2/10/26

Mientras guardamos el celular, la IA nos pone en jaque

 Mientras guardamos el celular, la IA nos pone en jaque


«Los niños y niñas no juegan para aprender, pero aprenden porque juegan.»

Jean Piaget

Hay algo alegórico en la escena que se va a vivir el próximo 3 de noviembre. Millones de niñas y niños dejarán el teléfono dentro de la mochila mientras, fuera del aula, las máquinas avanzan hacia territorios que creíamos reservados al pensamiento humano. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que, a partir de esa fecha, celulares y tabletas no podrán usarse en primarias y secundarias, ni durante las clases ni en el recreo, salvo emergencias o necesidades particulares. El acuerdo, aprobado por unanimidad en el Consejo Nacional de Autoridades Educativas, será precedido por asambleas informativas; en la educación media superior, cada comunidad educativa fijará sus reglas. Más de 565 mil docentes participaron en la consulta y el 81 por ciento respaldó la regulación.




La presidenta ha pedido hablar de regulación y no de prohibición. La decisión es razonable, pero sólo será fecunda si entendemos que guardar un aparato no equivale, por sí mismo, a recuperar la atención. El recreo era el lugar donde se aprendía sin programa: allí se corría, se inventaban juegos, se discutía, se hacía un amigo, se conocía el tedio y se descubría que del aburrimiento puede nacer un mundo. La pantalla ocupó ese territorio con estímulos diseñados para no conceder silencio. Devolver unos minutos al cuerpo, a la conversación y al patio no es nostalgia; es proteger un espacio elemental de la infancia. Pero la medida fracasará si se reduce al decomiso, al castigo o a la fotografía de teléfonos apilados. Hay familias que lo entregan a sus hijos por seguridad; hay jóvenes que lo usan como única puerta a la información y el aprendizaje; hay docentes agotados que necesitan acompañamiento, no otra obligación disciplinaria. Regular exige protocolos claros, excepciones sensibles y alternativas reales: deporte, lectura, arte, conversación y tiempo para convivir.

También exige ejemplo: no podemos ordenar a los niños que aparten la pantalla mientras los adultos vivimos pendientes de la nuestra. La paradoja se vuelve más profunda frente a la nota que hoy sacude al mundo científico: un sistema de inteligencia artificial de OpenAI afirmó haber resuelto en pocos días un problema ligado a las ecuaciones de Navier-Stokes, planteadas en el siglo XIX. Terence Tao habló de una crisis existencial en las matemáticas; otros especialistas recordaron que la máquina siguió caminos abiertos durante años por investigadores humanos y que resolver no siempre significa comprender, mucho menos crear. La alerta va más allá: investigadores como Yoshua Bengio advierten sobre agentes capaces de actuar con autonomía y sobre el riesgo de perder el control. No es una profecía inevitable, pero sí una exigencia de responsabilidad. Ahí está la lección que debería entrar a la escuela, aun cuando el celular permanezca en la mochila. No necesitamos educar a una generación a espaldas de la tecnología, sino prepararla para mirarla de frente: preguntar de dónde viene una respuesta, comprobarla, discutir sus límites y reconocer el trabajo humano que la sostiene.

Si la inteligencia artificial puede producir resultados con velocidad asombrosa, la educación debe cuidar aquello que no se descarga: curiosidad, juicio, imaginación, empatía y el valor de formular la pregunta que todavía nadie ha pensado. Prohibir durante unas horas puede ayudar a recuperar la pausa, pero no basta para gobernar el cambio. La alfabetización de este siglo consistirá en saber cuándo encender una pantalla y cuándo apartarla; cuándo pedir ayuda a una máquina y cuándo desconfiar de su seguridad verbal; cuándo aceptar una solución y cuándo exigir sentido. No se trata de atar los celulares mientras la IA nos pone en jaque. Se trata de enseñar a nuestros niños y jóvenes que el tablero sigue siendo suyo, siempre que no renuncien a mover sus propias piezas.


Publicado en La Crónica de Hoy, 22 de septiembre, 2026.

Lo que un museo guarda de nosotros

 Lo que un museo guarda de nosotros



«La búsqueda de nuestro origen es la búsqueda de nosotros mismos.»
Octavio Paz
A veces entramos a un museo y pocas veces pensamos en todo lo que tuvo que suceder para que esos objetos estuvieran ahí: bajo una luz cuidadosamente calculada, acompañados de una explicación que intenta acercarnos a un mundo que dejó de existir hace siglos. El Museo Nacional de Antropología merece también una mirada hacia quienes lo hicieron posible. Su historia reúne el trabajo de arqueólogos, historiadores, antropólogos, arquitectos, museógrafos, artistas, estudiantes, técnicos y obreros. El 17 de septiembre de 1964 abrió sus puertas la nueva sede del museo en Chapultepec. El proyecto respondía a una necesidad concreta. El antiguo Museo Nacional, instalado en la calle de Moneda, conservaba un patrimonio extraordinario, pero sus condiciones ya resultaban insuficientes. Jaime Torres Bodet, entonces secretario de Educación Pública, impulsó la construcción de un espacio moderno y digno para aquellas colecciones. Adolfo López Mateos expresó lo que esperaba de ese lugar con una frase que conserva toda su fuerza: “Quisiera que los mexicanos, al salir de él, se sientan orgullosos de serlo”.

El museo se construyó en 19 meses. La rapidez, sin embargo, no fue producto de la improvisación. La mudanza del antiguo recinto había sido calculada en seis meses, pero el equipo disponía de seis semanas. Para resolverla, se organizaron cuadrillas destinadas a cada una de las 25 salas. Participaron asesores científicos, museógrafos, directores de instalaciones, vitrineros, electricistas, carpinteros, instaladores, pintores y redactores de cédulas. Cerca de 200 estudiantes de las escuelas nacionales de Arquitectura y Antropología se sumaron al trabajo. Las piezas fueron empacadas en cajas numeradas y destinadas a espacios previamente definidos. El procedimiento dice mucho sobre la naturaleza de un museo. Antes de que el visitante contemple una pieza, alguien ha tenido que estudiar su procedencia, comprender su significado, decidir qué debe contar de ella y encontrar la manera de transmitirlo. Conservación, investigación y divulgación son tareas inseparables.
Entre las historias más significativas está la del monolito de Coatlinchan. Originalmente, se había pensado colocar en la entrada una estela maya procedente de Edzná, pero se descartó porque la piedra caliza podía sufrir daños por el clima y la contaminación de la ciudad. Se optó entonces por el enorme monolito asociado con Tláloc. Al investigar sus dimensiones y su peso, el equipo descubrió que la escultura, parcialmente enterrada, pesaba alrededor de 160 toneladas. Antes del traslado, se convocó a los habitantes de Coatlinchan para explicarles el propósito y el destino de “la piedra”, como ellos la llamaban. La reunión fue guiada por un viejo maestro rural de habla náhuatl. El monolito fue entregado a Jaime Torres Bodet el 16 de abril de 1964, durante un aguacero intenso e inusual para esa época en la Ciudad de México. En aquella ocasión, el secretario afirmó que los habitantes de Coatlinchan tendrían acceso gratuito de por vida al Museo Nacional de Antropología.

Tláloc tampoco pudo instalarse dentro del edificio. Se construyó una maqueta a escala real para estudiar esa posibilidad, pero las maniobras necesarias habrían retrasado la obra. El monolito quedó en el exterior, como una presencia que vincula al museo con su propia historia y con el lugar del que provenía.

El gran paraguas central responde a otra historia de decisiones y conocimiento. Su cubierta mide 84 por 54 metros y protege el patio sin cerrarlo por completo. La intención era conservar el contacto visual con el cielo y las áreas verdes, permitir que el visitante saliera de las salas, descansara y continuara el recorrido. Esa misma relación se buscó en la integración plástica. Raúl Anguiano, Leonora Carrington, Rufino Tamayo, Mathias Goeritz, Carlos Mérida, José Chávez Morado, Nicolás Moreno y otros artistas participaron en obras vinculadas con los guiones científicos de las salas. Trabajaron durante la construcción, en contacto con obreros, técnicos, arquitectos, historiadores y museógrafos. Ninguno cobró por su participación.

La víspera de la inauguración dejó una escena casi cinematográfica. El museo todavía tenía bancos de carpintero, tambos de pintura, desperdicios y lodo. Durante la noche, 200 camiones retiraron materiales, 14 llevaron la jardinería y los bomberos lavaron el vestíbulo y el patio. A las nueve de la mañana del 17 de septiembre, el recinto abrió sus puertas. Mientras el presidente López Mateos entraba por el frente con su comitiva, los últimos camiones y trabajadores salían por la parte posterior. El costo de la construcción fue de 160 millones de pesos de la época, incluidos los salarios del personal del CAPFCE y del INAH conforme a los tabuladores vigentes. Desde entonces, el museo ha seguido transformándose con el trabajo de sus directores, investigadores y conservadores. Su historia continúa en las nuevas exploraciones, en la actualización de sus salas y en las generaciones que recorren sus espacios. Quizá convenga visitarlo pensando en todo esto. Mirar no sólo la piedra, la máscara, la vasija o el códice, sino también las manos que los encontraron, estudiaron, conservaron y colocaron frente a nosotros. Porque un museo no guarda solamente objetos del pasado. Guarda las preguntas que una sociedad se hace sobre su origen y, al hacerlo, guarda también una parte de nosotros.

Publicado en El Universal, 17 de septiembre, 2026.