3/11/26

 Carrère en México


«La vida no es la que vivimos, sino cómo la recordamos para contarla».

Gabriel García Márquez


Hay una forma de leer para confirmar lo que creemos y otra para ponerlo en peligro. Estoy leyendo a Emmanuel Carrère a propósito de su visita a México. Uno entra en sus libros para conocer una vida ajena y termina interrogando las certezas con las que ha construido la propia. El próximo 9 de octubre conversará sobre “Koljós” con Rosa Beltrán y Julia Santibáñez en la UNAM. Su presencia invita a preguntarnos qué le pedimos a la literatura en una época que produce explicaciones a una velocidad muy superior a su capacidad de comprender.

“Koljós”, publicado en español por Anagrama, parte de la muerte de su madre, Hélène Carrère d’Encausse, en 2023. Historiadora de Rusia y primera mujer en ocupar la secretaría perpetua de la Academia Francesa, recibió un homenaje de Estado que da inicio al libro. Pero ninguna ceremonia puede resolver lo que una madre deja pendiente en sus hijos. El reconocimiento público fija una imagen; el duelo vuelve a abrirla. ¿Quién fue esa persona antes de que aprendiéramos a llamarla madre? ¿Cuánto de lo que somos nació de su amor y cuánto de nuestro esfuerzo por merecerlo o resistirlo? Comprender a los padres exige reconocer que su existencia desborda el lugar que ocuparon en nuestra vida. También tuvieron miedo, obedecieron mandatos y cargaron heridas que no supimos ver.

Carrère recurre a las cartas, fotografías y archivos conservados por su padre, Louis. Su trabajo paciente sostiene ahora el relato del hijo. Guardar una carta puede parecer un gesto pequeño, hasta que alguien necesita escuchar en ella una voz que desapareció. Hay una forma de justicia en rescatar al hombre que permaneció menos visible: también las familias distribuyen desigualmente la atención y el reconocimiento. El título guarda una intimidad. “Hacer koljós” era la expresión materna para reunir a los hijos a dormir cerca de ella cuando el padre estaba de viaje. Una palabra vinculada a las granjas colectivas soviéticas se convierte en el nombre de un refugio. Pero el recuerdo del calor familiar convive con los desacuerdos.

Amar a alguien no resuelve la dificultad de contar quién fue. Esa dificultad permite acercarse a “El adversario”, aunque la relación con su protagonista sea radicalmente distinta. Jean-Claude Romand fingió ser médico durante años y, en enero de 1993, asesinó a su esposa, sus hijos y sus padres. Carrère mantuvo contacto con él y asistió a su juicio para escribir sobre aquella vida construida sobre el engaño. En ambos libros, el narrador debe hacerse responsable del lugar desde el que cuenta. Ante su madre, el afecto puede iluminar y también encubrir; ante Romand, la fascinación por comprender al criminal amenaza con desplazar a sus víctimas. La pregunta que los enlaza es hasta dónde puede llegar quien escribe sobre otro y qué obligaciones contrae al hacerlo. Porque narrar es ejercer un poder: elegir palabras, ordenar actos, conceder espacio y silencio. El asesino puede explicar su versión; quienes murieron ya no pueden disputar el relato. También en una página puede consumarse una injusticia. La calidad literaria no concede absolución moral. Esa responsabilidad alcanza a la vida pública. Gobernar, informar, impartir justicia son también maneras de decidir qué vidas reciben atención. Una cifra describe una tragedia, pero difícilmente alcanza a expresar el mundo que desaparece con cada persona. La literatura puede devolver un rostro a aquello que hemos aprendido a tratar como expediente.

Quiero seguir leyendo a Carrère desde esa incomodidad. Un libro puede conmovernos sin volvernos mejores; algo cambia cuando esa lectura modifica nuestra disposición a escuchar y a juzgar. Cuando alguien cuenta la vida de otro, decide qué merece ser visto y qué queda en la sombra. En esa decisión se juega mucho más que el prestigio de un libro: se juega nuestra forma de mirar.


Publicado en La Crónica de Hoy, 6 de octubre de 2026.

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