Reflexiones en el tiempo
13/5/26
Revueltas: la revuelta interior que no termina
La paz anunciada, la guerra persistente
La paz anunciada, la guerra persistente
Entre la sangre y la imagen: lo que realmente se inauguró en el Siglo XXI
Entre la sangre y la imagen: lo que realmente se inauguró en el Siglo XXI
La inauguración del área de hemodiálisis rehabilitada y la instalación de un nuevo resonador magnético en el Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional Siglo XXI del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), encabezada por el director general del Instituto, el Mtro. Zoé Robledo, no es solo un acto administrativo ni una fotografía institucional más: es, en realidad, la expresión tangible de una deuda histórica que comienza a saldarse. Porque detrás de cada equipo nuevo hay historias concretas: pacientes que esperan un diagnóstico, una sesión de tratamiento, una oportunidad.
Y en medicina, esperar no es un verbo neutro; es, muchas veces, la forma más silenciosa del sufrimiento. Durante años, el sistema de salud pública en México ha convivido con una contradicción evidente: médicos altamente capacitados enfrentando enfermedades complejas con herramientas que ya habían rebasado su vida útil. En ese contexto, la inversión de mil 747 millones de pesos realizada en 2025 para la adquisición de 123 equipos de alta tecnología representa la mayor compra de este tipo en la historia del Seguro Social en un solo procedimiento. Además, el nuevo modelo de compra directa con fabricantes permitió reducir en cerca de un 45% el costo originalmente previsto.
Sin embargo, el verdadero sentido de esta inversión no está en la cifra, sino en su impacto. Un resonador magnético de última generación permite diagnósticos más precisos en neurología. En tanto, la ampliación del área de hemodiálisis responde a una de las crisis más urgentes del sistema de salud: la creciente prevalencia de la enfermedad renal crónica, estrechamente ligada a la diabetes y la hipertensión. En México, miles de pacientes requieren terapias de sustitución renal de manera constante, y durante años la capacidad instalada ha sido insuficiente, obligando a muchos a trasladarse largas distancias, endeudarse o, en el peor de los casos, abandonar el tratamiento. Frente a esta realidad, ampliar la infraestructura no es un lujo, sino una obligación ética del estado.
Esta acción se inscribe, además, en una estrategia más amplia impulsada por parte del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. El objetivo es claro: reducir la brecha entre la medicina pública y la privada, donde durante décadas el acceso a tecnología de alta precisión estuvo condicionado por la capacidad económica de los pacientes. Garantizar que un diagnóstico oportuno no dependa del ingreso es, en el fondo, una definición de justicia social.
No obstante, el desafío no termina. La historia del sistema de salud mexicano demuestra que la tecnología, por sí sola, no resuelve los problemas si no va acompañada de mantenimiento, capacitación y gestión eficiente. Solo así la inversión se traducirá en mejores resultados clínicos y en una atención más digna. El nuevo equipamiento en Siglo XXI, no es solo infraestructura médica: es una posibilidad. La posibilidad de que el diagnóstico llegue antes, de que el tratamiento no se interrumpa, de que la espera deje de ser sinónimo de abandono.
Publicado en La Crónica de Hoy, 7 de abril, 2026.
Artemisa: volver a la Luna, ¿competencia o ciencia?
Artemisa: volver a la Luna, ¿competencia o ciencia?
Los niños que construyen mundos
Los niños que construyen mundos
«La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices.»
Albert Einstein
Hay un instante en que el niño se inclina sobre el suelo y el mundo cambia. No hay prisa, no hay ruido: su atención se concentra por completo. Solo sus manitas ordenando piezas, levantando torres, trazando caminos donde antes no había nada. Un puente de plástico puede ser más firme que muchos reales; una muñeca se vuelve un ser vivo porque está hecha de imaginación. La resistencia de los materiales parece no tener límite: “mira, abuelo, es de triple acero”.
He visto a un niño armar una grúa con la concentración de un ingeniero y la alegría intacta de un dios que descubre. Cada bloque es una posibilidad; cada error, una decisión. No teme equivocarse porque aún no conoce el fracaso. En su mundo, todo puede rehacerse. El tiempo no pesa: construir es una forma de estar.
Pero hay otros niños. No están sobre un tapete ni rodeados de colores. Están sobre el asfalto. No construyen puentes; tampoco juegan con muñecas: cuidan a sus hermanitos, hacen “gracias”, esquivan autos. Cargan bolsas, limpian parabrisas, estiran la mano. No inventan mundos: sobreviven en un mundo hostil. Entre unos y otros hay una diferencia fundamental. Si bien comparten la capacidad de imaginar, uno levanta ciudades; el otro apenas puede pensar en una vida distinta.
Ambos son arquitectos de lo invisible. Solo que uno carga ilusiones y el otro, la responsabilidad de reunir algunas monedas para sostenerse.
La tragedia no es solo la pobreza material. Es la pérdida de la niñez en sí misma. Empieza cuando el niño deja de jugar incluso con lo que encuentra. Cuando ya no convierte una caja en un castillo ni una piedra en un tesoro. Cuando la realidad pesa y la fantasía deja de ser útil. Ahí ocurre la verdadera ruptura: se interrumpe la construcción del futuro. Se le quita al niño su tiempo de ser niño. Se le empuja a asumir responsabilidades que no le corresponden. La urgencia del sustento sustituye el derecho a jugar.
Los adultos, en su afán de poder, han llevado la violencia hasta donde no debía entrar: la infancia. La guerra —esa invención que se justifica con banderas, ideologías o intereses— no solo destruye ciudades; también borra juegos, silencia risas y corta vidas que apenas comenzaban. Cada niño muerto en una guerra es una pérdida irreparable. Nos hemos acostumbrado a verlos. En las esquinas, en los cruceros, en los vagones. Pasan frente a nosotros como parte del paisaje, como si su lugar fuera ese. El problema no es que estén ahí. El problema es que dejamos de verlos. Ahí está la herida.
Una sociedad se reconoce en lo que permite a sus niños imaginar. Cuando un niño construye mundos, hay posibilidad. Cuando solo sobrevive, esa posibilidad se reduce. Tal vez no podamos cambiarlo todo de inmediato, pero sí podemos empezar por algo básico: volver a mirar. No con lástima, sino con conciencia. No como espectadores, sino como responsables.
La existencia de niños abandonados a su suerte o en medio de la guerra es una falla fundamental de la humanidad. Volver a mirar implica asumir lo que nos corresponde: negarnos a dar la espalda, insistir, exigir. Sostener la atención hasta que ningún niño tenga que sobrevivir trabajando y hasta que la infancia deje de ser una deuda pendiente y se vuelva, en verdad, un derecho a construir su propio mundo.
Publicado en La Crónica de Hoy, 13 de marzo, 2026.