Publicado en La Crónica de Hoy, 30 de diciembre 2025.
La Navidad que nos reúne
"La Navidad no es una
fecha, es un estado del alma." E.
Ferber
En los ritos más
antiguos y en el seno de las cofradías iniciáticas, el solsticio de invierno
metamorfoseado después en la navidad solía llegar envuelto en una exigencia
silenciosa, en una profunda meditación.
La lucha de la
luz contra las tinieblas, de la verdad contra el error, la noche más larga del
año a partir de ese momento debería empezar a ser herida por la luz.
En los tiempos
modernos la navidad tiene un imperativo social, hay que estar bien, hay que
sonreír, reunirse, brindar, agradecer como si el calendario tuviera el poder de
corregir las grietas del año. Se ha olvidado que la navidad no es una fiesta
sino una pausa moral, ética de profunda reflexión...
Un alto en el
camino que nos enfrenta a lo que durante el año hicimos sin pensar, la prisa,
la dureza, el olvido...
En algunos
pareciera que existe un cansancio profundo frente a la alegría obligatoria, tal
vez la navidad también sea el derecho de una introspección, sin explicaciones
ni disculpas.
La tradición
navideña no es el exceso sino la fragilidad, la pobreza, un nacimiento
precario, una familia marginada, un niño sin poder, un comienzo con
persecuciones, nada más lejano del oropel, del espectáculo, nada más cercano a
lo profundamente humano...
Hoy por hoy,
mucho de dar, pero poco de observar, la gran mayoría de los humanos y de los
seres sintientes permanecen invisibles, los que no tienen cena ni mesa, pero sí
memoria, los que celebran en silencio o no celebran porque no quieren o no
pueden celebrar.
La navidad es un
ritual de transición invisible, en otros tiempos no se entregaban objetos, se
entregaban formas de amar.
Y ahí está la
infancia, no como tarjeta o postal, sino como un territorio sagrado, los niños
no viven la navidad por lo que cuesta sino por lo que asombra, por lo que
impresiona, por lo que siembra...
Es o debería ser
un entrenamiento de la ternura.
La navidad
también es laica y política, no partidista, el acto más radical no es un
discurso sino la decisión íntima de no enfurecerse, elegir no odiar, no repetir
el agravio, no llevar la violencia del mundo a las mesas, la paz no es
consigna, es acción.
Hoy, luces
intermitentes; de colores, centelleantes, enceguecedoras y cuando se apaguen,
cuando se guarden los platos, cuando el ruido se va, quedará lo esencial: el
silencio, ese silencio que no es vacío sino una pregunta:
¿Qué tipo de
mundo estamos dispuestos a sostener? Porque al hacernos esa pregunta a
profundidad, estaremos dando el mejor regalo.
La Navidad, tal
como la conocemos, ha olvidado su verdadera raíz. Lejos de ser una exaltación
del exceso, debería ser una llamada a la reconciliación con nuestra fragilidad,
con el dolor no curado.
En tiempos
pasados, cuando la celebración se detenía en el umbral del invierno, se sabía
que la oscuridad más profunda era solo un preámbulo, que la luz estaba por
regresar. Hoy, la Navidad ha sido rebajada a una versión superficial de sí
misma.
¿Perdurará un
mundo donde el intercambio sea un acto de generosidad, o uno donde todo se
reduzca a lo que se puede comprar, consumir y desechar? La pregunta se ofrece a
cada uno, sin prisa, sin concesiones, porque en su profundidad está la
verdadera oportunidad de dar algo que no se puede envolver, ni comercializar.
Tal vez no se
trate de celebrar, sino de recordar. Recordar que la paz no es un estado
permanente, sino una práctica. Que, al mirarnos en un espejo, reconocemos al
otro. Y es en ese encuentro donde la humanidad sigue siendo posible.
Que la ternura
no es ingenuidad, sino disciplina. Que estar juntos no resuelve todo, pero
evita que todo se rompa. Y cuando pase la fecha, cuando el año siga su curso, podamos
responder la pregunta —incómoda, necesaria— sobre cuánto de ese gesto somos
capaces de sostener más allá de una noche.
Que estas fiestas sean un tiempo de calma, luz y
buenos deseos compartidos. Abrazo fraterno a todos. ¡Felicidades!
Publicado en El Universal, 25 de diciembre 2025.