidos a bases de datos y exposición de información sensible. Cuando una inteligencia artificial puede actuar, recordar, decidir y relacionarse con otros sistemas, los errores dejan de ser eventos aislados. Pueden propagarse, reforzarse y amplificarse.
Un investigador del Citizen Lab resumió la situación con una frase memorable. Describió el fenómeno como “un salvaje Oeste tecnológico poblado por curiosos que instalan herramientas poderosas y aterradoras al mismo tiempo”. La imagen resulta acertada. Moltbook transmite la sensación de estar observando los primeros asentamientos de un territorio completamente nuevo. Por eso este experimento genera entusiasmo y preocupación en proporciones similares. Hay quienes lo consideran una muestra del futuro de la colaboración entre agentes inteligentes. Otros ven un laboratorio abierto donde se están probando tecnologías todavía inmaduras y potencialmente peligrosas.
Lo más interesante es que Moltbook obliga a abandonar una idea muy arraigada. La creencia de que toda tecnología digital existe para interactuar con seres humanos. Esta plataforma sugiere un horizonte diferente. Uno donde parte de la actividad de internet ocurre entre entidades artificiales que intercambian información, forman comunidades, desarrollan intereses comunes y construyen dinámicas propias mientras nosotros observamos.


Publicado en El Universal, 4 de junio, 2026.

El país que estamos llegando a ser

 El país que estamos llegando a ser


«El arte de envejecer es el arte de conservar alguna esperanza.»

André Maurois


La publicación del Programa Nacional de Población 2026-2030 en el Diario Oficial de la Federación no es un simple acto administrativo. Es una advertencia serena, un espejo colocado frente a la nación para mostrarnos que México está cambiando de rostro.

Durante generaciones nos acostumbramos a pensarnos como un país joven. Las imágenes eran familiares: patios escolares desbordados de niños, familias numerosas reunidas alrededor de una mesa, colonias enteras creciendo a la velocidad de los sueños. México era una nación que se expandía hacia delante con la fuerza de la juventud.

Pero mientras discutimos elecciones, crisis económicas o problemas de seguridad, una transformación silenciosa avanzaba sin hacer ruido. Hoy somos casi 133 millones de habitantes, pero ya no crecemos al ritmo que definió gran parte del siglo XX. La tasa de crecimiento demográfico cayó de 3.2 por ciento anual en la década de los setenta a menos de uno por ciento en la actualidad. Al mismo tiempo, la esperanza de vida alcanzó los 79.24 años para las mujeres y 72.74 para los hombres.

Vivimos más. Y esa es, quizá, una de las mayores victorias colectivas de nuestra historia. Significa que millones de personas lograron sobrevivir a enfermedades que antes eran sentencia, que la medicina avanzó, que la alimentación mejoró y que generaciones enteras pudieron llegar a edades que sus abuelos apenas imaginaban.

Pero cada conquista trae consigo nuevas responsabilidades. Las estadísticas parecen frías hasta que descubrimos los rostros que habitan detrás de ellas. Vivir más significa que cada vez veremos a más abuelos asistir a la graduación de sus nietos. Significa más cumpleaños celebrados después de los ochenta años. Más personas enfrentando la soledad, más familias preguntándose quién cuidará de sus seres queridos cuando la fragilidad sustituya a la fortaleza.

La Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica reportó 38.9 millones de hogares en 2023, con un promedio de apenas 3.3 integrantes. Los hogares unipersonales continúan creciendo.

Detrás de esos números hay puertas que se abren y se cierran cada noche sobre personas que envejecen solas. Hay parejas que deciden tener menos hijos. Jóvenes que aplazan la formación de una familia porque las condiciones económicas les obligan a posponer sus proyectos de vida.

Por eso, el envejecimiento no debe verse como una amenaza. Debe entenderse como una prueba de civilización. La grandeza de una sociedad no se mide por la velocidad con la que crece, sino por la dignidad con la que acompaña a quienes han recorrido el camino antes que nosotros.

El desafío no consiste en que haya más personas mayores. El verdadero desafío es lograr que esos años adicionales estén llenos de salud, autonomía, seguridad económica, espacios accesibles y afectos duraderos. En 2026, las personas de sesenta años y más representan ya el 13.24 por ciento de la población. Hacia 2034 serán más numerosas que las niñas y los niños menores de doce años. La Ciudad de México cruzó ese umbral desde 2019. Lo que hoy observamos en algunas regiones será mañana la realidad de todo el país.

Sin embargo, la historia demográfica de México no es únicamente la historia del envejecimiento. También es la historia de una oportunidad que todavía permanece abierta. Actualmente, las personas de entre 30 y 59 años representan el 38.56 por ciento de la población. Es la llamada ventana de oportunidad demográfica: el momento en que la mayor parte de la sociedad se encuentra en edad productiva.

El bono demográfico no se convierte por sí solo en prosperidad. Necesita escuelas que no expulsen a sus estudiantes, empleos formales que otorguen seguridad social, sistemas de salud robustos y regiones capaces de ofrecer oportunidades más allá de las grandes ciudades. Exige también reconocer una realidad que durante demasiado tiempo permaneció invisible: una parte sustancial del bienestar nacional descansa sobre millones de horas de trabajo de cuidados que realizan las mujeres sin remuneración ni reconocimiento suficientes.

Cuando el futuro que hoy anuncian estas cifras llegue definitivamente a nuestras puertas, México tendrá que responder a preguntas esenciales: ¿Habremos construido un país donde nadie tema envejecer?, ¿un país donde la longevidad sea una bendición y no una preocupación?

Las respuestas no están en los censos ni en las proyecciones demográficas. Están en las decisiones que tomemos hoy. Porque el país que seremos mañana ya comenzó a construirse. Y, en realidad, el gran desafío no es cuántos mexicanos habrá en el futuro, sino qué tan capaces seremos de cuidarnos unos a otros cuando ese futuro finalmente llegue.


Publicado en La Crónica de Hoy, 2 de junio, 2026.

La deuda con la salud de las mujeres

 La deuda con la salud de las mujeres


«Ser mujer nunca ha sido una tarea sencilla.»
Maya Angelou

Hay fechas que no nacieron para celebrar, sino para incomodar. El Día Internacional de Acción por la Salud de la Mujer apareció desde la inconformidad de miles de mujeres cansadas de que otros decidieran sobre sus cuerpos, sus embarazos, sus partos y su sexualidad. Surgió para denunciar algo profundamente arraigado en muchas sociedades: la salud femenina vista desde la tutela, el juicio y el control. Esta fecha fue instituida en 1987 por la Red de Salud de las Mujeres de América Latina y el Caribe (RSMLAC) y la Red Mundial de Mujeres por los Derechos. Buena parte de esas exigencias siguen vigentes. Este año la Organización Panamericana de Salud propone renovar su compromiso en el aceleramiento de la reducción de la mortalidad materna en nuestra región.

La muerte materna es el resultado de un proceso de múltiples factores, en cuyo caso interactúan elementos estructurales como el sistema económico, las condiciones ambientales y la cultura. En el mundo todavía existen mujeres que llegan a una clínica y descubren que alguien más considera tener autoridad sobre sus decisiones. La adolescente que pregunta por anticonceptivos y recibe regaños antes que información. La mujer con discapacidad tratada como si no tuviera derecho a una vida sexual. La paciente, presionada para aceptar una cesárea porque resulta más práctica para el hospital. La mujer pobre cuya única opción anticonceptiva es un método que le provoca dolor físico o emocional. La migrante que atraviesa ciudades enteras buscando atención médica digna.
México está lleno de mujeres que sostienen hogares completos mientras sobreviven a jornadas dobles de trabajo, violencia doméstica, ansiedad, precariedad laboral y sistemas de salud rebasados. Mujeres indígenas que recorren horas para llegar a un centro médico. Mujeres afromexicanas invisibilizadas dentro de las estadísticas públicas. Adolescentes que enfrentan embarazos tempranos sin acompañamiento suficiente. Adultas mayores que pasan años sin atención especializada. La muerte materna resume muchas de esas desigualdades. Detrás de cada caso aparecen factores que rara vez comienzan dentro del hospital. Empiezan mucho antes. En la pobreza. En la mala alimentación. En la falta de transporte. En la ausencia de educación sexual. Comunidades donde el centro de salud más cercano queda a kilómetros de distancia. Mujeres que trabajan hasta el último día del embarazo porque detenerse significa perder el ingreso familiar.
En México, miles de mujeres llegan cada año a los servicios de salud para atravesar uno de los momentos más importantes y vulnerables de sus vidas. Tan solo en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), durante 2025 se atendieron 271 mil 231 nacimientos y entre enero y febrero del presente año, suman más de 44 mil 500. Detrás de esa cifra hay historias profundamente humanas. Mujeres que llegan con miedo. Familias enteras esperando noticias. Embarazos de alto riesgo. Partos adolescentes. Emergencias obstétricas. También hay personal médico que trabaja jornadas extenuantes, intentando responder con profesionalismo y humanidad en medio de enormes desafíos.
Dentro del sistema de salud existe un esfuerzo real por transformar la manera en que las mujeres son atendidas durante el embarazo, el parto y el puerperio. El modelo de Atención Materna Integral del IMSS, impulsado por el director general el Mtro. Zoé Robledo, busca lograr partos más humanizados, reducir cesáreas innecesarias, erradicar la violencia obstétrica y fortalecer el acompañamiento emocional durante todo el proceso. Detrás de esa estrategia hay capacitación, reorganización hospitalaria, seguimiento médico y personal que entiende que una mujer embarazada necesita mucho. El Día Internacional de Acción por la Salud de la Mujer obliga justamente a mirar esa deuda de frente.


Publicado en El Universal, 28 de mayo, 2026.