16/4/26

El planeta sin insectos: la crisis que ya empezó y nadie escucha

 

El planeta sin insectos:

 la crisis que ya empezó y nadie escucha

 

«Si amas al sol que te alumbra, tal vez amas y si amas al insecto que te muerde, amas.»

Antonio Porchia

 

Al despertar una mañana, Gregorio Samsa —el protagonista de La metamorfosis de Franz Kafka— descubrió que se había convertido en un insecto. Hoy podríamos reescribir esa escena con un giro más inquietante: Samsa ya no podría existir, no por su transformación, sino porque el mundo en el que despertaría es uno donde los insectos están desapareciendo. Y esta vez no es literatura, sino evidencia acumulada, reciente y verificable. En marzo de 2026, estudios sobre fisiología térmica confirmaron que miles de especies de insectos —sobre todo en zonas tropicales— viven ya al límite de su tolerancia al calor, sin margen real para adaptarse a aumentos de temperatura. El cambio climático no es solo un factor adicional: está empezando a volver inviable su existencia.

Los datos más recientes consolidan una tendencia que ya no admite duda. A nivel global, aproximadamente el 50% de los polinizadores está amenazado, y cerca del 40% de las especies de polinizadores invertebrados —abejas, mariposas— enfrenta riesgo de extinción. En términos acumulados, estudios y revisiones coinciden en que las poblaciones de insectos están disminuyendo entre 1% y 2.5% cada año, lo que implica pérdidas cercanas al 30% en apenas dos décadas. En algunos contextos, el desplome es aún más abrupto: proyectos recientes en Europa han documentado caídas de hasta 80% en insectos voladores en 20 años. Y en ecosistemas aparentemente intactos, como zonas montañosas de Estados Unidos, se han registrado descensos del 72% en apenas dos décadas, asociados directamente al aumento de temperatura. No es un fenómeno local ni episódico: es una transformación sostenida y global.

El caso de los polinizadores resulta particularmente revelador. En 2025, apicultores en Estados Unidos reportaron pérdidas sin precedentes: más del 60% de las colonias de abejas desaparecieron en una sola temporada, con proyecciones que alcanzan hasta el 70% en algunos escenarios. Paralelamente, un estudio sobre mariposas mostró una caída del 22% en sus poblaciones desde el año 2000, con más de cien especies reducidas a la mitad o menos. Estas cifras no son anecdóticas: las mariposas son indicadores ecológicos, y su descenso refleja un deterioro más amplio. De hecho, investigaciones recientes advierten que no están desapareciendo únicamente las especies raras, sino las más comunes, aquellas que sostienen el funcionamiento cotidiano de los ecosistemas. No estamos perdiendo lo excepcional, sino lo estructural.

En México, el caso de la mariposa monarca introduce un matiz que vuelve el fenómeno aún más complejo. En 2026, su población invernal aumentó alrededor de 64% respecto al año anterior, una señal que algunos interpretaron como recuperación. Sin embargo, ese repunte ocurre después de años de colapso y la especie sigue muy por debajo de sus niveles históricos, vulnerable a sequías, pérdida de hábitat y eventos climáticos extremos. Es decir, incluso cuando los datos parecen positivos, el sistema sigue siendo frágil. La recuperación parcial no contradice la crisis: la confirma en su carácter inestable.

El problema no es solo ecológico, es estructural para la vida humana. Los insectos polinizan aproximadamente un tercio de los cultivos globales y sostienen redes alimentarias completas. Sin ellos, disminuye la producción agrícola, colapsan cadenas tróficas y se altera la fertilidad de los suelos. Pero el giro más inquietante, el verdaderamente contemporáneo, es que ahora sabemos que el clima está actuando como fuerza dominante. Según estudios recientes, el cambio en temperatura y precipitación ya afecta a más del 30% de las poblaciones de insectos en el mundo. No se trata solo de pérdida de hábitat o contaminación: es una alteración del entorno planetario que redefine las condiciones básicas de existencia.

Kafka imaginó una transformación absurda e imposible. La nuestra es más silenciosa y más radical. No nos estamos convirtiendo en insectos: estamos asistiendo a su desaparición progresiva. Y en ese proceso, casi imperceptible al principio, se revela algo más profundo. Porque si los organismos más numerosos, resilientes y antiguos del planeta —aquellos que han sobrevivido a extinciones masivas— comienzan a desaparecer en cuestión de décadas, la pregunta ya no es qué les está ocurriendo a ellos. La pregunta es qué está ocurriendo con el mundo que compartimos… y cuánto tiempo seguirá siendo habitable también para nosotros.


Publicado en El Universal, 26 de marzo 2026.

 

El orden nacido del cuerpo fragmentado

 EL ORDEN NACIDO DEL CUERPO FRAGMENTADO



“El hombre encuentra en sí mismo tanto al enemigo como al aliado.” — Marco Aurelio

En dos civilizaciones separadas por océanos y milenios —Egipto y el mundo mexica— aparece una misma escena: un cuerpo despedazado da origen al orden.

¿Simple coincidencia o resultado estructural?

En los antiguos relatos egipcios, Osiris es traicionado por su hermano Set. Engañado durante un banquete, es encerrado en un cofre y arrojado al Nilo. Isis recupera el cuerpo, pero Set lo fragmenta y dispersa sus partes. A partir de esa ruptura nace algo nuevo: Osiris no vuelve a la vida terrenal, sino que se convierte en señor del inframundo, juez de los muertos. Su hijo Horus restablece el orden en la tierra y legitima el poder.

En el mundo mexica, la escena es distinta y, sin embargo, idéntica en su fondo. Coatlicue concibe de manera prodigiosa. Sus hijos, encabezados por Coyolxauhqui, intentan matarla. Pero en el instante del ataque nace Huitzilopochtli, ya armado, ya adulto. Derrota a sus hermanos, decapita a su hermana Coyolxauhqui y arroja su cuerpo desde lo alto del templo. El cuerpo se fragmenta al caer. Esa imagen queda fijada en piedra, al pie del Templo Mayor. Dos relatos. Dos hermanos. Dos cuerpos desmembrados. Un mismo principio. El orden no surge unitario, de una sola pieza. Surge después de la ruptura.

En Egipto, las partes de Osiris, dispersas por el territorio, permiten reconstruir simbólicamente la unidad en el más allá. En el mundo mexica, el cuerpo desmembrado de Coyolxauhqui se convierte en imagen permanente del triunfo solar sobre la luna. Es fundamento de la pirámide, principio de la escala. Vida y muerte, día y noche, continuidad y conflicto: todo queda organizado a partir de una violencia inicial.

Más aún: en ambos relatos, la violencia ocurre dentro del mismo linaje. Hermano contra hermano en Egipto. Hermana contra hermano; hijos contra madre en Mesoamérica. No es el enemigo lejano el que funda el orden, sino el conflicto más cercano: la familia, el origen. Ahí reside una de las coincidencias más profundas: el adversario no viene de fuera, surge desde dentro.

Estos mitos no ocultan la violencia. La documentan, la hacen enseñanza. La encauzan. La convierten en cimiento. No cualquier violencia, sino una que, al ser narrada y repetida, se vuelve legítima, casi necesaria. Caín y Abel quedan eclipsados… El mundo, parecen decirnos, no nace en armonía: se construye sobre una fractura.

Y, sin embargo, hay una diferencia decisiva entre aquellos relatos y nuestro presente. Ellos comprendieron la ruptura y la convirtieron en símbolo. Nosotros corremos el riesgo de repetirla sin comprenderla.

Hoy, las guerras ya no responden a dioses ni a ciclos cósmicos, pero siguen obedeciendo a la misma lógica: la necesidad de un enemigo, la ambición que mata, la incapacidad de contener el conflicto antes de que se desborde.

Si en el mito el cuerpo debía fragmentarse para explicar el orden, en nuestro tiempo el desafío es otro: evitar que esa fragmentación se vuelva permanente. Porque el verdadero enemigo —como intuyó Marco Aurelio— no siempre está lejos. A veces, habita en nosotros mismos. 


Publicado en La Crónica de Hoy, 24 de marzo 2026.