14/7/26

¿Gasto improductivo o inversión social?

 ¿Gasto improductivo o inversión social?


«La dificultad no radica tanto en desarrollar nuevas ideas como en escapar de las viejas.»

Keynes

Pedro Aspe ha vuelto al debate público con un diagnóstico severo sobre la economía mexicana. Sus opiniones merecen escucharse. Fue uno de los arquitectos de la estabilidad macroeconómica del país y conoce como pocos la importancia de las finanzas públicas. Precisamente por ello, sorprende que su análisis se construya sobre una selección de indicadores que deja fuera otra parte de la evidencia. En economía, como en política, escoger únicamente los datos que confirman una tesis conduce a conclusiones incompletas. El eje de su planteamiento es claro: el crecimiento del gasto social habría desplazado la inversión productiva y colocado a México en una ruta de estancamiento. La afirmación es contundente, pero la realidad resulta bastante más compleja.





Calificar los programas sociales como una “segunda nómina” supone que esos recursos no generan valor económico. Sin embargo, la evidencia disponible apunta en otra dirección. La ENIGH 2024 del INEGI reporta que el ingreso corriente de los hogares aumentó 10.6 % en términos reales y que la desigualdad disminuyó. Las mediciones oficiales muestran, además, una reducción importante de la pobreza. Estos resultados no prueban que todo programa social sea eficiente ni que deba quedar exento de evaluación; sí desmienten, en cambio, la idea de que las transferencias públicas carecen de efectos económicos. El dinero que recibe una familia no desaparece: vuelve al mercado en forma de consumo, sostiene pequeños negocios, dinamiza economías locales y fortalece el capital humano.

La experiencia reciente también obligó a revisar uno de los postulados más arraigados de la ortodoxia económica. Durante años se afirmó que aumentar significativamente el salario mínimo provocaría desempleo, inflación y pérdida de competitividad. Ocurrió exactamente lo contrario. El salario recuperó poder adquisitivo como no sucedía en décadas y, al mismo tiempo, México alcanzó niveles históricamente altos de empleo formal registrado ante el IMSS. El mercado laboral mantiene desafíos importantes, pero la realidad no confirmó las predicciones más pesimistas.

El diagnóstico de Aspe tampoco agota la explicación sobre la inversión. Atribuir su comportamiento exclusivamente al crecimiento del gasto social simplifica un fenómeno influido por factores mucho más amplios: las tasas de interés internacionales, la incertidumbre global, la seguridad pública, la infraestructura, el fenómeno del nearshoring y las expectativas empresariales. Además, los datos más recientes del INEGI muestran una recuperación de la Formación Bruta de Capital Fijo respecto del año anterior. Cuando cambian los datos, también debe actualizarse el diagnóstico.

Algo similar ocurre con Pemex. La empresa enfrenta problemas financieros que nadie puede ignorar. Pero sus propios reportes muestran que, durante el primer trimestre de 2026, la producción de hidrocarburos fue superior a la registrada un año antes. Criticar su situación es legítimo; omitir esa evolución limita el análisis.

La deuda pública merece, sin duda, vigilancia permanente. Pero también exige precisión. Los datos de la Secretaría de Hacienda ubican el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público alrededor de la mitad del PIB, en niveles distintos de los sugeridos por la interpretación más alarmista. La prudencia fiscal sigue siendo indispensable, pero también lo es el rigor al presentar las cifras.

México enfrenta retos profundos. Nadie serio podría negarlo. El crecimiento continúa siendo insuficiente, la productividad debe aumentar y la inversión necesita mayor dinamismo. Sin embargo, reducir toda esa complejidad a la existencia de programas sociales significa convertir una interpretación en una certeza que los datos no sostienen.

La verdadera discusión no es si México debe elegir entre disciplina fiscal o justicia social. Ese es un falso dilema. Las sociedades más exitosas son aquellas capaces de combinar estabilidad macroeconómica con movilidad social, inversión productiva con inclusión y crecimiento con bienestar.

Quizá ahí radique la diferencia de fondo. La economía de finales del siglo XX medía el éxito casi exclusivamente por el comportamiento de las variables macroeconómicas. La economía del siglo XXI exige incorporar otra pregunta: ¿Quiénes participan realmente de ese crecimiento?

Las cifras importan. Todas las cifras. Porque cuando un diagnóstico selecciona únicamente aquellas que confirman un paradigma, deja de describir por completo la realidad. Y cuando la evidencia es parcial, también lo son las conclusiones.


Publicado en La Crónica de Hoy, 14 de julio, 2026.

9/7/26

¿Quién mintió?

 ¿Quién mintió?


Hay preguntas que trascienden a quienes las formulan. Se convierten en asuntos de Estado porque su respuesta define el nivel de confianza que puede existir entre gobiernos. La planteada esta semana por la presidenta Claudia Sheinbaum pertenece a esa categoría. La interrogante surgió después de presentar una secuencia cronológica que merece revisarse con atención. El 5 de enero de 2023, Ovidio Guzmán fue detenido por fuerzas mexicanas en Jesús María, Sinaloa, durante un operativo en el que perdieron la vida 10 elementos del Ejército Mexicano. Meses después, el 15 de septiembre de ese mismo año, el Gobierno de México lo extraditó a Estados Unidos conforme a los procedimientos previstos entre ambos países.

El siguiente episodio ocurrió el 25 de julio de 2024. Ese día una aeronave aterrizó en Santa Teresa, Nuevo México, con Joaquín Guzmán López e Ismael “El Mayo” Zambada a bordo. Ambos fueron detenidos por autoridades estadounidenses. Desde el primer momento surgió una pregunta inevitable: ¿participó alguna agencia de Estados Unidos en una operación desarrollada desde territorio mexicano? 6 días después, el 31 de julio, el Gobierno de México solicitó formalmente información a la Embajada de Estados Unidos. La respuesta llegó el 9 de agosto. El entonces embajador Ken Salazar aseguró públicamente que ninguna agencia estadounidense había participado en el operativo. Durante casi dos años esa fue la versión oficial.
El escenario cambió el 2 de julio de 2026. Una investigación periodística de Pie de Nota reveló que la aeronave utilizada para trasladar a Zambada forma parte de una exhibición en Estados Unidos donde el FBI presenta esa misión como una operación realizada por sus agentes. El reportaje incorpora imágenes del avión, documentos internos y referencias a la descripción institucional de esa agencia sobre un operativo considerado histórico. El contraste resulta evidente. En agosto de 2024 se afirmó que ninguna agencia estadounidense intervino. En julio de 2026 aparece una exhibición institucional en la que el FBI atribuye a sus agentes un papel relevante en esa operación. Al menos una de las dos versiones requiere una explicación que permita reconciliar los hechos conocidos. Por ello, la pregunta formulada por la presidenta adquiere especial relevancia: ¿quién mintió? La respuesta es importa porque, de confirmarse una intervención de una agencia estadounidense en territorio mexicano o mediante mecanismos no informados al Estado mexicano, surgirían interrogantes jurídicas y diplomáticas sobre el respeto a la soberanía nacional y sobre los compromisos internacionales que regulan la cooperación bilateral en materia de seguridad. Del mismo modo, si la explicación demuestra que ambas versiones describían momentos distintos de la operación, también sería indispensable conocerlo para disipar cualquier duda.
La pregunta planteada por la presidenta busca algo más profundo que señalar responsabilidades individuales. Las versiones oficiales representan la palabra de las instituciones. Cuando esa palabra pierde consistencia, también se debilita la confianza que sostiene la cooperación entre dos gobiernos llamados a trabajar de manera permanente. Más de 3 mil kilómetros de frontera convierten a México y Estados Unidos en socios permanentes. Esa realidad demanda respeto recíproco, instituciones que hablen con claridad y gobiernos capaces de sostener la credibilidad de sus decisiones.
Quizá la pregunta ya no sea únicamente quién mintió. La verdadera pregunta es si dos naciones llamadas a cooperar de manera permanente pueden construir una estrategia común cuando un episodio de esta magnitud sigue rodeado de versiones que requieren ser aclaradas. La confianza entre los Estados no se sostiene sobre silencios ni sobre dudas persistentes; se construye con transparencia, responsabilidad y verdad. Solo así la cooperación bilateral podrá descansar sobre bases firmes para las nuevas generaciones.


Publicado en El Universal, 9 de julio, 2026.