Después de Era
Reflexiones en el tiempo
24/8/26
Después de Era
El peso del tiempo y la utopía de estar vivos
El peso del tiempo y la utopía de estar vivos
«Prescindir de los viejos no solo es un acto criminal e imbécil; es como quemar los libros, es destruir la memoria.»
Joan Manuel Serrat
Hay una paradoja cruel en nuestro tiempo: durante siglos soñamos con vivir más y, ahora que lo hemos conseguido, no sabemos qué hacer con quienes lo logran. Joan Manuel Serrat acaba de poner el dedo en esa herida. A sus ochenta y dos años habla de la vejez sin pedir compasión, sin nostalgia y sin disfrazar el desgaste inevitable de los días. Dice algo bastante más incómodo: hemos construido una sociedad capaz de prolongar la vida y, al mismo tiempo, dispuesta a apartar a quienes envejecen. No porque hayan perdido necesariamente su inteligencia, su talento o su capacidad de crear, sino porque disminuye algo que nuestro tiempo ha convertido en una medida brutal del valor humano: su capacidad de consumir.
Vivimos bajo el imperio de lo nuevo. Compramos, usamos y sustituimos. Cambiamos teléfonos, automóviles, modas y objetos con una velocidad desconocida para otras generaciones. El problema comienza cuando esa misma lógica termina contaminando nuestra manera de mirar a las personas. Lo viejo deja de ser experiencia y comienza a parecernos obsolescencia. Entonces ocurre algo terrible: la sociedad empieza a confundir vejez con inutilidad. Pascal Bruckner llama a esta etapa de la existencia “el veranillo de la vida”. Un tiempo que nuestros antepasados rara vez conocieron y que la medicina moderna nos ha entregado casi como una inesperada herencia.
Pero toda herencia plantea una pregunta: ¿qué vamos a hacer con ella? Bruckner advierte algo provocador. La ciencia no ha prolongado propiamente la juventud: ha prolongado la vejez. Podemos retrasar sus signos, engañar durante algún tiempo al espejo y mantener actividades que antes parecían reservadas a edades más tempranas. Pero finalmente la biología presenta sus cuentas. La medicina añade años y, con frecuencia, convierte la salud en el extraño arte de transitar ordenadamente de una dolencia a otra. Y, sin embargo, seguimos aquí. Deseando. Creando. Amando. Haciendo planes. Quizá ahí comienza la verdadera rebelión contra el tiempo.
Porque los mayores de hoy ya no aceptan con facilidad el antiguo libreto que les asignaba un papel secundario: retirarse, cuidar a los nietos y esperar. Viajan, estudian, se enamoran, trabajan, emprenden proyectos, escriben libros, aprenden idiomas y descubren que todavía quedan territorios por recorrer. Y eso ha producido una tensión nueva. Millones de jóvenes enfrentan empleos precarios, salarios insuficientes y enormes dificultades para construir un patrimonio. Al mismo tiempo, contemplan generaciones mayores que reciben pensiones, viajan o prolongan durante décadas una vida activa. Resulta tentador convertir esa contradicción en una guerra entre edades. Sería un error. El conflicto no es entre jóvenes y viejos. El verdadero problema comienza cuando una sociedad convence a una generación de que la otra es una carga. El joven mira al viejo y teme estar financiando su pasado. El viejo mira al joven y teme convertirse en un estorbo para su futuro. Ambos pierden. Porque ninguna civilización puede sostenerse cuando sus generaciones empiezan a mirarse como competidoras.
Hay algo todavía más extraño en nuestra relación con la vejez. La observamos como si fuera un país extranjero. Hablamos de “los viejos”, “los mayores”, “la tercera edad”, como si describiéramos a habitantes de un territorio remoto al que nosotros nunca entraremos. Pero hacia allí caminamos todos. Envejecer es viajar hacia un país cuya frontera cruzamos sin darnos cuenta. Primero cambia el rostro. Después, el cuerpo. Luego, la velocidad. Un día descubrimos que los jóvenes comienzan a tratarnos de usted. Otro día alguien nos ofrece el asiento. Y comprendemos, quizá con sorpresa, que hemos llegado a aquel territorio que durante tantos años creímos habitado por otros.
La gran pregunta de la longevidad ya no consiste entonces en averiguar solamente cuántos años podremos vivir. La pregunta es para qué queremos esos años. Bruckner propone contemplarlos como quien recibe una fortuna inesperada. No guardarla debajo del colchón ni encerrarse a esperar el desenlace, sino gastarla en aquello que todavía pueda producir deseo, curiosidad, afecto y sentido. Porque mientras exista un proyecto pendiente, el futuro continúa abierto.
Una sociedad inteligente debería comprenderlo. Prescindir de sus hombres y mujeres mayores no significa solamente abandonar personas. Significa destruir archivos vivientes: experiencias, errores, historias, conocimientos, derrotas y recuerdos que ninguna computadora puede reconstruir completamente. Serrat lo dice de una manera brutal y hermosa: apartarlos es como quemar los libros. Quizá por eso la gran utopía de nuestro siglo no sea la inmortalidad. Tal vez sea algo mucho más difícil.
Construir una sociedad donde los jóvenes puedan imaginar el futuro sin resentir a quienes llegaron antes; donde los mayores puedan vivir sin pedir disculpas por seguir aquí; donde la productividad no determine la dignidad y donde cumplir años no signifique desaparecer lentamente de la mirada de los demás. Durante milenios buscamos prolongar la existencia. Lo conseguimos. Ahora viene la parte más difícil: aprender a merecer el tiempo que hemos ganado.
Publicado en La Crónica de Hoy, 18 de agosto, 2026.
La diplomacia bajo los escombros
La diplomacia bajo los escombros
La rebelión de las cucarachas
La rebelión de las cucarachas
«La rebelión nace del espectáculo de la sinrazón ante una condición injusta.»
Albert Camus
Samuel Huntington imaginó un mundo dividido por civilizaciones. La realidad ha sido más inestable: las identidades no desaparecen, pero pueden reordenarse cuando una experiencia común las atraviesa. Eso es lo que parece estar ocurriendo en la India. Todo comenzó con algo técnico: exámenes públicos presuntamente filtrados. En un país donde el ascenso social depende en gran medida de esas pruebas, la sospecha de fraude no es un detalle administrativo: es una ruptura del contrato básico de futuro. Cuando el mérito deja de ser creíble, la frustración deja de ser individual y se vuelve política. Faltaba, sin embargo, un símbolo.
En mayo, unas palabras del presidente del Tribunal Supremo, Surya Kant, fueron interpretadas como una comparación despectiva de los jóvenes desempleados con “cucarachas”. Aunque después aclaró que no era esa su intención, el daño ya estaba hecho. El insulto encontró nombre propio: Cockroach Janta Party. Y ocurrió lo que el poder suele subestimar: el desprecio fue devuelto como identidad. La cucaracha dejó de ser humillación y se convirtió en emblema. Lo que nació en las redes terminó en las calles, con protestas y presión política. El ministro de Educación acabó renunciando, pero el problema ya no era un ministro.
El estudiante sigue siendo de su casta. El pobre sigue siendo pobre. Las jerarquías siguen. Pero encima de ellas aparece otra pertenencia: la de quienes comparten una misma incertidumbre sobre el futuro. Ahí cambia el eje del conflicto. Ya no es solo casta, religión o ideología. Es algo más básico: la confianza en las reglas; la sensación de que el esfuerzo puede o no servir para algo. Por eso el movimiento desborda a sus propios organizadores. No pertenece a partidos ni a estructuras: pertenece a una experiencia compartida. Ser estudiante. Aspirar a salir adelante. Sentir que el sistema puede fallar. Y la protesta no se quedó en un solo lugar.
Este 10 de agosto, en Jharkhand, miles de jóvenes volvieron a las calles por denuncias de corrupción y filtraciones en exámenes públicos. Hubo enfrentamientos con la policía. Exigen reformas e investigaciones. No es exactamente el mismo movimiento, pero sí el mismo combustible. Incluso el fundador del Cockroach Janta Party expresó su apoyo. Eso debería ser una advertencia. Estos estallidos suelen leerse como episodios aislados o modas juveniles, pero debajo hay algo más persistente: desempleo, desigualdad, corrupción y la percepción de que las reglas no son iguales para todos.
La energía aparece cuando esas experiencias dispersas encuentran un nombre común. Por eso la cucaracha importa. Es pequeña, despreciada, persistente. Se intenta aplastarla y sobrevive. El insulto se invirtió: lo que debía degradar terminó uniendo. Nadie sabe si este movimiento durará. Puede diluirse o transformarse, pero ya dejó algo claro: durante un momento, jóvenes de orígenes distintos dejaron de verse como separados. Descubrieron una identidad compartida que no venía de la sangre ni de la tradición, sino de la experiencia. Ahí está la grieta.
Una sociedad puede sostener sus jerarquías mientras cada quien acepta su lugar. Lo imprevisible ocurre cuando quienes estaban separados descubren que comparten la misma rabia, y también la misma esperanza. Entonces la casta deja de ser destino y aparece otra pertenencia: más horizontal, más inestable, más difícil de controlar. Porque hay un punto en que el poder deja de apoyarse en el desprecio, sobre todo cuando aquellos a quienes llamó cucarachas descubren que también saben sobrevivir.
Publicado en La Crónica de Hoy, 11 de agosto, 2026.
Sembrar el porvenir
Sembrar el porvenir
4/8/26
La memoria de las células
La memoria de las células
«El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos.»
Marcel Proust
Durante siglos, creímos que envejecer era como el desgaste inevitable de una máquina: piezas que se rompen, sistemas que fallan, un final que llega por acumulación de daño. Pero la biología contemporánea está empezando a sugerir algo mucho más inquietante —y más esperanzador—: que quizá no todo sea desgaste, sino también olvido. Que nuestras células no estén simplemente “gastadas”, sino desorientadas. Como si hubieran perdido parte de las instrucciones que alguna vez supieron leer. Y si una célula puede olvidar… ¿podría también recordar?
El 9 de junio, un paciente recibió la primera dosis de una terapia genética experimental diseñada para intentar algo extraordinariamente preciso: devolver a ciertas células del ojo la capacidad de comportarse como si fueran más jóvenes.
No es una promesa de inmortalidad. No es una fuente de juventud. Es algo más sobrio —y, por eso mismo, más importante—: el inicio de un ensayo clínico cuyo primer objetivo no es curar, sino demostrar que no hace daño. Antes de cambiar el mundo, hay que demostrar que no lo rompe.
La idea que sostiene este trabajo es engañosamente simple. El ADN de nuestras células permanece prácticamente intacto desde el nacimiento hasta la muerte. Con el tiempo, la célula acumula “ruido”: marcas químicas, bloqueos y señales que alteran la interpretación de sus propias instrucciones.
Como una biblioteca donde los libros siguen ahí, pero las páginas están cubiertas de anotaciones, tachaduras y polvo. El conocimiento no desaparece: se vuelve ilegible. Lo que intentan los científicos no es escribir un nuevo libro, sino facilitar nuevamente la lectura.
Esta línea de investigación nace del trabajo de Shinya Yamanaka, quien demostró que una célula adulta puede ser reprogramada hasta un estado muy cercano al embrionario. Aquel hallazgo cambió la biología moderna y le valió el Premio Nobel. Pero el objetivo actual es mucho más delicado: no borrar la historia de la célula, sino afinarla. No retroceder el reloj, sino corregirlo apenas lo suficiente para recuperar su función sin perder su identidad.
En modelos animales, algunas neuronas del ojo han mostrado signos de regeneración y recuperación. Pero entre un ratón y un ser humano hay un abismo que la ciencia conoce demasiado bien. La mayoría de los resultados prometedores no sobreviven a ese salto. Por eso, hoy, nadie habla de una cura. Se habla de una posibilidad. Y, aun así, esa posibilidad ya es un cambio radical.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que más de dos mil millones de personas viven con algún grado de discapacidad visual. Si alguna vez una terapia como esta funcionara, su impacto no sería abstracto. Sería íntimo. Concreto. Humano. No se trataría de vencer al tiempo, sino de recuperar fragmentos de vida cotidiana: leer una carta sin ayuda o reconocer una mirada al otro lado de la habitación.
Pero toda promesa biológica viene acompañada de su sombra. Rejuvenecer una célula puede implicar también desestabilizar su identidad. Empujarla demasiado lejos podría abrir la puerta a crecimientos descontrolados. Por eso, cada avance está rodeado de cautela, controles y límites estrictos. La ciencia no avanza por entusiasmo, sino por verificación.
Y, aun así, queda una pregunta que no es técnica, sino ética. Si estas terapias llegan a funcionar, ¿quién podrá acceder a ellas? ¿Serán un avance universal o un privilegio? Existe una paradoja incómoda en el corazón de esta investigación: aprender a revertir el envejecimiento celular mientras millones de personas aún no tienen acceso a lo más básico de la medicina. La biología puede avanzar más rápido que la justicia.
Quizá, sin embargo, la verdadera importancia de este campo no esté en prolongar la vida, sino en cambiar la forma en que entendemos su fragilidad. El envejecimiento deja de ser un muro absoluto y empieza a parecer un proceso con mecanismos, con capas y con puntos de intervención posibles. No es que hayamos vencido al tiempo. Es que hemos empezado a leerlo. Todavía estamos lejos de revertirlo. Muy lejos.
Pero tal vez el hallazgo más profundo no sea que podamos hacer más jóvenes a nuestras células, sino algo más sutil e inquietante: que nunca dejaron de saber quiénes eran, sino que solo dejaron de poder decirlo con claridad.
Y, si eso es cierto, entonces la ciencia no estaría inventando la juventud. Estaría, simplemente, aprendiendo a escuchar de nuevo. Porque, al final, la mayor promesa no es añadir años a la vida ni vivir más años, sino vivir más plenamente los años.
Publicado en La Crónica de Hoy, 4 de agosto, 2026.
Infraestructura para ahorrar tiempo, tecnología para salvar vidas
Infraestructura para ahorrar tiempo, tecnología para salvar vidas
3/8/26
La historia sin disfraces
La historia sin disfraces
«El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos». Antonio Gramsci
Cada cierto tiempo reaparecen intentos por revestir de nostalgia la Conquista. Este agosto, la convocatoria para recrear el antiguo Paseo del Pendón en la Ciudad de México vuelve a colocar sobre la mesa una vieja discusión. Aquella ceremonia virreinal no era una fiesta popular: conmemoraba la caída de México-Tenochtitlan, honraba a los conquistadores muertos y reafirmaba la autoridad de la Corona de Castilla sobre los territorios conquistados. Hoy resurge impulsada por organizaciones de corte hispanista y grupos vinculados a la extrema derecha.
La presidenta Claudia Sheinbaum respondió con una frase que resume el sentir de buena parte de los mexicanos: “No creo que les vaya muy bien”. Recordó que ya hubo intentos recientes de reivindicar a Hernán Cortés que no encontraron respaldo popular. “Si algo celebra el pueblo de México es nuestra Independencia”, afirmó. Conviene, entonces, regresar a la historia, no para justificar la Conquista ni para convertirla en un relato de héroes y villanos, sino para comprenderla con rigor y evitar que el pasado sea utilizado como arma política.
Hernán Cortés, nacido en Extremadura, no emprendió la conquista en nombre de un Estado español como el que hoy conocemos. En 1519 ese Estado nacional aún no existía. La expedición fue reconocida por la Corona de Castilla, a la que jurídicamente quedaron incorporadas las Indias. Aunque Carlos I gobernaba también Aragón y otros territorios europeos, fue en su calidad de rey de Castilla como recibió las Cartas de Relación de Cortés y bajo esa jurisdicción quedaron las nuevas posesiones americanas. En Europa sería conocido como Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. No es una precisión menor: confundir la Corona de Castilla con la España contemporánea termina construyendo una historia útil para las disputas del presente.
La conquista tampoco fue obra exclusiva de unos cuantos españoles. El 13 de agosto de 1521 cayó México-Tenochtitlan tras casi tres meses de sitio. Los europeos eran apenas unos cientos de combatientes; el grueso del ejército estaba integrado por decenas de miles de guerreros indígenas aliados de Cortés. Dichos pueblos participaron de manera decisiva en la campaña. Nada de ello disminuye el hecho fundamental: la caída de Tenochtitlan dio origen a un régimen colonial que, durante casi tres siglos, implicó sometimiento político, explotación económica, profundas transformaciones sociales e imposición de nuevas estructuras de poder. Pero también inició un largo proceso de mestizaje biológico, cultural y lingüístico del que, con el paso del tiempo, surgiría la nación mexicana.
Ese mestizaje explica buena parte de lo que hoy somos. Nuestro idioma, muchas de nuestras instituciones y una parte importante de nuestra cultura provienen del periodo virreinal. Al mismo tiempo, México sería incomprensible sin sus pueblos originarios, que conservaron lenguas, tradiciones y una continuidad histórica muy anterior a la llegada de los europeos. Nuestra identidad nació del encuentro —violento, desigual y profundamente doloroso— entre ambas raíces.
México ya conoció expresiones de ese radicalismo. En 1948, durante actos promovidos por grupos sinarquistas, algunos participantes escupieron la estatua de Benito Juárez, ubicada en el Paseo de la Reforma, y utilizaron la bandera nacional para barrer las calles frente a la Catedral Metropolitana, en una provocación contra el legado liberal. No es casual que hoy algunas corrientes hispanistas intenten resignificar símbolos semejantes para reabrir viejas fracturas históricas.
La historia no necesita apologías ni condenas simplistas. No necesita nostalgias imperiales ni leyendas negras. Necesita documentos, contexto y pensamiento crítico. Comprender la Conquista en toda su complejidad no significa justificarla; significa impedir que el pasado sea utilizado como propaganda al servicio de las disputas del presente.
Publicado en La Crónica de Hoy, 28 de julio,2026.
De vuelta al recreo
De vuelta al recreo
La última lección de Juárez
La última lección de Juárez
«Los hombres no son nada, los principios lo son todo.»
-Benito Juárez
Los personajes históricos mueren dos veces: cuando desaparecen físicamente y cuando dejamos de hacerles preguntas. Benito Juárez escapó a ese destino. Hace ciento cincuenta y cuatro años dejó de latir su corazón, pero la pregunta que dio sentido a su vida sigue esperando respuesta: ¿puede sobrevivir una República cuando los principios dejan de ser más importantes que los hombres?
En julio de 1872, Juárez sabía que la enfermedad avanzaba. Desde hacía tiempo padecía angina de pecho. Una tarde el dolor se volvió insoportable. Llamó a su sirviente, Camilo, y pidió que buscara al doctor Ignacio Alvarado. La medicina de entonces era impotente frente a un corazón enfermo. El médico ordenó hervir agua y la aplicó sobre el pecho descubierto del presidente. Juárez soportó el tratamiento sin una queja. Horas después quiso levantarse para recibir audiencia. El médico se lo impidió. Incluso cuando el cuerpo comenzaba a rendirse, el deber seguía ocupando el primer lugar. La noche del 18 de julio de 1872, la angina regresó por última vez. Murió Benito Juárez. Pero aquella noche no murió únicamente un hombre. Comenzó el examen permanente de la República que había salvado. La tradición cuenta que, frente a su féretro, uno de sus antiguos colaboradores golpeó tres veces el ataúd con una espada flamígera y exclamó: —¡Levantaos, señor presidente! ¡De pie, de pie! ¡Usted siempre permaneció de pie!
Sea exacta o no la escena, expresa una verdad más profunda que cualquier documento. Aquellas palabras no estaban dirigidas al hombre que acababa de morir. Estaban dirigidas a quienes debían defender los principios por los que él había vivido. Porque Juárez nunca peleó únicamente contra un ejército extranjero. Combatió algo mucho más difícil de vencer: los privilegios.
Cuando Francia intervino en México, parecía imposible resistir. De un lado estaban Napoleón III, el ejército más poderoso de Europa y un imperio decidido a imponer un monarca extranjero. Del otro, un presidente obligado a trasladar su gobierno de ciudad en ciudad, sosteniendo la legalidad con poco más que su convicción. Víctor Hugo inmortalizó aquella desigualdad con una frase extraordinaria: «De un lado, dos imperios; del otro, un hombre.» Sin embargo, esa no fue su mayor victoria. La verdadera hazaña de Juárez consistió en demostrar que ningún poder —militar, religioso, económico o político— podía colocarse por encima de la ley. Las Leyes de Reforma no sólo separaron a la Iglesia del Estado; separaron a México de una tradición de privilegios que durante siglos había impedido la igualdad jurídica de los ciudadanos. Pero los privilegios tienen una extraordinaria capacidad para sobrevivir. Sólo cambian de uniforme.
En el siglo XIX vestían sotana, espada o títulos nobiliarios. En el XXI pueden llamarse corrupción, captura de las instituciones, concentración del poder económico, manipulación tecnológica o desinformación organizada. Cambian los actores; permanece el desafío. Por eso Juárez no pertenece al pasado. Pertenece a cada generación que debe decidir si la ley gobernará al poder o si el poder terminará gobernando a la ley. Quizá, si caminara hoy entre nosotros, no preguntaría quién ganó la última elección. Preguntaría algo infinitamente más incómodo: ¿Gobierna realmente la ley?
Hace más de siglo y medio dejó escrita una advertencia que conserva toda su fuerza: «Esa Constitución no será la befa ni el escarnio de los hombres que desean vivir sin ley para dar rienda suelta a sus pasiones criminales.» Y añadió una convicción que sigue siendo el fundamento de toda democracia: ninguna Constitución existe para proteger a los gobiernos; existe para proteger a la nación, incluso de sus propios gobernantes. Las libertades también pueden morir. No siempre desaparecen con estruendo. A veces se extinguen lentamente, cuando la sociedad deja de defender sus instituciones, cuando el interés público cede ante el interés privado o cuando los ciudadanos aceptan que los principios son negociables.
Quizá por eso aquellos tres golpes con la flamígera sobre el ataúd siguen resonando. No buscaban despertar a Juárez. Buscaban despertarnos a nosotros. Porque los hombres pasan. Los principios permanecen… pero sólo mientras exista una sociedad dispuesta a ponerse de pie para defenderlos. Esa fue la última lección de Benito Juárez. Y acaso sea también la más urgente para el México del siglo XXI.
Publicado en La Crónica de Hoy, 21 de julio, 2026.
Derecho internacional vs. política del miedo
Derecho internacional vs. política del miedo
«La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes.»
Martin Luther King Jr.
Las fronteras separan territorios; nunca deberían separar la condición humana. Los Estados tienen el derecho de decidir quién ingresa a su territorio, pero también la obligación de garantizar que el ejercicio de ese poder no despoje a ninguna persona de su dignidad. Esa tensión, tan antigua como el propio derecho internacional, vuelve hoy a colocarse en el centro de la relación entre México y Estados Unidos. En los primeros cinco meses de 2026, las deportaciones de mexicanos aumentaron alrededor de un 35 %. Aproximadamente 18 mil personas fueron repatriadas en ese periodo y el total de deportaciones realizadas por Estados Unidos durante el año ronda las 76 mil. Detrás de esas cifras hay familias separadas, proyectos de vida interrumpidos y, en los casos más graves, vidas perdidas. Por ello, la decisión del Estado mexicano de llevar por la vía jurídica las muertes de connacionales relacionadas con la actuación del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) no constituye una protesta diplomática más. Representa un cambio de estrategia: trasladar la discusión del terreno político al ámbito de la responsabilidad jurídica.
Dos acontecimientos ocurridos esta semana ayudan a comprender la dimensión de ese cambio. Mientras la Cancillería decidió responder por la vía legal a las muertes de aproximadamente 17 mexicanos relacionadas con la actuación del ICE —14 bajo custodia y tres durante operativos—, la administración de Donald Trump avanzó en la construcción de una narrativa de seguridad que amplía el concepto de amenaza e incorpora nuevas categorías políticas al debate nacional. En ese contexto, la administración estadounidense ha colocado en el centro de su agenda el denominado terrorismo político transnacional de extrema izquierda como una nueva prioridad en materia de seguridad. No deja de ser revelador que ambos procesos avancen de manera paralela: mientras México pregunta si el Estado incumplió su deber de proteger la vida de personas bajo su custodia, Washington amplía el lenguaje de la seguridad nacional para explicar desafíos cada vez más diversos. Son dos maneras distintas de comprender el poder y los límites que deben contenerlo.
La decisión mexicana merece atención porque rompe con una práctica marcada durante años por notas diplomáticas, llamados al diálogo y reclamos que pocas veces trascendían el ámbito político. “No vamos a tolerar violaciones a los derechos humanos de las y los mexicanos en el exterior”, advirtió la presidenta Claudia Sheinbaum. La Secretaría de Relaciones Exteriores informó que, en coordinación con la FGR, impulsará acciones legales ante las autoridades competentes de Estados Unidos, incluidos el Departamento de Justicia y las fiscalías estatales correspondientes, además de promover procedimientos civiles contra empresas privadas responsables de operar centros de detención migratoria. En esa decisión existe una convicción que merece destacarse: la política migratoria puede ser una facultad soberana de los Estados, pero la dignidad humana no queda suspendida en una frontera. Un gobierno puede decidir quién entra o quién permanece en su territorio; no puede decidir quién merece protección frente al abuso, la negligencia o la indiferencia. Los primeros escritos de cese y desistimiento se dirigen contra operadores privados del centro de detención de Adelanto, California, donde han fallecido cuatro connacionales. La estrategia busca documentar posibles omisiones, particularmente en materia de atención médica, y construir una base probatoria para eventuales acciones de responsabilidad civil. El expediente tampoco quedará limitado a los tribunales estadounidenses. México solicitó el acompañamiento de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos para documentar los hechos y fortalecer la protección internacional de las personas migrantes. Con ello, el caso deja de ser exclusivamente bilateral para adquirir una dimensión internacional en materia de derechos humanos. También contempla promover la figura del amicus curiae como una vía para aportar elementos jurídicos especializados en los procesos que lleguen a presentarse. Toda persona privada de la libertad queda bajo la custodia del Estado. Esa circunstancia transforma el poder en deber. Quien detiene también debe alimentar, atender, proteger y preservar la vida. Esa es una de las conquistas más importantes del derecho internacional contemporáneo. Si una muerte fue consecuencia de negligencia o de omisiones evitables, deja de ser únicamente un episodio político para convertirse en una posible responsabilidad jurídica.
Mientras México lleva el caso al terreno del derecho internacional, Washington parece avanzar en otra dirección. El secretario de Estado, Marco Rubio, convocó a ministros de alrededor de sesenta países, entre ellos México, a una reunión sobre el denominado terrorismo político transnacional de extrema izquierda. La convocatoria forma parte de una estrategia que busca incrementar la cooperación internacional frente a ese fenómeno y reforzar una concepción de la seguridad nacional basada en la ampliación de las amenazas consideradas estratégicas. Sin embargo, la iniciativa ha despertado cuestionamientos entre especialistas, organizaciones defensoras de derechos civiles y algunos aliados internacionales. La preocupación no radica únicamente en el combate a la violencia, sino en la posibilidad de que categorías concebidas para enfrentar amenazas extremas terminen extendiéndose hacia espacios de expresión política, protesta social o disenso democrático. El derecho internacional de los derechos humanos ha insistido durante décadas en que toda restricción a las libertades fundamentales debe ser necesaria, proporcional y estrictamente justificada.
En paralelo, organizaciones de defensa de los derechos civiles, colectivos de apoyo a migrantes, asociaciones de abogados y distintos actores políticos han intensificado el acompañamiento jurídico de personas detenidas. Al mismo tiempo, diversas actuaciones contra manifestantes han reabierto una discusión tan antigua como la democracia misma: dónde termina la protección de la seguridad pública y dónde comienza la restricción injustificada de libertades como la expresión, la protesta pacífica y la asociación. Al final, ambos acontecimientos revelan una diferencia más profunda que una disputa diplomática. México intenta situar el debate en el terreno del derecho internacional y de los derechos humanos. La administración Trump privilegia una lectura donde la seguridad nacional se convierte en el eje ordenador de la discusión.
Toda sociedad enfrenta momentos en los que debe decidir qué principio orientará sus decisiones: el temor o el derecho. Cuando el miedo ocupa el lugar de la ley, las personas dejan de ser individuos con derechos para convertirse en riesgos potenciales. Entonces el origen, las ideas políticas o la condición migratoria empiezan a pesar más que la dignidad inherente a todo ser humano. La fortaleza del Estado de derecho no se mide por la cantidad de personas que detiene ni por el número de amenazas que identifica. Se mide por su capacidad para limitar el ejercicio del poder, incluso cuando hacerlo resulta políticamente incómodo. Esa es, quizá, la lección más perdurable del derecho internacional: recordar que la autoridad encuentra su legitimidad no en la fuerza que ejerce, sino en los límites que acepta respetar. Porque la historia rara vez recuerda a las sociedades por el tamaño de sus fronteras. Las recuerda por la forma en que trataron a quienes quedaron del otro lado de ellas.
Publicado en el Universal, 16 de julio, 2026.
14/7/26
¿Gasto improductivo o inversión social?
¿Gasto improductivo o inversión social?
«La dificultad no radica tanto en desarrollar nuevas ideas como en escapar de las viejas.»
Keynes
Pedro Aspe ha vuelto al debate público con un diagnóstico severo sobre la economía mexicana. Sus opiniones merecen escucharse. Fue uno de los arquitectos de la estabilidad macroeconómica del país y conoce como pocos la importancia de las finanzas públicas. Precisamente por ello, sorprende que su análisis se construya sobre una selección de indicadores que deja fuera otra parte de la evidencia. En economía, como en política, escoger únicamente los datos que confirman una tesis conduce a conclusiones incompletas. El eje de su planteamiento es claro: el crecimiento del gasto social habría desplazado la inversión productiva y colocado a México en una ruta de estancamiento. La afirmación es contundente, pero la realidad resulta bastante más compleja.
Calificar los programas sociales como una “segunda nómina” supone que esos recursos no generan valor económico. Sin embargo, la evidencia disponible apunta en otra dirección. La ENIGH 2024 del INEGI reporta que el ingreso corriente de los hogares aumentó 10.6 % en términos reales y que la desigualdad disminuyó. Las mediciones oficiales muestran, además, una reducción importante de la pobreza. Estos resultados no prueban que todo programa social sea eficiente ni que deba quedar exento de evaluación; sí desmienten, en cambio, la idea de que las transferencias públicas carecen de efectos económicos. El dinero que recibe una familia no desaparece: vuelve al mercado en forma de consumo, sostiene pequeños negocios, dinamiza economías locales y fortalece el capital humano.
La experiencia reciente también obligó a revisar uno de los postulados más arraigados de la ortodoxia económica. Durante años se afirmó que aumentar significativamente el salario mínimo provocaría desempleo, inflación y pérdida de competitividad. Ocurrió exactamente lo contrario. El salario recuperó poder adquisitivo como no sucedía en décadas y, al mismo tiempo, México alcanzó niveles históricamente altos de empleo formal registrado ante el IMSS. El mercado laboral mantiene desafíos importantes, pero la realidad no confirmó las predicciones más pesimistas.
El diagnóstico de Aspe tampoco agota la explicación sobre la inversión. Atribuir su comportamiento exclusivamente al crecimiento del gasto social simplifica un fenómeno influido por factores mucho más amplios: las tasas de interés internacionales, la incertidumbre global, la seguridad pública, la infraestructura, el fenómeno del nearshoring y las expectativas empresariales. Además, los datos más recientes del INEGI muestran una recuperación de la Formación Bruta de Capital Fijo respecto del año anterior. Cuando cambian los datos, también debe actualizarse el diagnóstico.
Algo similar ocurre con Pemex. La empresa enfrenta problemas financieros que nadie puede ignorar. Pero sus propios reportes muestran que, durante el primer trimestre de 2026, la producción de hidrocarburos fue superior a la registrada un año antes. Criticar su situación es legítimo; omitir esa evolución limita el análisis.
La deuda pública merece, sin duda, vigilancia permanente. Pero también exige precisión. Los datos de la Secretaría de Hacienda ubican el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público alrededor de la mitad del PIB, en niveles distintos de los sugeridos por la interpretación más alarmista. La prudencia fiscal sigue siendo indispensable, pero también lo es el rigor al presentar las cifras.
México enfrenta retos profundos. Nadie serio podría negarlo. El crecimiento continúa siendo insuficiente, la productividad debe aumentar y la inversión necesita mayor dinamismo. Sin embargo, reducir toda esa complejidad a la existencia de programas sociales significa convertir una interpretación en una certeza que los datos no sostienen.
La verdadera discusión no es si México debe elegir entre disciplina fiscal o justicia social. Ese es un falso dilema. Las sociedades más exitosas son aquellas capaces de combinar estabilidad macroeconómica con movilidad social, inversión productiva con inclusión y crecimiento con bienestar.
Quizá ahí radique la diferencia de fondo. La economía de finales del siglo XX medía el éxito casi exclusivamente por el comportamiento de las variables macroeconómicas. La economía del siglo XXI exige incorporar otra pregunta: ¿Quiénes participan realmente de ese crecimiento?
Las cifras importan. Todas las cifras. Porque cuando un diagnóstico selecciona únicamente aquellas que confirman un paradigma, deja de describir por completo la realidad. Y cuando la evidencia es parcial, también lo son las conclusiones.
Publicado en La Crónica de Hoy, 14 de julio, 2026.
9/7/26
¿Quién mintió?
¿Quién mintió?
La memoria del Estado
La memoria del Estado
«La historia es maestra de la vida.»
Cicerón
Los pueblos suelen volver la mirada hacia su historia cuando celebran una fecha patria o enfrentan una crisis. La invocan para explicar el presente, justificar decisiones o disputar el sentido de los acontecimientos. Mucho menos frecuente resulta observar políticas públicas encaminadas a fortalecer las instituciones que investigan, preservan y difunden esa memoria. Por ello, el decreto mediante el cual el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México se transforma en un organismo público descentralizado trasciende el ámbito administrativo: expresa una manera de concebir el papel de la historia dentro del Estado y de la vida pública.
Desde 2018, el gobierno federal ha colocado la historia en el centro de su narrativa política. La Independencia, la Reforma, la Revolución y el proceso político contemporáneo son presentados como parte de una misma secuencia de transformaciones nacionales. Más allá de la valoración que cada ciudadano haga de esa interpretación, resulta evidente que la historia ha recuperado un lugar relevante en el debate público. En ese contexto se comprende el interés por fortalecer las instituciones dedicadas a investigar el pasado, preservar los archivos y acercar ese patrimonio a la sociedad. Fundado en 1953, el INEHRM ha desarrollado una labor constante en el estudio de los procesos que dieron forma al Estado mexicano. Sus atribuciones comprenden la investigación especializada, la recuperación de materiales bibliográficos, documentales, fotográficos, sonoros y audiovisuales; la organización de actividades académicas; la producción de contenidos para diversos medios, y la función de órgano de consulta para publicaciones y conmemoraciones oficiales relacionadas con la historia nacional.
Sin memoria documental, la historia corre el riesgo de convertirse en una colección de relatos sin sustento. Cada expediente, cada fotografía, cada grabación y cada manuscrito conservado permiten reconstruir contextos, confrontar versiones y comprender con mayor profundidad la complejidad de los procesos históricos. Los archivos son la conciencia escrita de un país: muestran cómo evolucionan las instituciones, cómo cambian las relaciones sociales y cómo se transforman las ideas que organizan la vida colectiva.
Uno de los avances más relevantes impulsados por el Instituto ha sido la consolidación de un repositorio digital de acceso abierto que reúne fondos documentales, archivísticos, editoriales, fotográficos y sonoros bajo criterios especializados de catalogación. La digitalización ha cambiado profundamente la forma de acercarse al patrimonio histórico. Hoy, investigadores, profesores, estudiantes y ciudadanos pueden consultar materiales que durante décadas permanecieron reservados a la consulta presencial. Democratizar el acceso al conocimiento también fortalece la investigación y acerca la historia a nuevas generaciones. Entre esos acervos destaca el Archivo Fotográfico del INEHRM. La incorporación del Archivo Gráfico de El Nacional dio origen a uno de los repositorios iconográficos más importantes del país. Miles de imágenes documentan la vida política, social, cultural y deportiva de buena parte del siglo XX. En ellas aparecen presidentes y campesinos, artistas y obreros, ceremonias oficiales y escenas cotidianas. Cada fotografía detiene un instante que ya no volverá y, al hacerlo, preserva un fragmento de la memoria colectiva.
Conservar ese patrimonio exige mucho más que buena voluntad. Requiere infraestructura especializada, espacios climatizados, restauradores, archivistas, tecnología y recursos permanentes. La memoria también necesita presupuesto. Los documentos envejecen, las fotografías se deterioran y los archivos digitales exigen actualización constante. Olvidar cuesta; preservar también, pero sus beneficios alcanzan a generaciones enteras.
El decreto firmado por la presidenta Claudia Sheinbaum modifica el alcance institucional del INEHRM al convertirlo en organismo público descentralizado y sectorizado en la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación. La reforma fortalece su capacidad de gestión, amplía su autonomía operativa y abre la posibilidad de impartir programas de licenciatura y posgrado en ciencias sociales y humanidades.
Quizá ese sea el cambio de mayor trascendencia. La investigación, la preservación documental y la formación de nuevas generaciones de historiadores podrán desarrollarse dentro de una misma institución. Un país que fortalece su memoria no garantiza por ello mejores gobiernos, pero sí ciudadanos con mayores herramientas para comprender su pasado, interpretar su presente y decidir con mayor libertad su futuro. La historia no cambia lo ocurrido; cambia la manera en que una sociedad aprende de ello.
Publicado en La Crónica de Hoy, 7 de julio, 2026.