13/5/26

Revueltas: la revuelta interior que no termina

 

Revueltas: la revuelta interior que no termina


Hablar de José Revueltas es mencionar a uno de los más grandes escritores mexicanos del siglo pasado. Revueltas siempre fue incómodo: incómodo para el gobierno, el clero, el Partido Comunista y los intelectuales alineados a los grupos de poder. Con el correr de los años podemos afirmar que mientras hubo otros escritores que fueron canonizados por el Estado, Revueltas se mantuvo como una conciencia incómoda, el mártir que, por defender sus causas, fue recluido en las Islas Marías y en Lecumberri en dos ocasiones cada uno. Exploró la condición humana al confrontar al hombre, sus creencias y su realidad.

Revueltas no creyó en las salvaciones fáciles: ni en Dios ni en la revolución. Denunció al imperialismo por haber devorado la nacionalidad mexicana y señaló que la soberanía nacional estaba sometida a la delincuencia articulada. Resulta curioso como muchos de los títulos de sus libros y contenido de estos llevan referencias bíblicas y de la religión católica.

Habla de Dios en ellos, pero no se encomienda a él, por hacerlo al comunismo. Su obra narrativa es una de las más radicales de la literatura mexicana. En Los muros del agua da cuenta de su presencia en las Islas Marías; en En algún valle de lágrimas cuestiona la pertinencia de estar en el mundo. Él se da cuenta de que la humanidad se ha perdido en el mundo porque este es abominable.  

En Los motivos de Caín relata cómo la violencia deshumaniza al hombre. Con Los errores concluye que los humanos no fallamos por accidente sino por lo que somos. En su última novela, El apando, la cárcel deja de ser un lugar físico para convertirse en una metáfora del encierro humano. 

En toda su obra literaria no hay redención posible, ni siquiera en la esperanza revolucionaria que alguna vez abrazó. Su escritura se vuelve, entonces, una forma de autocrítica feroz, una demolición constante de las certezas ideológicas. Revueltas no traiciona al comunismo: lo desnuda; lo enfrenta a su propia incapacidad para redimir al hombre, porque el problema, intuye, no es el sistema, sino la materia misma de lo humano .

En las aulas, José Revueltas no ofrecía consuelo ni fórmulas: ofrecía conflicto. Su pensamiento, plasmado en ensayos como Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, se traducía en una exigencia directa hacia los jóvenes: pensar por cuenta propia incluso contra las estructuras que decían representarlos. Decía que «el proletariado mexicano carece de cabeza», frase con la que no buscaba descalificar, sino provocar una toma de conciencia crítica sobre la ausencia de dirección ideológica real. 

Esa provocación se volvía método: incomodar para despertar, desmontar para obligar a pensar. Revueltas no formaba discípulos dóciles, sino individuos capaces de enfrentarse a la realidad. En 1968 no solamente fueron reprimidos los estudiantes, también se intentó silenciar conciencias como la suya. A cincuenta años de su muerte, su obra no ha sido neutralizada ni puede serlo. Leer a Revueltas hoy es enfrentarse a un espejo sin concesiones, donde la violencia, la desigualdad y la simulación política no aparecen como anomalías, sino como expresiones inevitables de una condición más profunda. Su literatura no ofrece respuestas, pero sí una pregunta persistente: ¿qué hacer con un mundo que parece condenado a repetirse en sus errores? Quizá por eso Revueltas sigue siendo perturbador. 

Porque no permite la ilusión de haber superado nada. Porque su voz, lejos de apagarse, continúa señalando que la verdadera prisión no fueron las Islas Marías ni Lecumberri, sino la conciencia misma del hombre, atrapada entre su deseo de redención y su incapacidad para alcanzarla. Y en esa tensión, en esa revuelta interior que nunca termina, su obra sigue respirando como una herida abierta en la literatura mexicana. José Revueltas murió el 14 de abril de 1976 en la Ciudad de México, tras una vida marcada por la enfermedad, la cárcel y la disidencia constante. Nunca buscó reconciliarse con el poder ni con las ortodoxias que alguna vez abrazó: rompió con el Partido Comunista, cuestionó sus dogmas y aceptó el aislamiento como el precio de la lucidez. 

Fue congruente hasta el final. Prefirió la ruptura antes que la comodidad, la crítica antes que la pertenencia. Porque la verdadera revolución— la que él no dejó de perseguir—no está en cambiar el mundo, sino en enfrentar sin engaños la tragedia del ser humano.

Publicado en La Crónica de Hoy, 14 de abril 2026. 

La paz anunciada, la guerra persistente

 La paz anunciada, la guerra persistente



«Preferiría la paz más injusta a la más justa de las guerras».
Cicerón

Ayer se anunció un cese al fuego entre Estados Unidos, Israel e Irán. Lo dijo Donald Trump como si el mundo pudiera detenerse por decreto, como si la guerra aceptara pausas con la docilidad de un reloj. Se habló de dos semanas de negociación, de una ventana para la diplomacia. Pero hoy, mientras la palabra “tregua” todavía flotaba en el aire como una promesa frágil, los bombardeos volvieron a caer sobre el sur del Líbano y sobre Beirut, como si el lenguaje fuera incapaz de contener la realidad. Israel, bajo el liderazgo de Benjamin Netanyahu, dejó claro que el cese al fuego no incluía ese frente, que la guerra puede dividirse en compartimentos, que la muerte puede administrarse por zonas. El estrecho de Ormuz, que había permanecido cerrado de forma intermitente durante semanas, volvió a abrirse; la pregunta es si así se mantendrá con el correr de los días.

A diferencia de otras guerras, aquí no hay distancia. La guerra no solo ocurre: se transmite, se interpreta, se manipula mientras sucede. Y en ese escenario fragmentado, los frentes se multiplican: Irán contra Estados Unidos, Irán contra Israel, Israel contra Líbano a través de Hezbolá, Israel contra Gaza. No es una guerra, son varias superpuestas, corriendo en paralelo, negociándose en un punto mientras estallan en otro.

Vivimos una época en la que la violencia se ha vuelto técnica, quirúrgica, casi invisible para quien no está debajo de ella. Se habla de objetivos, de precisión, de daños colaterales, como si esas palabras pudieran suavizar el hecho elemental de que alguien pierde la vida, de que alguien deja de respirar. Pero la guerra, en su forma más desnuda, sigue siendo lo mismo: una relación desigual de poder llevada al extremo. Y ahí es donde aparece la fractura moral que intentamos ignorar.
Cuando uno de los bandos tiene en el cielo drones, satélites, misiles de largo alcance, y el otro no cuenta con los mismos recursos, la conversación se rompe. Ya no hay ley posible, porque la ley presupone igualdad. Ya no hay reglas, porque las reglas necesitan equilibrio. Y la razón, esa última esperanza humana, se convierte en un lujo que solo puede permitirse quien no está corriendo. En ese momento, lo que uno sostiene ya no es solo un arma: es la vida del otro, el tiempo del otro, la posibilidad de que el otro siga existiendo, tal como lo dijo, el presidente de los Estados Unidos.
El cese al fuego no es irrelevante. Pero también es necesario decirlo con claridad: una tregua no significa paz. Puede tratarse solamente de un reacomodo táctico. Un alto al fuego que no alcanza a todos los frentes es, en el fondo, una tregua incompleta.
Hoy está claro que el arma más poderosa no es el proyectil que cae, sino el control del flujo energético global. El estrecho de Ormuz, por donde transita una parte crucial del petróleo del mundo, se convierte en una palanca silenciosa capaz de tensar al planeta entero. No es solo una guerra regional: es un conflicto en el que el mundo entero queda, en cierto sentido, como rehén. A eso se suma otra capa, más sutil y peligrosa: la desinformación. Videos hechos con inteligencia artificial, propaganda, noticias falsas, imágenes manipuladas que circulan con la misma velocidad que los hechos reales. La guerra ya no solo se libra en el territorio, sino en la percepción. Y cuando la percepción se distorsiona, la verdad se vuelve irrelevante.
Con el paso de los días, el verdadero riesgo no es que la guerra vuelva estallar, sino que esta no termine de irse.

Publicado en El Universal, 9 de abril 2026.

Entre la sangre y la imagen: lo que realmente se inauguró en el Siglo XXI

 Entre la sangre y la imagen: lo que realmente se inauguró en el Siglo XXI


La inauguración del área de hemodiálisis rehabilitada y la instalación de un nuevo resonador magnético en el Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional Siglo XXI del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), encabezada por el director general del Instituto, el Mtro. Zoé Robledo, no es solo un acto administrativo ni una fotografía institucional más: es, en realidad, la expresión tangible de una deuda histórica que comienza a saldarse. Porque detrás de cada equipo nuevo hay historias concretas: pacientes que esperan un diagnóstico, una sesión de tratamiento, una oportunidad.

 Y en medicina, esperar no es un verbo neutro; es, muchas veces, la forma más silenciosa del sufrimiento. Durante años, el sistema de salud pública en México ha convivido con una contradicción evidente: médicos altamente capacitados enfrentando enfermedades complejas con herramientas que ya habían rebasado su vida útil. En ese contexto, la inversión de mil 747 millones de pesos realizada en 2025 para la adquisición de 123 equipos de alta tecnología representa la mayor compra de este tipo en la historia del Seguro Social en un solo procedimiento. Además, el nuevo modelo de compra directa con fabricantes permitió reducir en cerca de un 45% el costo originalmente previsto.

Sin embargo, el verdadero sentido de esta inversión no está en la cifra, sino en su impacto. Un resonador magnético de última generación permite diagnósticos más precisos en neurología. En tanto, la ampliación del área de hemodiálisis responde a una de las crisis más urgentes del sistema de salud: la creciente prevalencia de la enfermedad renal crónica, estrechamente ligada a la diabetes y la hipertensión. En México, miles de pacientes requieren terapias de sustitución renal de manera constante, y durante años la capacidad instalada ha sido insuficiente, obligando a muchos a trasladarse largas distancias, endeudarse o, en el peor de los casos, abandonar el tratamiento. Frente a esta realidad, ampliar la infraestructura no es un lujo, sino una obligación ética del estado.

Esta acción se inscribe, además, en una estrategia más amplia impulsada por parte del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum. El objetivo es claro: reducir la brecha entre la medicina pública y la privada, donde durante décadas el acceso a tecnología de alta precisión estuvo condicionado por la capacidad económica de los pacientes. Garantizar que un diagnóstico oportuno no dependa del ingreso es, en el fondo, una definición de justicia social. 

No obstante, el desafío no termina. La historia del sistema de salud mexicano demuestra que la tecnología, por sí sola, no resuelve los problemas si no va acompañada de mantenimiento, capacitación y gestión eficiente. Solo así la inversión se traducirá en mejores resultados clínicos y en una atención más digna. El nuevo equipamiento en Siglo XXI, no es solo infraestructura médica: es una posibilidad. La posibilidad de que el diagnóstico llegue antes, de que el tratamiento no se interrumpa, de que la espera deje de ser sinónimo de abandono.


Publicado en La Crónica de Hoy, 7 de abril, 2026. 

Artemisa: volver a la Luna, ¿competencia o ciencia?

 Artemisa: volver a la Luna, ¿competencia o ciencia?


«No hay hazaña más sospechosa que aquella que no se repite.»
Sacarías


Mucho antes de que el hombre pensara en llegar a Selene, la Luna ya se había convertido en diosa, en límite, en ciclo biológico y astronómico, en poesía… Desde la mitología griega, la Luna representa antorcha y oscuridad, luz y sombra. Para los griegos, Artemisa no es una diosa tranquila, ni callada, ni indiferente: es misteriosa, es lo que no se mira ni se toca; Artemisa no se posee; solo en la imaginación se contempla.

Durante siglos, la Luna fue un reloj del tiempo; para la mujer, un péndulo. En 1969, Neil Armstrong, en la misión Apolo 11, holló con sus plantas la virginidad del suelo lunar; se dijo en aquel momento “que era un pequeño paso para un hombre y un gran paso para la humanidad”. Desde entonces, han pasado seis misiones a la Luna, un puñado de horas y un silencio de muchos años. Durante más de medio siglo no volvimos. Ninguna insistencia, ninguna continuidad. Demasiado tiempo para ser normal. Esa interrupción abrió la sospecha, y por ahí se coló la intriga: ¿realmente estuvimos ahí? La duda no nace de la ignorancia, sino de una intuición incómoda: lo verdaderamente importante no se abandona. Pero la evidencia es contundente. El programa Apolo dejó huellas imposibles de falsificar: muestras lunares, instrumentos que aún responden desde la superficie, registros de otras potencias. Sí llegaron, sí llegamos. Y, sin embargo, nos fuimos.

La realidad es más inquietante que cualquier supuesta conspiración; la verdad siempre surge a la superficie. No nos detuvo una dificultad, sino una falta de voluntad, una falta de propósito. El cohete Saturn V dejó de fabricarse no porque fallara, sino porque dejó de ser necesario. Solo en el proyecto del Apolo 11 trabajaron cerca de 400 mil personas; se cerraron fábricas, se dispersaron ingenieros, se desmanteló la intención. No hubo un fracaso, sino un desinterés.

Hoy, el programa Artemis II anuncia el regreso: promete rodear la Luna y preparar un nuevo alunizaje. El nombre no es casual: Artemisa, la diosa que no se deja poseer. La humanidad, con esta ocasión, completará siete viajes a la Luna, y este dato no solo es una cifra, sino una advertencia. Siete días ordenan el tiempo, siete notas sostienen la música, siete colores visibles aparecen al descomponer la luz; siete niveles han descrito, desde lo antiguo, cualquier proceso de transformación. El siete marca un ciclo completo. La ausencia humana de la Luna ha atravesado ese ciclo. No volvemos fortuitamente: volvemos después del olvido, volvemos por destino.

En 1969, los norteamericanos fueron a demostrar poder frente a la URSS; hoy regresan, quizá sin saber con claridad qué quieren sostener frente a los chinos. Ese es el verdadero riesgo. Si el regreso repite el gesto de Apolo —llegar, plantar símbolos y retirarse—, confirmará algo inquietante: que la humanidad es capaz de hazañas extraordinarias, pero incapaz de darles sentido.

La Luna no necesita ser conquistada. Nunca lo necesitó. Lo que está en juego no es su superficie, sino nuestra coherencia. Porque toda frontera atravesada exige una transformación. Y nosotros cruzamos esa frontera… sin cambiar; seguimos siendo los mismos. El escenario ha cambiado, pero nosotros seguimos siendo los mismos, con los mismos miedos, con las mismas pasiones, con los mismos vicios, pero también con las mismas virtudes. Lo que hagamos, lo que seamos, es lo que dejaremos a nuestros descendientes: a nuestros hijos y nietos, un legado de vicios o una herencia de virtudes.
Artemisa no es un destino. Es un límite. Y esta vez, el juicio no será sobre si podemos llegar, sino sobre si tenemos algo que hacer cuando lleguemos.

Publicado en El Universal, 2 de abril, 2026.

Los niños que construyen mundos

 Los niños que construyen mundos


«La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices.»


Albert Einstein


Hay un instante en que el niño se inclina sobre el suelo y el mundo cambia. No hay prisa, no hay ruido: su atención se concentra por completo. Solo sus manitas ordenando piezas, levantando torres, trazando caminos donde antes no había nada. Un puente de plástico puede ser más firme que muchos reales; una muñeca se vuelve un ser vivo porque está hecha de imaginación. La resistencia de los materiales parece no tener límite: “mira, abuelo, es de triple acero”.

He visto a un niño armar una grúa con la concentración de un ingeniero y la alegría intacta de un dios que descubre. Cada bloque es una posibilidad; cada error, una decisión. No teme equivocarse porque aún no conoce el fracaso. En su mundo, todo puede rehacerse. El tiempo no pesa: construir es una forma de estar.

Pero hay otros niños. No están sobre un tapete ni rodeados de colores. Están sobre el asfalto. No construyen puentes; tampoco juegan con muñecas: cuidan a sus hermanitos, hacen “gracias”, esquivan autos. Cargan bolsas, limpian parabrisas, estiran la mano. No inventan mundos: sobreviven en un mundo hostil. Entre unos y otros hay una diferencia fundamental. Si bien comparten la capacidad de imaginar, uno levanta ciudades; el otro apenas puede pensar en una vida distinta.

Ambos son arquitectos de lo invisible. Solo que uno carga ilusiones y el otro, la responsabilidad de reunir algunas monedas para sostenerse.

La tragedia no es solo la pobreza material. Es la pérdida de la niñez en sí misma. Empieza cuando el niño deja de jugar incluso con lo que encuentra. Cuando ya no convierte una caja en un castillo ni una piedra en un tesoro. Cuando la realidad pesa y la fantasía deja de ser útil. Ahí ocurre la verdadera ruptura: se interrumpe la construcción del futuro. Se le quita al niño su tiempo de ser niño. Se le empuja a asumir responsabilidades que no le corresponden. La urgencia del sustento sustituye el derecho a jugar.

Los adultos, en su afán de poder, han llevado la violencia hasta donde no debía entrar: la infancia. La guerra —esa invención que se justifica con banderas, ideologías o intereses— no solo destruye ciudades; también borra juegos, silencia risas y corta vidas que apenas comenzaban. Cada niño muerto en una guerra es una pérdida irreparable. Nos hemos acostumbrado a verlos. En las esquinas, en los cruceros, en los vagones. Pasan frente a nosotros como parte del paisaje, como si su lugar fuera ese. El problema no es que estén ahí. El problema es que dejamos de verlos. Ahí está la herida.

Una sociedad se reconoce en lo que permite a sus niños imaginar. Cuando un niño construye mundos, hay posibilidad. Cuando solo sobrevive, esa posibilidad se reduce. Tal vez no podamos cambiarlo todo de inmediato, pero sí podemos empezar por algo básico: volver a mirar. No con lástima, sino con conciencia. No como espectadores, sino como responsables.

La existencia de niños abandonados a su suerte o en medio de la guerra es una falla fundamental de la humanidad. Volver a mirar implica asumir lo que nos corresponde: negarnos a dar la espalda, insistir, exigir. Sostener la atención hasta que ningún niño tenga que sobrevivir trabajando y hasta que la infancia deje de ser una deuda pendiente y se vuelva, en verdad, un derecho a construir su propio mundo.


Publicado en La Crónica de Hoy, 13 de marzo, 2026.