2/6/25

Víctor Hugo: Cantor de la humanidad

 

Víctor Hugo: Cantor de la humanidad

 

«Abrir una escuela es cerrar una prisión.»

Víctor Hugo

 

En la vastedad del siglo XIX, entre revoluciones que estallaban como relámpagos y exilios, se alzó una voz que fue, al mismo tiempo, conciencia, clarín y aurora: la de Víctor Hugo. Poeta del alma humana, novelista del desamparo, tribuno del porvenir, su vida, tendida entre las ruinas del antiguo régimen y una Europa nueva. Murió un día como hoy, en 1885, pero su palabra no ha dejado de arder. Hijo de un general napoleónico y de una madre monárquica, creció entre dos fuegos. Heredó el conflicto como destino y encontró en el lenguaje su escudo y su espada. Fue romántico en la forma, pero incendiario en el fondo: un espíritu libre que jamás se resignó a lo establecido, que creyó, contra toda desesperanza, en la dignidad humana.

Más allá del genio detrás de Los Miserables o Nuestra Señora de París, Hugo fue un arquitecto de futuro. En 1849, ante el Congreso Internacional de la Paz en París, miró más allá de las fronteras del siglo y describió un mundo sin ejércitos, sin imperios, sin hambre. Un mundo donde las ideas sustituyeran a las armas, y donde la educación y el voto fueran los nuevos escudos de la humanidad. «Un día vendrá en que las balas y las bombas serán reemplazadas por los votos.» Era una profecía valiente. Para Hugo, la paz no era la simple ausencia de guerra: era justicia activa, pan compartido, dignidad sin precio. La civilización, decía, avanza cuando educa. Retrocede cuando castiga. Esa visión está sembrada en cada página de Los Miserables. Jean Valjean no es solo un personaje: es un espejo. Nos dice que el ser humano puede cambiar, redimirse, florecer… si se le ofrece un maestro en lugar de un carcelero, un libro en vez de una sentencia. Un año después de aquel discurso por la paz, Hugo dio otra batalla. Esta vez, por algo invisible pero vital: «No quiero confiarles la enseñanza de la juventud, el alma de los niños.» Se oponía con firmeza a una educación capturada por el dogma. No era una cruzada contra la fe, sino contra el secuestro de la conciencia. Para él, la escuela debía ser el templo de la libertad interior, no la celda del pensamiento único.

Pero Hugo no solo habló desde las alturas del idealismo. También conoció el abismo. En 1843 perdió a su hija Léopoldine, ahogada en el Sena, apenas a los 19 años. El dolor lo quebró. Lo hizo más humano, más nocturno. Lo llevó al espiritismo buscando reencontrarla, no en la fe de los libros, sino en el murmullo del más allá. Desde entonces, su poesía se volvió un susurro universal: escribía no solo con palabras, sino con lágrimas. Ese mismo fuego interior lo impulsó, en 1867, envió una carta desde su exilio. Era el 20 de junio. No sabía que, apenas un día antes, Maximiliano había sido fusilado en el Cerro de las Campanas. Conmovido por el drama mexicano, Víctor Hugo imploró a Benito Juárez que le perdonara la vida. No defendía a un emperador extranjero, sino el principio más sagrado de toda república verdadera: el de la clemencia. «No hay nada más grande que la clemencia», sentenció. Era una súplica sin certeza, escrita desde el océano y la esperanza. No llegó a tiempo. Pero quedó como testamento. Porque si la justicia no se humaniza, se convierte en venganza. Y si la República no aprende a perdonar, se arriesga a parecerse demasiado a sus tiranos.

Hoy, en un mundo que sigue levantando muros cuando debería tender puentes, sus palabras siguen respirando. Nos recuerdan que la educación no es ornamento, sino cimiento. Que un niño tiene derecho a pensar, a preguntar, a ser libre. Que el odio se aprende… pero también se puede desaprender. Víctor Hugo sigue siendo faro. Su legado no es nostalgia: es resistencia. Porque ser libres no es una herencia: es una conquista diaria. Y la escuela, como él dijo, es la trinchera más poderosa. Porque si aún hay cárceles que se llenan antes que las escuelas, si aún hay niños educados para obedecer y no para pensar, si aún hay pueblos que disparan antes de dialogar, entonces Víctor Hugo no es pasado: es urgencia.


Publicado en El Universal, 22 de mayo 2025.

 

Pensar y cuidar: la revolución silenciosa de Irene Vallejo

 

Pensar y cuidar: la revolución silenciosa de Irene Vallejo

 

«Pensar es hoy más que nunca un oasis humano en los desiertos de la prisa.»

Irene Vallejo 

 

Una mujer toma la palabra. No alza la voz, pero todos la escuchan. Habla con la calma de quien ha aprendido que las ideas más poderosas no necesitan gritar. Irene Vallejo, al recibir el Premio Alfonso Reyes, no agradece con fórmulas vacías: defiende, con la ternura del pensamiento lúcido, el valor del ensayo literario y la dignidad de los cuidados. Dos causas que, en apariencia, caminan por senderos distintos, pero que en su voz se abrazan como si fueran una sola. Pensar —dice— «es hoy más que nunca un oasis humano en los desiertos de la prisa.» Y con esa frase, ya nos ha llevado a otro lugar. Nos recuerda que el ensayo, ese centauro indómito de los géneros, como lo llamó Alfonso Reyes, no es una rareza erudita, sino un espacio de libertad donde conviven la intuición y el conocimiento, la emoción y la lógica, la pregunta sin respuesta y la palabra que consuela.

En nuestra tradición literaria, la poesía ha brillado, el teatro ha deslumbrado, la novela ha conquistado al mundo. Desde el Siglo de Oro hasta el boom latinoamericano, la lengua española ha tenido sus momentos de gloria… pero el ensayo ha sido el pariente discreto, la voz en voz baja. No ha sido protagonista y, sin embargo, quizá sea el género más necesario para estos tiempos fragmentados, urgentes y a menudo desalmados. Porque el ensayo no busca imponerse, sino entender; no dictamina, dialoga; no promete verdades eternas, sino preguntas honestas. Para Irene Vallejo, rescatar el ensayo es un gesto de resistencia cultural. Es volver a pensar con libertad, sin trincheras ideológicas ni límites temáticos. En su escritura, lo erudito se vuelve íntimo, y lo íntimo, universal. Sus ensayos no se leen: se escuchan con el corazón abierto. Y ahora, con la misma profundidad, anuncia que su próximo libro será sobre los cuidados. Esa palabra sencilla y subversiva. Cuidar: verbo menudo que sostiene el mundo. Acciones invisibles, repetidas, silenciadas. Lavar, acompañar, alimentar, consolar. Tareas que históricamente han recaído sobre los hombros de las mujeres, escondidas en la penumbra de lo doméstico, como si fueran actos menores. Pero cuidar es sostener la vida. Es resistir al abandono. Es afirmar, con gestos cotidianos, que la fragilidad del otro también nos pertenece.

Vallejo no teoriza desde la distancia: ilumina con su prosa esos rincones donde late lo humano. Cuidar no es solo un trabajo, es una forma de estar en el mundo. Un acto ético y, también, profundamente poético. Porque donde hay cuidado, hay belleza. Donde alguien acompaña sin esperar aplausos, se está escribiendo en silencio la mejor página del humanismo. Por eso, el ensayo y el cuidado no son caminos paralelos: son hilos que se entrelazan para tejer un nuevo pacto social. Pensar y cuidar. Preguntar y acompañar. Mirar hacia adentro y tender la mano hacia afuera. Ambos gestos nos llaman a desmontar la arrogancia y a reconocer lo esencial: que nadie se salva solo, que todos somos vulnerables, que la lucidez y la ternura pueden —y deben— caminar juntas.

Irene Vallejo no solo escribe libros. Nos recuerda que hay otra forma de estar en el mundo. Más sensible, más digna, más libre. Y en estos tiempos de prisa, de ruido y de indiferencia, su voz nos invita a lo más revolucionario: detenernos a pensar… y cuidar.



Publicado en La Crónica de Hoy, 20 de mayo de 2025.