29/9/26

La costumbre del calor

 

La costumbre del calor 

«La salud es la justa medida entre el calor y el frío.» Aristóteles
Lo más peligroso del calor extremo no es que el termómetro llegue a 50 °C. Es que llegue el día en que dejemos de llamarlo extremo. Una vieja fábula cuenta que una rana arrojada al agua hirviendo intenta escapar, pero si el agua se calienta poco a poco permanece dentro hasta que es demasiado tarde. Biológicamente, el relato es discutible —una rana sana trataría de huir—; como metáfora de nuestra conducta, resulta devastador: cada verano desplazamos un poco más el límite de lo tolerable y confundimos adaptación con resignación. A diferencia de la rana, nosotros conocemos el fuego, medimos la temperatura y, aun así, permanecemos dentro. Ese es el peligro moral de la “nueva normalidad”: lo que la ciencia nombra para describir un cambio, la política puede convertirlo en una manera de administrar la resignación.



La Gaceta UNAM documenta que el verano de 2026 llevó temperaturas de hasta 50 °C, grandes incendios en Europa y más de 30 mil muertes por encima de lo esperado durante la reciente ola de calor. El dato más elocuente no es un récord, sino una comparación: Francia registró 26 olas de calor entre 1947 y 2010 y casi la misma cantidad entre 2011 y 2025. Sesenta años comprimidos en quince. La Organización Meteorológica Mundial confirmó que América del Norte, África y Asia registraron su julio más cálido, mientras Europa occidental atravesó su periodo junio-julio más caliente. No son accidentes locales, sino una crisis simultánea: calor, sequía, fuego, pérdida agrícola, presión energética y enfermedad. El clima ya cambió de lenguaje; somos nosotros quienes insistimos en llamarlo “señales” para no tener que responder.

El calor tiene código postal, salario y ocupación. 38 °C no significan lo mismo bajo un árbol que sobre el asfalto; en una casa ventilada que en un cuarto con techo de lámina; para quien trabaja a distancia que para quien reparte comida, construye una avenida o vende en la calle. No es lo mismo el calor extremo cargando un bulto para ganarse la vida que en una alberca disfrutando un verano. El termómetro marca una cifra; el cuerpo paga un precio distinto según la protección que tiene. El calor extremo no crea la desigualdad: la revela, la profundiza y puede volverla mortal.

En México, la advertencia debería encender todas las alarmas. Investigadores de la UNAM han calculado que el país se calentó 1.8 °C desde el periodo preindustrial hasta 2024 y que su tasa de calentamiento supera el promedio mundial. Aquí, adaptarse no puede significar que quien pueda compre frío y quien no pueda quede abandonado bajo el sol. Debe significar árboles nativos, corredores de sombra, techos claros, horarios laborales protegidos, bebederos públicos, refugios climáticos, alertas tempranas, hospitales preparados y una política hídrica que deje de tratar los acuíferos como cuentas bancarias sin fondo. Y debe significar reducir emisiones: adaptarse sin mitigar sería aprender a respirar dentro de una casa que sigue incendiándose.

Esta semana, el calendario parece escrito como una advertencia. Mientras la COP17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación se reúne en Mongolia —cuando hasta 40 % de la superficie terrestre ya está degradada—, el 27 de agosto se conmemora el Día Mundial de los Lagos y el 29, el Día Internacional contra los Ensayos Nucleares. Tierra, agua y memoria de la destrucción humana reunidas en unos cuantos días. No son el mismo problema, pero nacen de una arrogancia semejante: creer que la naturaleza puede absorber cualquier herida sin presentarnos la cuenta.


Publicado en La Crónica de Hoy, 25 de agosto, 2026.

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