6/1/22

LA SOMBRA Y LA HUELLA

“¡Qué hermosa es la Revolución, aun en su misma barbarie!”

Mariano Azuela


Uno de los pilares de nuestra identidad nacional se alimenta de la historia patria y sus componentes aprendidos desde la más tierna edad. Sabemos los nombres de muchos personajes, algunas fechas, ciertos lugares representativos pues ahí se forjó el destino de nuestra nación. Incluso se erigen monumentos para honrar su memoria.

Pero hay que reconocer que también somos (o deberíamos serlo) conscientes de que la historia no sólo está en esos monumentos como algo estático, sino que sus consecuencias se siguen percibiendo de múltiples maneras.

Los ejemplos que acudan a nosotros en este momento pueden ser varios, sin embargo, me quiero referir a un periodo en particular: la Revolución Mexicana. Resulta muy emocionante detenerse a pensar en la relación causa-consecuencia que tiene nuestro presente con aquel momento tan decisivo.

Con ese movimiento político y popular se consiguió dar un paso fundamental en lo que a la vida democrática y justicia para los desposeídos se refiere. En un comienzo se percibía la aparición de ciertos ideales, mas, con el pasar de los años (y con la expansión geográfica y política del conflicto), habrían de aparecer los problemas y las traiciones.

La Revolución se transformó en un medio para justificar lo que fuera y hubo quien empezó a utilizar su nombre en vano: los saqueos, las masacres, las intrigas y las conspiraciones. Todo estaba permitido porque eran los requerimientos del revolucionario o caudillo en turno. Todo era válido en nombre de la Revolución.

Aunque es una situación que se imagina y se sabe a través de la tradición popular, también existen numerosos ensayos y tratados recientes sobre el periodo que la documentan. El impacto de estos acontecimientos fue tal que incluso ha motivado algunos trabajos artísticos. Por ejemplo, Gerardo Murillo, más conocido como “Dr. Atl”, dejó como testimonio La Juida, un cuento que recupera el rasgo de la oralidad más viva de los verdaderos participantes de la Revolución que permanecen a la sombra de los jefes y caudillos.

Diversos escritores sortearon las fronteras entre la realidad y la imaginación y lograron que, años después, se comercializara (la editorial Aguilar vendía unos tomos elegantes de cientos de páginas) y se estudiara bajo el nombre de “Novela de la Revolución”.

¿Cómo olvidar los relatos de Mariano Azuela en Los de abajo o los de Martín Luis Guzmán en La sombra del caudillo que hasta se convirtieron en películas? Entre tantas escenas de acción también hay la calma filosófica que permite ver la belleza revolucionaria a pesar de la desgracia causada.

Parece que de nuevo ronda esa sensación extraña: recordar la efeméride, aunque no se ofrezca nada que estimule a la razón, puede bastar para enardecer los sentimientos mientras se abraza a unos como compañeros y a los otros se les señala como enemigos del nuevo régimen. Pero manipular la historia por intereses individuales, mencionarla tan a la ligera, puede tener un precio muy caro que unos pocos suelen pagar. El pueblo lleva en la memoria las huellas de todos los abusos que se han cometido en su nombre.

 

 

 
 

Vicecoordinador del Grupo Parlamentario del PRD


Twitter: @jorgegavino
Facebook: Jorge Gaviño

 



 

LA INTELIGENCIA EN LLAMAS

Hace casi cincuenta años, en febrero de 1975, una conspiración global atentó contra la cultura escrita. Empezó en Inglaterra: los libros más raros y antiguos de la Biblioteca de Londres desaparecieron de manera misteriosa, lo mismo ocurrió en París y Roma. Luego vinieron los incendios de las bibliotecas de Moscú y Tokio. Por todos lados comenzaron a desaparecer los ejemplares de los grandes autores de la historia y una ola destructiva de libros azotó al mundo. Por fortuna había quién resolviera esos asuntos.

Lo anterior, sucedió dentro del universo del héroe enmascarado: Fantomas, la Amenaza Elegante. En aquella aventura (con la que este artículo comparte su título) una organización secreta liderada por George Steiner culpa a los libros de toda la maldad del mundo. Fantomas empieza a ser contactado por algunos de los personajes más famosos de la literatura de los años setenta como Julio Cortázar, Octavio Paz, Susan Sontag y Alberto Moravia. Todos ellos han sido amenazados de no escribir nuevos libros e incluso sufrieron atentados que pusieron en riesgo sus vidas: “Otra novela más y me degüellan” le dice Cortázar a la Amenaza Elegante.

Esta historia sirve para ilustrar una idea que ya desde siglos antes de nuestra era había sido estudiada, discutida y analizada: los sistemas autoritarios desconfían de la gente independiente, truncan a los que sobresalen, suprimen a los que actúan con libertad.

Aristóteles escribió que uno de los objetivos principales de la tiranía es lograr que los ciudadanos “piensen poco”. La ignorancia del pueblo y el pensamiento único es lo que permite que un gobierno así tenga una vida más larga y cómoda, por eso atentan contra la educación y señalan como enemigo a cualquier grupo o persona que no se resigne a ser gobernado despóticamente.

Actualmente, va quedando claro que vivimos bajo un régimen que le teme o se siente incómodo ante la inteligencia. Recortes presupuestales a universidades e investigadores, desaparición de instituciones, persecución contra académicos y destitución de servidores públicos capaces y especializados para sustituirlos por “gente honrada” (que tal vez no sabe leer, pero no miente).

En un escenario como este, lo peor que podemos hacer como sociedad es desconfiar de los otros por el simple hecho de que opinan diferente a nosotros. Debemos preservar ese pensamiento multiforme, cultivar la diferencia de ideas y defender, ante todo, el derecho de expresarlas libremente. Solamente así apagaremos ese fuego, esa hoguera, en la que quiere ponerse a la inteligencia.

 

 

 
 

Vicecoordinador del Grupo Parlamentario del PRD


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