Ormuz
y la fractura atlántica
«La
guerra no determina quién tiene la razón, solo quién queda.»
Bertrand
Russell
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron
la operación “Furia Épica” contra Irán. La respuesta fue inmediata: Teherán
bloqueó el estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más importantes del
mundo, por donde circula cerca del 20% del petróleo global. El impacto fue casi
instantáneo en los mercados energéticos y en la economía internacional. Ante el cierre, Washington
planteó una operación militar para reabrir el paso. La idea incluía la
participación de la OTAN como respaldo. Sin embargo, la respuesta europea fue
de cautela desde el inicio. Alemania, Francia, Reino Unido e Italia
coincidieron en que la alianza no tiene un mandato legal para intervenir en un
conflicto fuera de su territorio. A este argumento legal se sumó uno político más
profundo. Varios gobiernos europeos interpretan la operación inicial de Estados
Unidos e Israel como una decisión tomada sin un proceso amplio de consulta
dentro de la alianza, lo que debilita el principio de acción colectiva. Bajo
esa lectura, involucrarse después implicaría asumir costos de una estrategia
que no contribuyeron a definir. También existe una evaluación interna sobre
precedentes: participar en este caso podría ampliar de facto el alcance de la
OTAN hacia intervenciones fuera de su marco original.
En ese contexto, el rechazo
europeo también refleja una diferencia en la forma de entender el uso de la
fuerza. Mientras Washington prioriza la reapertura inmediata del flujo
energético global, varios gobiernos europeos consideran que una intervención sin
objetivos políticos claros y sin una salida definida puede derivar en un
conflicto prolongado. La
situación en el terreno reforzó esas dudas. Irán ha construido una estrategia
defensiva que aprovecha la geografía del estrecho y el uso de tecnología
relativamente accesible. Misiles, drones y minas navales han convertido la zona
en un espacio altamente riesgoso. Limpiar esas minas y garantizar el paso
seguro de los barcos no es una tarea rápida; requiere tiempo, recursos y
exposición constante.
Frente a este panorama, Europa
buscó opciones más limitadas. Reino Unido planteó la posibilidad de formar una
coalición de países dispuestos, sin usar la estructura de la OTAN. La Unión
Europea descartó ampliar sus misiones navales en la zona. Italia redujo su
presencia militar y priorizó la seguridad de sus propias bases. La reacción de Washington fue
crítica. El presidente Donald Trump acusó a sus aliados de beneficiarse de
la estabilidad internacional sin asumir los costos. También advirtió sobre
posibles consecuencias para la OTAN si no recibe apoyo. En ese mismo contexto,
la dimisión de Josh Paul, encargado de supervisar transferencias de armas
y cooperación militar, añadió presión al debate interno: el exfuncionario
cuestionó la justificación estratégica de la guerra y advirtió sobre los
riesgos de una escalada sin objetivos políticos claros, lo que evidenció
divisiones dentro del propio aparato estadounidense.
La crisis del estrecho de
Ormuz dejó en evidencia diferencias de fondo. Para Estados Unidos, reabrir la
ruta es una prioridad económica y estratégica inmediata. Para Europa, los
riesgos de intervenir superan los posibles beneficios. Esta diferencia de enfoques
ha tensado la relación transatlántica en un momento delicado. Para México, por su parte, las
consecuencias se concentran en varios frentes que se conectan entre sí. El
aumento en los precios del petróleo eleva los ingresos por exportaciones, pero
ese beneficio convive con una dependencia estructural: la importación de
gasolina. Cuando suben los precios internacionales, también lo hace el costo de
esas compras, lo que obliga a ajustar subsidios para mantener estables los
precios internos. El resultado es un equilibrio delicado entre mayores ingresos
petroleros y una presión adicional sobre el gasto público.
En el plano macroeconómico, el
encarecimiento de la energía tiende a trasladarse a toda la cadena productiva.
El transporte, la industria y los servicios absorben costos más altos, lo que
alimenta la inflación. Al mismo tiempo, en contextos de incertidumbre global,
los capitales suelen moverse hacia activos considerados más seguros,
fortaleciendo al dólar. Esto puede debilitar al peso y encarecer importaciones
clave. Aun así, México cuenta con herramientas para amortiguar estos efectos,
como la política monetaria y los ajustes fiscales, que permiten contener
fluctuaciones abruptas, aunque ciertamente tales condiciones no podrían
sostenerse en el largo plazo.
En el sector productivo, el
impacto se concentra en la manufactura, especialmente por el costo del gas
natural, un insumo esencial. Un aumento sostenido puede reducir márgenes y
desacelerar inversiones, aunque también abre espacios para mejorar eficiencia
energética y diversificar fuentes. En paralelo, la concentración de la agenda
de Estados Unidos en el conflicto puede ralentizar ciertos temas bilaterales,
como la negociación del T-MEC, aunque por fortuna la integración económica
entre ambos países mantiene incentivos para sostener el diálogo y arribar a
buenos resultados para ambas naciones.
Publicado en El Universal, 19 de marzo 2026.
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