31/3/26

Leteo vs. Mnemósine


Leteo vs. Mnemósine

 

«Morir no es nada. Lo terrible es no haber vivido».

Víctor Hugo

 

Un 26 de febrero de 1802 nacía en Besanzón, Francia, Víctor Hugo. Fue una de las grandes voces del siglo XIX, pero también un hombre marcado por una pregunta constante: ¿qué hacemos con la muerte y con el recuerdo?, ¿y frente al río del olvido y la fuerza de la memoria? Borrar o conservar. Dejar que el tiempo lo diluya todo o decidir qué merece permanecer. Leteo representa ese impulso a dejar atrás, a cubrir con silencio lo que duele; Mnemósine, en cambio, simboliza la memoria que cuida, que guarda lo valioso y le da continuidad.

En 1843 su hija Léopoldine murió ahogada en el Sena. Tenía diecinueve años. La noticia lo quebró. Durante un tiempo apenas pudo escribir. El dolor no era una idea elevada, era una ausencia concreta, una silla vacía, una voz que ya no respondía. Ahí aparece Leteo, esa tentación de dejar que el tiempo cubra la herida para poder seguir adelante. Sin embargo, años después, en Les Contemplations, Víctor Hugo eligió otro camino. Escribió para recordar, para que el rostro de su hija no se disolviera en el silencio. En ese gesto se percibe la presencia de Mnemósine y la decisión de no permitir que el amor se pierda. En esos poemas, la memoria es una decisión diaria. Recordar significa afirmar que lo vivido tuvo valor, que el amor no fue un accidente biológico sin peso. Mnemósine en este sentido, es la voluntad de conservar lo esencial. No elimina el dolor, pero impide que el vínculo quede reducido a un episodio cerrado. Leteo ofrece alivio rápido; Mnemósine exige profundidad y fidelidad. Durante el exilio participó en sesiones espiritistas. Hugo buscaba una señal de su hija. Ese deseo revela algo profundamente humano: la resistencia a aceptar que todo termina en la materia. Frente al Leteo que todo lo borra y declara concluida la historia, él intentaba sostener la posibilidad de continuidad.

Esa misma mirada explica su rechazo a la pena de muerte. En Le Dernier Jour d’un Condamné, Hugo coloca al lector dentro de la mente de un hombre que espera la ejecución. Muestra el miedo, la angustia, la cuenta atrás. Obliga a preguntarse si alguien tiene derecho a cortar definitivamente una vida. En 1867 escribió una carta pública pidiendo clemencia para Maximilian I of Mexico. Más allá de las posturas políticas, defendía una idea básica: ninguna autoridad debería apropiarse del destino final de una persona. Quitar la vida es imponer un olvido definitivo; defenderla es apostar por la posibilidad de redención y memoria.

En el entierro de Honoré de Balzac, Hugo pronunció palabras trascendentes: “Está ahora por encima de la lucha y el odio. El mismo día entra en la tumba y en la gloria. De hoy en adelante brillará entre las estrellas de nuestra patria...La providencia sabe lo que hace cuando enfrenta al pueblo con el supremo misterio y lo hace meditar sobre la muerte, que es la gran igualdad y, al mismo tiempo, la gran libertad”.

Cuando hablamos de inmortalidad, conviene ser claros. El materialismo sostiene que el ser humano es únicamente materia organizada. Desde esta visión, la única continuidad real es genética o social: los hijos, las acciones, el recuerdo que otros guardan. El espiritismo y otras corrientes espirituales afirman que existe un principio que sobrevive, un alma que continúa más allá de la muerte física. Son posiciones distintas, pero ambas responden al mismo deseo: no desaparecer por completo.

Todo esto nos lleva a preguntas más cercanas. ¿Qué significa olvidar? ¿Es borrar por completo? El cerebro humano no funciona así. La evolución nos ha dotado de memoria porque es necesaria para sobrevivir. Recordamos peligros, rostros, experiencias que nos enseñaron algo. Olvidar también cumple una función: nos permite no quedar atrapados en cada dolor. Sin cierto grado de olvido, la vida se volvería insoportable.

Pero vivir solo de recuerdos tampoco trae felicidad. Quien se instala únicamente en el pasado corre el riesgo de perder el presente. La memoria sana no paraliza. Nos permite aprender, agradecer, corregir. La cuestión no es elegir entre recordar u olvidar, sino encontrar un equilibrio que nos permita avanzar.

En su lecho final, Víctor Hugo pronunció una expresión breve: “Aquí está la batalla del día contra la noche.” Reconocía la oscuridad del momento, pero también intuía una claridad que no dependía solo del cuerpo. Usted, amigo lector, ¿qué elige? ¿Dejar que el tiempo borre sus días sin mayor huella, o construir algo que merezca ser recordado?

 

Publicado en El Universal, 26 de febrero 2026.

Corazón de mujer, fuerza de Estado

 

Corazón de mujer, fuerza de Estado



El 21 de febrero quedó grabado como una fecha luminosa para Saltillo y para todo Coahuila. En la capital del estado, la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, encabezó un evento para atestiguar la colocación de la primera piedra del nuevo Hospital Regional de Especialidades del Instituto Mexicano del Seguro Social. Comenzaba a edificarse un anhelo social impulsado durante años por autoridades municipales, estatales y federales. En un estado con 3,146,771 habitantes, donde el 61% de la población de Saltillo es atendida por el IMSS, esta obra representa un parteaguas. Tendrá 560 camas y cobertura regional para la ciudad y su zona conurbada. Será construido por la Secretaría de la Defensa Nacional, con una inversión histórica de 6 mil mdp.

El nuevo hospital contará con 49 especialidades médicas. También dispondrá de máquinas y local de hemodiálisis, ocho espacios para quimioterapia, áreas de terapia respiratoria, consultorios, área integral de rehabilitación, terapia ocupacional y puesto de sangrado. El terreno fue donado por quien entonces era Presidente Municipal y hoy es Gobernador constitucional de Coahuila, Manolo Jiménez Salinas, gesto que anticipó este día histórico.

Durante la ceremonia, grupos afines a los distintos partidos políticos vociferaban apoyo a sus respectivos líderes mediante porras, en el marco de un acontecimiento en que tales muestras no deberían existir. En ese ambiente extremadamente ruidoso, mientras el director general del IMSS, Zoé Robledo, hacía uso de la palabra, un grupo de madres buscadoras de distintos colectivos, entre los que se encuentra FUNDEC, Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Coahuila, alzó la voz con fuerza inquebrantable. Algunas sostenían pancartas; otras gritaban sin cesar en busca de atención. En medio de ellas destacaba un mensaje que atravesaba el aire con una sencillez desgarradora: “De madre a madre, encuentre a nuestros hijos”.

La Presidenta alzó la mirada hacia aquel punto fijo. Sin previo aviso y rompiendo todo protocolo, se puso de pie. Descendió rápidamente del estrado con paso firme, mientras cientos de ojos seguían cada uno de sus movimientos. Caminó sola, sin personal de logística ni seguridad que la escoltara, en un gesto sin precedentes. Los gritos, que momentos antes llenaban el recinto, habían cesado. Recorrió el pasillo —unos cien metros— hasta acercarse casi al punto donde se encontraban las madres. Fue entonces cuando el Gobernador, que hasta ese momento permanecía distraído, se levantó apresuradamente para alcanzarla. Avanzaron apenas unos metros juntos.

Al llegar, la mandataria se colocó frente a las madres. Las miró a los ojos. Escuchó sus nombres, sus historias, el tiempo que llevan buscando, la ausencia interminable que les pesa cada día. Recibió el cartel entre sus manos, lo leyó con atención y conversó con ellas durante varios minutos. El gesto fue sereno, cercano, cargado de respeto. Allí, en medio del polvo de la obra y el calor del acto público, se abrió un espacio de diálogo directo. Se comprometió a atenderlas y a fortalecer el acompañamiento en la búsqueda de sus hijas e hijos. Las voces que antes gritaban encontraron escucha. Algunas lágrimas rodaron; hubo palabras quedas, apretones de manos, miradas que en medio del dolor se llenaban de esperanza.

Después, la Dra. Sheinbaum regresó al estrado y la ceremonia continuó en medio de gritos unánimes de ¡Presidenta! ¡Presidenta!

A lo largo de la historia pública, no se había visto que una mandataria rompiera el cerco del protocolo para acercarse, sin filtros ni intermediarios, al clamor directo de la gente. Esos momentos muestran carácter y empatía. Muestra que la autoridad puede ejercerse con firmeza y sensibilidad al mismo tiempo. Habla de valentía serena, de liderazgo que escucha y de un poder que entiende que gobernar también significa abrazar a quienes más lo necesitan, y no solo físicamente, sino en una espiritualidad compartida.

Publicado en La Crónica de Hoy, 24 de febrero 2026.