24/8/26

Después de Era

 Después de Era


«Sólo hay un modo de hacer dinero escribiendo: casarse con la hija de tu editor.»
George Orwell

Ediciones Era no ha anunciado, en sentido estricto, su desaparición. Después de comunicar la suspensión de actividades y el cierre de cuentas, aclaró que reducirá sus operaciones al mínimo y que su catálogo permanecerá. La distinción importa, pero no borra el duelo: cuando una editorial deja de buscar autores, conversar con libreros y poner libros nuevos en circulación, algo vivo se interrumpe.

Durante 66 años, Era ayudó a construir la conciencia cultural de México. Publicó a José Revueltas, Elena Poniatowska, Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco; convirtió el diseño de Vicente Rojo en una forma de pensamiento y demostró que un libro podía ser belleza, memoria y disidencia. Sin Era sería más difícil comprender Tlatelolco, las izquierdas latinoamericanas o esa intimidad devastadora de Las batallas en el desierto. Por eso su repliegue no es solo una mala noticia editorial. Es el síntoma de una sociedad que venera los libros como objetos culturales, pero abandona con facilidad las condiciones materiales que permiten que existan.

La propia casa editorial reconoció que sus ventas habían caído hasta representar apenas 25 por ciento de las que tenía antes de la pandemia. Hay menos librerías, costos crecientes, márgenes estrechos y una atención disputada segundo a segundo por las pantallas. Pero cuidado con el diagnóstico fácil: los libros no están desapareciendo. Está desapareciendo el mundo que los hacía posibles. La gente sigue leyendo y los jóvenes también. Lo que cambió fue el camino hacia el libro. El descubrimiento ocurre ahora en redes, clubes, festivales, ferias y recomendaciones digitales. Antes uno entraba a una librería buscando un libro y podía salir con otro. Hoy un algoritmo participa cada vez más en ese encuentro. Y ahí comienza el verdadero problema.

Una editorial independiente no es una imprenta con departamento de ventas. Es una apuesta contra su tiempo. Publica al escritor que todavía no tiene lectores, sostiene una obra que vende poco, traduce un ensayo difícil y conserva un catálogo cuyo valor no puede medirse por las ventas del último trimestre. José Emilio Pacheco no nació siendo José Emilio Pacheco. Alguien tuvo que leerlo antes de que todos supiéramos que había que leerlo. Los algoritmos, en cambio, son extraordinarios para descubrir lo que ya queremos, pero mucho menos para ofrecernos aquello que todavía no sabemos que necesitamos. Podemos llegar así a una paradoja formidable: tener más libros disponibles que nunca y encontrarnos cada vez menos con lo inesperado. Le estamos cerrando la puerta a lo disruptivo, a lo diferente. No sería la muerte de la lectura. Sería algo más silencioso y quizá más peligroso: el empobrecimiento de aquello que llega a ser leído.
Pero la nostalgia tampoco debe convertirse en indulgencia. Era poseía un catálogo extraordinario, pero no encontró la adaptación capaz de sostenerlo. Durante demasiado tiempo pareció confiar en la gravedad de sus glorias. El prestigio heredado ya no garantiza circulación cultural. Mientras Era se replegaba, otras editoriales independientes ensayaban tirajes pequeños, venta directa, ferias, comunidades digitales y públicos específicos. No sabemos cuáles sobrevivirán. Pero están demostrando algo que conviene entender antes de organizar el funeral: el papel no está muriendo; está cambiando de manos, de ritmos y de rutas.

Publicado en El Universal, 20 de agosto, 2026.

El peso del tiempo y la utopía de estar vivos

 El peso del tiempo y la utopía de estar vivos


«Prescindir de los viejos no solo es un acto criminal e imbécil; es como quemar los libros, es destruir la memoria.»

Joan Manuel Serrat


Hay una paradoja cruel en nuestro tiempo: durante siglos soñamos con vivir más y, ahora que lo hemos conseguido, no sabemos qué hacer con quienes lo logran. Joan Manuel Serrat acaba de poner el dedo en esa herida. A sus ochenta y dos años habla de la vejez sin pedir compasión, sin nostalgia y sin disfrazar el desgaste inevitable de los días. Dice algo bastante más incómodo: hemos construido una sociedad capaz de prolongar la vida y, al mismo tiempo, dispuesta a apartar a quienes envejecen. No porque hayan perdido necesariamente su inteligencia, su talento o su capacidad de crear, sino porque disminuye algo que nuestro tiempo ha convertido en una medida brutal del valor humano: su capacidad de consumir.



Vivimos bajo el imperio de lo nuevo. Compramos, usamos y sustituimos. Cambiamos teléfonos, automóviles, modas y objetos con una velocidad desconocida para otras generaciones. El problema comienza cuando esa misma lógica termina contaminando nuestra manera de mirar a las personas. Lo viejo deja de ser experiencia y comienza a parecernos obsolescencia. Entonces ocurre algo terrible: la sociedad empieza a confundir vejez con inutilidad. Pascal Bruckner llama a esta etapa de la existencia “el veranillo de la vida”. Un tiempo que nuestros antepasados rara vez conocieron y que la medicina moderna nos ha entregado casi como una inesperada herencia.

Pero toda herencia plantea una pregunta: ¿qué vamos a hacer con ella? Bruckner advierte algo provocador. La ciencia no ha prolongado propiamente la juventud: ha prolongado la vejez. Podemos retrasar sus signos, engañar durante algún tiempo al espejo y mantener actividades que antes parecían reservadas a edades más tempranas. Pero finalmente la biología presenta sus cuentas. La medicina añade años y, con frecuencia, convierte la salud en el extraño arte de transitar ordenadamente de una dolencia a otra. Y, sin embargo, seguimos aquí. Deseando. Creando. Amando. Haciendo planes. Quizá ahí comienza la verdadera rebelión contra el tiempo.

Porque los mayores de hoy ya no aceptan con facilidad el antiguo libreto que les asignaba un papel secundario: retirarse, cuidar a los nietos y esperar. Viajan, estudian, se enamoran, trabajan, emprenden proyectos, escriben libros, aprenden idiomas y descubren que todavía quedan territorios por recorrer. Y eso ha producido una tensión nueva. Millones de jóvenes enfrentan empleos precarios, salarios insuficientes y enormes dificultades para construir un patrimonio. Al mismo tiempo, contemplan generaciones mayores que reciben pensiones, viajan o prolongan durante décadas una vida activa. Resulta tentador convertir esa contradicción en una guerra entre edades. Sería un error. El conflicto no es entre jóvenes y viejos. El verdadero problema comienza cuando una sociedad convence a una generación de que la otra es una carga. El joven mira al viejo y teme estar financiando su pasado. El viejo mira al joven y teme convertirse en un estorbo para su futuro. Ambos pierden. Porque ninguna civilización puede sostenerse cuando sus generaciones empiezan a mirarse como competidoras.

Hay algo todavía más extraño en nuestra relación con la vejez. La observamos como si fuera un país extranjero. Hablamos de “los viejos”, “los mayores”, “la tercera edad”, como si describiéramos a habitantes de un territorio remoto al que nosotros nunca entraremos. Pero hacia allí caminamos todos. Envejecer es viajar hacia un país cuya frontera cruzamos sin darnos cuenta. Primero cambia el rostro. Después, el cuerpo. Luego, la velocidad. Un día descubrimos que los jóvenes comienzan a tratarnos de usted. Otro día alguien nos ofrece el asiento. Y comprendemos, quizá con sorpresa, que hemos llegado a aquel territorio que durante tantos años creímos habitado por otros.

La gran pregunta de la longevidad ya no consiste entonces en averiguar solamente cuántos años podremos vivir. La pregunta es para qué queremos esos años. Bruckner propone contemplarlos como quien recibe una fortuna inesperada. No guardarla debajo del colchón ni encerrarse a esperar el desenlace, sino gastarla en aquello que todavía pueda producir deseo, curiosidad, afecto y sentido. Porque mientras exista un proyecto pendiente, el futuro continúa abierto.

Una sociedad inteligente debería comprenderlo. Prescindir de sus hombres y mujeres mayores no significa solamente abandonar personas. Significa destruir archivos vivientes: experiencias, errores, historias, conocimientos, derrotas y recuerdos que ninguna computadora puede reconstruir completamente. Serrat lo dice de una manera brutal y hermosa: apartarlos es como quemar los libros. Quizá por eso la gran utopía de nuestro siglo no sea la inmortalidad. Tal vez sea algo mucho más difícil.

Construir una sociedad donde los jóvenes puedan imaginar el futuro sin resentir a quienes llegaron antes; donde los mayores puedan vivir sin pedir disculpas por seguir aquí; donde la productividad no determine la dignidad y donde cumplir años no signifique desaparecer lentamente de la mirada de los demás. Durante milenios buscamos prolongar la existencia. Lo conseguimos. Ahora viene la parte más difícil: aprender a merecer el tiempo que hemos ganado.


Publicado en La Crónica de Hoy, 18 de agosto, 2026.