23/2/26

Ciencia que acorrala al cáncer

 

Ciencia que acorrala al cáncer




Durante décadas, el cáncer de páncreas ha sido uno de los diagnósticos más temidos. No solo por su agresividad, sino porque la medicina parecía llegar siempre tarde. Cuando se detecta, suele haber avanzado demasiado. Por eso, cada avance en su comprensión no es solo una noticia científica: es un gesto de esperanza.

En Madrid, la Fundación CRIS Contra el Cáncer dio a conocer los resultados de una investigación encabezada por el científico español Mariano Barbacid, un trabajo que abre una puerta inédita en el combate contra este tumor. No se trata de una cura milagrosa ni de una promesa vacía, sino de algo más sobrio y, por ello, más valioso: la demostración de que el cáncer puede ser acorralado cuando se le entiende mejor. El estudio mostró que una combinación de tres tratamientos logró hacer desaparecer completamente los tumores en modelos experimentales. Los animales tratados permanecieron sanos durante meses, sin efectos secundarios graves. En un tipo de cáncer donde la supervivencia sigue siendo baja, este resultado marca un cambio de perspectiva: no atacar al tumor por un solo flanco, sino cerrarle todas las salidas al mismo tiempo.

La idea es sencilla, aunque poderosa. El cáncer no es una sola cosa: es un sistema que aprende, se adapta y resiste. Durante años, la medicina intentó bloquear un único mecanismo, solo para descubrir que el tumor encontraba rutas alternas para seguir creciendo. Lo que este trabajo propone es distinto: impedirle esa huida, obligarlo a quedarse sin opciones. Barbacid ha sido prudente. Estos resultados no significan que mañana habrá una cura disponible para los pacientes. Los tumores humanos son complejos, diversos, impredecibles. Pero sí significan algo fundamental: que la estrategia es correcta, que el camino elegido tiene sentido y que la biología, cuando se la observa con paciencia, empieza a revelar sus puntos débiles.

Otros especialistas han coincidido en que el verdadero valor del estudio no está solo en el resultado, sino en el cambio de enfoque. Entender que el cáncer no se vence con un golpe certero, sino con una comprensión profunda de sus mecanismos y de su capacidad de adaptación, es una lección que trasciende este caso particular. Esta mirada dialoga con lo que también está ocurriendo en otros lugares del mundo. En México, por ejemplo, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) ha impulsado una transformación silenciosa pero profunda en la atención del cáncer infantil, especialmente en leucemias. Una estrategia basada en diagnósticos más precisos, decisiones rápidas y tratamientos ajustados a cada paciente está dando resultados concretos.

A través de una red nacional especializada y de nuevas formas de organización clínica, el IMSS ha logrado mejorar la supervivencia en niñas y niños con cáncer, incluso en los casos más complejos. Aquí, la innovación no está solo en la tecnología, sino en la manera de pensar la atención médica: acercar el conocimiento al paciente, reducir tiempos de espera y aliviar el peso que la enfermedad impone a las familias.

En ambos casos —el laboratorio europeo y la experiencia mexicana— aparece una misma enseñanza: la ciencia avanza cuando deja de buscar soluciones simples a problemas complejos. La medicina no progresa únicamente acumulando datos, sino aprendiendo a mirar de otro modo. Quizá por eso la frase de Osler sigue vigente. Curar no es eliminar toda incertidumbre, sino aprender a convivir con ella, reduciendo poco a poco el margen del azar. Cada avance, por pequeño que parezca, no derrota al cáncer de una vez por todas, pero sí lo va empujando hacia un territorio cada vez más estrecho. Y en esa presión constante, paciente, humana, la ciencia empieza a ganar terreno.

Publicado en La Crónica de Hoy, 3 de febrero, 2026.

La quiebra del agua

 

La quiebra del agua

 

«El agua es la sangre de la tierra; donde corre, la vida despierta.»

Huehuetlatolli

 

A orillas de un lago y sobre un islote surgió Tenochtitlán en 1325. La ciudad mexica creció a partir de una relación directa con el agua, concebida como soporte físico, fuente de alimento y principio de organización. Canales trazados con precisión funcionaban como vías de circulación para canoas, mientras calzadas de piedra conectaban la isla con tierra firme y regulaban el tránsito humano y comercial. El paisaje urbano respondía a una lógica anfibia que articulaba movilidad, producción agrícola y defensa militar. La gestión del agua alcanzó un alto grado de complejidad mediante diques, como el atribuido a Nezahualcóyotl, que separaba aguas saladas y dulces, y acueductos que transportaban agua potable desde Chapultepec. El agua ocupó también un lugar simbólico central. Deidades vinculadas a la lluvia y a los cuerpos lacustres representaban fertilidad, equilibrio y continuidad.

Tras la conquista, la lógica cambió. El drenaje sustituyó a la convivencia con el lago y la alteración del sistema original provocó inundaciones recurrentes, fugas y un funcionamiento deficiente durante varios siglos. En la actualidad y por citar solo un ejemplo, la región del Estado de México enfrenta un deterioro sostenido de sus fuentes hídricas. Presas, embalses y acuíferos muestran señales claras de sobreexplotación; una parte considerable del agua utilizada regresa al entorno sin tratamiento adecuado, lo que impide su reutilización y acelera la degradación ambiental. La cuenca Lerma–Santiago por su parte, recibe descargas urbanas e industriales que han reducido su capacidad ecológica y afectado a decenas de municipios. En cuencas como Balsas y Pánuco, la expansión urbana, las actividades productivas y los cambios de uso de suelo incrementan de manera simultánea la demanda y la contaminación del recurso.

Pero vayamos más lejos. A escala global, la gravedad del caso se volvió imposible de ignorar. La Organización de las Naciones Unidas presentó en estos días hallazgos recientes sobre cambio climático y gestión del agua que describen una crisis en desarrollo. Tras años de mediciones y análisis, el diagnóstico es claro: el planeta avanza hacia una quiebra hídrica de dimensiones históricas y a la incapacidad de los sistemas humanos para reponerla. El agua dulce es cada vez más escasa, más contaminada y más costosa de extraer, potabilizar y devolver en condiciones seguras.

Las consecuencias ya forman parte de la vida cotidiana de millones de personas a lo largo del orbe. Cuatro de cada diez enfrentarán carencias severas de agua con efectos sanitarios directos. Enfermedades, desnutrición y mortalidad asociadas a la escasez aparecen en registros actuales, aunque rara vez ocupan un lugar central en el debate público. El deterioro ambiental se manifiesta en deforestación, desertificación, erosión del suelo e incendios forestales de una magnitud sin precedentes. En menos de tres décadas desapareció alrededor del ochenta y cinco por ciento de humedales, ríos, lagos y manantiales. Los glaciares perdieron más de un tercio de su volumen en regiones montañosas, y el deshielo polar altera sistemas climáticos completos.

La ONU también advierte que sin agua el futuro resulta inviable. Al combinarse la escasez con el aumento de la temperatura global, el costo de la vida cotidiana se incrementa y la desigualdad se profundiza. Más de tres cuartas partes de la población mundial habitan territorios con estrés hídrico alto o extremo. Dos mil millones de personas dependen de acuíferos sobreexplotados y alrededor de mil millones carecen de acceso continuo a agua limpia. Los escenarios proyectan conflictos locales, migraciones forzadas y disputas regionales por el control del recurso. Así como nuestros ancestros lograron eficientar el riego para mejorar las cosechas, el llamado actual exige transformar la agricultura, responsable de cerca del setenta por ciento del consumo de agua dulce. Es necesario, además, redistribuir un caudal decreciente con criterios de equidad y proteger los ecosistemas que aún sostienen el ciclo hidrológico.

Debemos entender que la crisis hídrica dejó de ser un tema exclusivamente ambiental para convertirse en una condición determinante de la viabilidad social y económica de nuestro mundo. No es exageración, se acaba el agua, cuidémosla.


Publicado en El Universal, 29 de enero, 2026.