Crisis
del orden mundial
«Un día nos volvimos por fin un país
ideal; instalamos la razón en lugar del delirio y el derecho en lugar del
abuso.»
Ikram Antaki
El mundo inició
2026 inmerso en conflictos interconectados que, lejos de permanecer aislados,
se retroalimentan en un contexto de desgaste prolongado, fragmentación
institucional y erosión de los consensos normativos globales. El rasgo
dominante es la normalización de crisis simultáneas, de intensidad variable,
que debilitan de manera convergente la gobernanza internacional, la seguridad
humana y la estabilidad económica global.
En
Oriente Medio predomina una frágil paz armada. La escalada directa entre Israel
e Irán en 2025 abrió una fase de confrontación abierta cuyo desenlace sigue
siendo incierto. Las operaciones militares en Líbano, Siria y Yemen, junto con
el riesgo permanente de colapso de los ceses al fuego en Gaza, configuran un
escenario donde los choques locales se convierten en nodos de una disputa
geopolítica de mayor alcance.
Europa
del Este enfrenta un dilema distinto pero complementario. La guerra en Ucrania
se aproxima a un punto de inflexión: o se congela por agotamiento material y
humano, o deriva hacia un acuerdo impuesto por los costos acumulados. En ambos
casos, las consecuencias trascienden el campo de batalla. El conflicto ha
profundizado las fisuras internas de la Unión Europea, presionada entre
endeudamiento, aumento del gasto militar y compromisos con la OTAN, mientras la
posibilidad de una confrontación directa con Rusia persiste como amenaza
sistémica.
En
Asia-Pacífico, la tensión combina contención táctica y competencia estratégica.
China consolida su posición como primer electroestado global al dominar
tecnologías clave de la transición energética y digital, redefiniendo las
formas tradicionales de poder. Aunque el Estrecho de Taiwán parece estabilizado
en el corto plazo, la región prioriza la seguridad económica mediante
aranceles, controles tecnológicos y la reorganización de las cadenas de
suministro.
Estas
dinámicas se inscriben en tendencias transversales. Cerca del 75% de los
directores ejecutivos globales han relocalizado parte de su producción o
reconfigurado sus cadenas para atender bloques regionales específicos,
confirmando que la geopolítica ya condiciona el entorno económico. A ello se
suma la carrera por la inteligencia artificial, los minerales críticos y el
acceso al agua que introduce nuevas fuentes de conflicto.
El
impacto social es profundo. La convergencia entre violencia, crisis climática y
precariedad económica intensifica las migraciones, mientras los Estados
receptores endurecen sus políticas, profundizando la polarización y los
déficits de legitimidad. En este contexto, el derecho internacional conserva
una vigencia paradójica. Aunque carece de mecanismos coercitivos universales y
depende de la voluntad política de las grandes potencias, sigue siendo el
principal dique frente al unilateralismo y una plataforma de protección para
poblaciones vulnerables.
A
este desgaste se suma la reinterpretación selectiva del derecho por parte de
las potencias, que lo conciben como un repertorio flexible de normas invocables
según conveniencia. Cuando las reglas dejan de aplicarse de manera consistente,
el sistema pierde capacidad preventiva. En ese vacío, la coerción se normaliza,
la diplomacia se subordina a la amenaza y los actores más frágiles quedan
expuestos a decisiones externas. La política estadounidense en diversas
regiones, incluida América Latina, ilustra esta tendencia. El caso venezolano,
más allá de afinidades ideológicas, revela los riesgos de la erosión
multilateral.
Ante
este panorama, resulta central la postura de México, expresada por la
presidenta Claudia Sheinbaum. Frente a doctrinas de intervención explícitas, su
posicionamiento reafirma un principio histórico del Estado mexicano: la no
intervención y el respeto irrestricto a la soberanía de los pueblos. La
experiencia latinoamericana demuestra que ninguna injerencia externa ha
producido democracia ni estabilidad duradera, sino fragmentación, dependencia y
violencia persistente.
El
momento histórico exige una reflexión que vaya más allá de la coyuntura. Como
advertía Benito Juárez, el respeto al derecho ajeno es la paz. Hoy, sin límites
al poder, sin normas compartidas y sin reconocimiento efectivo de la dignidad
de los pueblos, la paz deja de ser horizonte político y se reduce a una tregua
precaria entre conflictos permanentes.
Publicad en El Universal, 8 de enero 2026.