24/2/26

El circo global del Súper Bowl

 

El circo global del Súper Bowl



La cultura es lo que permanece cuando todo lo demás se olvida, escribió Edward T. Hall. Pocas frases describen mejor lo ocurrido en el Súper Bowl LX, un evento que hace tiempo dejó de ser solo un partido de fútbol americano para convertirse en el ritual mediático más influyente del mundo contemporáneo. Antes que competencia deportiva, el Súper Bowl es una vitrina donde convergen consumo, identidad, espectáculo y poder simbólico. El juego funciona como pretexto para una puesta en escena que revela correlaciones culturales mucho más profundas. No es exagerado decir que hoy el Súper Bowl opera como una suerte de termómetro civilizatorio.

La edición LX, celebrada el domingo, volvió a confirmarlo. Más de 135 millones de personas lo siguieron en todo el mundo, rompiendo récords de audiencia. El costo de un anuncio de treinta segundos alcanzó, en algunos casos, los diez millones de dólares, consolidando al evento como una plataforma de validación cultural, donde marcas, discursos y narrativas buscan legitimarse ante una audiencia global. El impacto económico acompaña esa dimensión simbólica. México exportó a Estados Unidos cerca de 110 mil toneladas de aguacate para la jornada, equivalentes a unos 250 millones de piezas, con una derrama estimada en más de 300 millones de dólares. El ritual también se come.

En ese contexto apareció Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, como protagonista del espectáculo de medio tiempo. La apuesta fue clara: un recorrido cargado de símbolos latinoamericanos y en español, una decisión que desplazó el centro cultural del evento sin aspavientos ni declaraciones explícitas. El gesto, por sí mismo, fue el mensaje. La presencia de invitados como Karol G, Cardi B y Pedro Pascal reforzó la idea de una latinidad globalizada, ya no periférica, sino central en la industria cultural. Lady Gaga funcionó como figura de enlace, un puente entre el pop estadounidense tradicional y la herencia caribeña, certificando la traducción de lo latino al lenguaje dominante del espectáculo global. El cierre, cuando Bad Bunny mencionó uno a uno a los países del continente, subrayó una afirmación elemental pero incómoda para algunos: América es un continente, no un país, y su mayoría es latina.

Desde la lógica del marketing, la jugada fue quirúrgica. La NFL proyectó una imagen de apertura y ruptura controlada con el establishment. En el plano sociopolítico, la elección de Bad Bunny anticipaba la polémica. Su historial de críticas al ICE y su oposición pública a Donald Trump lo convertían en una figura ideal para generar conversación sin desbordar los márgenes del sistema.

Esta figura del artista que incomoda bajo reglas conocidas no es nueva en la cultura estadounidense. Elvis Presley escandalizó a la moral conservadora desde la televisión abierta; Bob Dylan electrificó el folk y traicionó las expectativas políticas de su generación. Ambos fueron absorbidos por la industria mientras encarnaban una rebeldía simbólica. Bad Bunny ocupa hoy un lugar similar: una transgresión cuidadosamente administrada.

Su propio discurso artístico está atravesado por contradicciones. Canciones como “Yo perreo sola” colocan en primer plano la agencia femenina, mientras otras letras reproducen esquemas tradicionales del reguetón, en los que el deseo y las mujeres aparecen cosificados. Al mismo tiempo, temas como Andrea denuncian la violencia estructural contra las mujeres. En el plano estético, el artista ha desafiado los códigos de la masculinidad dominante, denunciando la transfobia y explorando una ambigüedad de género poco habitual.

Tras el espectáculo, Donald Trump reaccionó desde Truth Social calificando el show como uno de los peores de la historia y cuestionando el uso del español. La crítica, lejos de desactivar el mensaje, lo amplificó. El Súper Bowl LX cerró, así, como un éxito de marketing y conversación pública: un cruce cultural donde la rebeldía fue visible y perfectamente contenida.


Publicado en La Crónica de Hoy, 10 de febrero 2026.

La intelligentsia mexicana

 

La intelligentsia mexicana

 

«Decir la verdad al poder.» 

Edward Said

La palabra intelligentsia no nombra solo a un grupo social: nombra una tensión. Desde su aparición en la Rusia del siglo XIX, designó a quienes asumieron la tarea —incómoda y peligrosa— de pensar en público. Sujetos con capital cultural, conciencia crítica y una vocación explícita de intervenir en los asuntos del Estado. Escritores, artistas, académicos y pensadores que no se conformaron con describir el mundo, sino que intentaron disputarlo. Entre el poder y la sociedad, ocuparon un territorio inestable: el de la mediación crítica. Esa figura ambigua —a veces incómoda, a veces funcional— se volvió indispensable para la política moderna. La teoría de las élites ayuda a comprenderlo mejor: el poder rara vez se distribuye de forma horizontal; tiende a concentrarse en grupos reducidos que definen decisiones, marcos de debate y lenguajes legítimos. En ese entramado, los intelectuales cumplen una función estratégica. Producen conceptos, narrativas, explicaciones del mundo. Pueden legitimar un orden o agrietarlo. Pueden servir al poder o ponerlo en evidencia.

En América Latina, la intelligentsia adquirió una densidad particular. No fue solo una clase pensante, sino una fuerza histórica vinculada a la construcción nacional, a los proyectos de emancipación y a las grandes disputas ideológicas del siglo XX. Pero junto a ese papel emergió una sospecha persistente: su cercanía con el Estado, con las élites económicas y con los dispositivos de legitimación simbólica. ¿Quién habla? ¿Desde dónde? ¿Para quién?

Edward Said formuló una de las críticas más incisivas a esta figura. El intelectual —sostenía— no se define por su especialización técnica ni por su éxito profesional, sino por su función pública. Su tarea es incomodar, desnaturalizar lo obvio, representar intereses que no suelen tener voz. Cuando esa función se subordina al poder, el pensamiento se empobrece y la sociedad pierde una de sus herramientas más finas de autocomprensión.

La decadencia de una intelligentsia no significa que la necesidad social que la originó haya desaparecido. Toda comunidad política necesita voces capaces de tomar distancia, de leer el presente sin obediencia automática, de imaginar futuros alternativos. La relación entre intelectuales y poder es inevitable —e incluso puede ser saludable— siempre que no anule la autonomía creadora. El problema comienza cuando el pensamiento deja de producir preguntas y se limita a repetir consignas dictadas desde los centros de decisión.

México ofrece un terreno fértil para observar este proceso. Durante buena parte del siglo XX, un núcleo de intelectuales ocupó un lugar central en el debate público. Octavio Paz, Carlos Fuentes, Monsiváis o José Emilio Pacheco no solo construyeron obras literarias de gran calado; también intervinieron en la discusión política con autoridad moral y densidad intelectual. Su peso no provenía del aplauso inmediato, sino de una combinación rara: rigor, ética y capacidad de interlocución con públicos diversos. Con el tiempo, esa relación se volvió más problemática. La proximidad con el Estado, los grandes medios y los intereses económicos transformó a una parte de la intelligentsia en una plataforma funcional al discurso dominante. Políticos que hablan con palabras prestadas, libros firmados por autores ausentes, diagnósticos prefabricados: síntomas de un desplazamiento profundo. El intelectual deja de pensar para la sociedad y comienza a hablar en nombre de ella.

En el México contemporáneo, la fragmentación de la antigua intelligentsia ha producido un paisaje más ruidoso, pero menos profundo. Pronunciamientos colectivos, alineamientos explícitos y comunicados urgentes sustituyen al argumento sólido. El peso del nombre propio o la acumulación de firmas reemplazan al pensamiento crítico. Proliferan las medias verdades y la reflexión se somete a la coyuntura. El pensamiento ya no anticipa: reacciona.

Reconstruir una vida intelectual vigorosa en México exige algo más que nostalgia. Requiere restablecer las condiciones materiales y simbólicas que hacen posible el pensamiento autónomo: fortalecer el ecosistema de investigación, garantizar la dedicación académica de tiempo completo y abrir el espacio intelectual a una diversidad real de voces, incorporando a sectores históricamente excluidos, como los pueblos indígenas.

La colaboración internacional con organismos de prestigio y el uso estratégico de tecnologías emergentes —incluida la inteligencia artificial— son hoy herramientas decisivas para insertar a los investigadores mexicanos en las discusiones globales y acelerar la producción y circulación del conocimiento, con el respaldo de instituciones clave como la UNAM, El Colegio de México y el Cinvestav. Porque una intelligentsia viva no es un adorno cultural. Es un termómetro democrático. Donde el pensamiento se subordina, el poder se vuelve opaco. Y donde nadie se atreve a decir la verdad, el silencio termina gobernando.


Publicado en El Universal, 5 de febrero 2026.

 

23/2/26

Ciencia que acorrala al cáncer

 

Ciencia que acorrala al cáncer




Durante décadas, el cáncer de páncreas ha sido uno de los diagnósticos más temidos. No solo por su agresividad, sino porque la medicina parecía llegar siempre tarde. Cuando se detecta, suele haber avanzado demasiado. Por eso, cada avance en su comprensión no es solo una noticia científica: es un gesto de esperanza.

En Madrid, la Fundación CRIS Contra el Cáncer dio a conocer los resultados de una investigación encabezada por el científico español Mariano Barbacid, un trabajo que abre una puerta inédita en el combate contra este tumor. No se trata de una cura milagrosa ni de una promesa vacía, sino de algo más sobrio y, por ello, más valioso: la demostración de que el cáncer puede ser acorralado cuando se le entiende mejor. El estudio mostró que una combinación de tres tratamientos logró hacer desaparecer completamente los tumores en modelos experimentales. Los animales tratados permanecieron sanos durante meses, sin efectos secundarios graves. En un tipo de cáncer donde la supervivencia sigue siendo baja, este resultado marca un cambio de perspectiva: no atacar al tumor por un solo flanco, sino cerrarle todas las salidas al mismo tiempo.

La idea es sencilla, aunque poderosa. El cáncer no es una sola cosa: es un sistema que aprende, se adapta y resiste. Durante años, la medicina intentó bloquear un único mecanismo, solo para descubrir que el tumor encontraba rutas alternas para seguir creciendo. Lo que este trabajo propone es distinto: impedirle esa huida, obligarlo a quedarse sin opciones. Barbacid ha sido prudente. Estos resultados no significan que mañana habrá una cura disponible para los pacientes. Los tumores humanos son complejos, diversos, impredecibles. Pero sí significan algo fundamental: que la estrategia es correcta, que el camino elegido tiene sentido y que la biología, cuando se la observa con paciencia, empieza a revelar sus puntos débiles.

Otros especialistas han coincidido en que el verdadero valor del estudio no está solo en el resultado, sino en el cambio de enfoque. Entender que el cáncer no se vence con un golpe certero, sino con una comprensión profunda de sus mecanismos y de su capacidad de adaptación, es una lección que trasciende este caso particular. Esta mirada dialoga con lo que también está ocurriendo en otros lugares del mundo. En México, por ejemplo, el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) ha impulsado una transformación silenciosa pero profunda en la atención del cáncer infantil, especialmente en leucemias. Una estrategia basada en diagnósticos más precisos, decisiones rápidas y tratamientos ajustados a cada paciente está dando resultados concretos.

A través de una red nacional especializada y de nuevas formas de organización clínica, el IMSS ha logrado mejorar la supervivencia en niñas y niños con cáncer, incluso en los casos más complejos. Aquí, la innovación no está solo en la tecnología, sino en la manera de pensar la atención médica: acercar el conocimiento al paciente, reducir tiempos de espera y aliviar el peso que la enfermedad impone a las familias.

En ambos casos —el laboratorio europeo y la experiencia mexicana— aparece una misma enseñanza: la ciencia avanza cuando deja de buscar soluciones simples a problemas complejos. La medicina no progresa únicamente acumulando datos, sino aprendiendo a mirar de otro modo. Quizá por eso la frase de Osler sigue vigente. Curar no es eliminar toda incertidumbre, sino aprender a convivir con ella, reduciendo poco a poco el margen del azar. Cada avance, por pequeño que parezca, no derrota al cáncer de una vez por todas, pero sí lo va empujando hacia un territorio cada vez más estrecho. Y en esa presión constante, paciente, humana, la ciencia empieza a ganar terreno.

Publicado en La Crónica de Hoy, 3 de febrero, 2026.

La quiebra del agua

 

La quiebra del agua

 

«El agua es la sangre de la tierra; donde corre, la vida despierta.»

Huehuetlatolli

 

A orillas de un lago y sobre un islote surgió Tenochtitlán en 1325. La ciudad mexica creció a partir de una relación directa con el agua, concebida como soporte físico, fuente de alimento y principio de organización. Canales trazados con precisión funcionaban como vías de circulación para canoas, mientras calzadas de piedra conectaban la isla con tierra firme y regulaban el tránsito humano y comercial. El paisaje urbano respondía a una lógica anfibia que articulaba movilidad, producción agrícola y defensa militar. La gestión del agua alcanzó un alto grado de complejidad mediante diques, como el atribuido a Nezahualcóyotl, que separaba aguas saladas y dulces, y acueductos que transportaban agua potable desde Chapultepec. El agua ocupó también un lugar simbólico central. Deidades vinculadas a la lluvia y a los cuerpos lacustres representaban fertilidad, equilibrio y continuidad.

Tras la conquista, la lógica cambió. El drenaje sustituyó a la convivencia con el lago y la alteración del sistema original provocó inundaciones recurrentes, fugas y un funcionamiento deficiente durante varios siglos. En la actualidad y por citar solo un ejemplo, la región del Estado de México enfrenta un deterioro sostenido de sus fuentes hídricas. Presas, embalses y acuíferos muestran señales claras de sobreexplotación; una parte considerable del agua utilizada regresa al entorno sin tratamiento adecuado, lo que impide su reutilización y acelera la degradación ambiental. La cuenca Lerma–Santiago por su parte, recibe descargas urbanas e industriales que han reducido su capacidad ecológica y afectado a decenas de municipios. En cuencas como Balsas y Pánuco, la expansión urbana, las actividades productivas y los cambios de uso de suelo incrementan de manera simultánea la demanda y la contaminación del recurso.

Pero vayamos más lejos. A escala global, la gravedad del caso se volvió imposible de ignorar. La Organización de las Naciones Unidas presentó en estos días hallazgos recientes sobre cambio climático y gestión del agua que describen una crisis en desarrollo. Tras años de mediciones y análisis, el diagnóstico es claro: el planeta avanza hacia una quiebra hídrica de dimensiones históricas y a la incapacidad de los sistemas humanos para reponerla. El agua dulce es cada vez más escasa, más contaminada y más costosa de extraer, potabilizar y devolver en condiciones seguras.

Las consecuencias ya forman parte de la vida cotidiana de millones de personas a lo largo del orbe. Cuatro de cada diez enfrentarán carencias severas de agua con efectos sanitarios directos. Enfermedades, desnutrición y mortalidad asociadas a la escasez aparecen en registros actuales, aunque rara vez ocupan un lugar central en el debate público. El deterioro ambiental se manifiesta en deforestación, desertificación, erosión del suelo e incendios forestales de una magnitud sin precedentes. En menos de tres décadas desapareció alrededor del ochenta y cinco por ciento de humedales, ríos, lagos y manantiales. Los glaciares perdieron más de un tercio de su volumen en regiones montañosas, y el deshielo polar altera sistemas climáticos completos.

La ONU también advierte que sin agua el futuro resulta inviable. Al combinarse la escasez con el aumento de la temperatura global, el costo de la vida cotidiana se incrementa y la desigualdad se profundiza. Más de tres cuartas partes de la población mundial habitan territorios con estrés hídrico alto o extremo. Dos mil millones de personas dependen de acuíferos sobreexplotados y alrededor de mil millones carecen de acceso continuo a agua limpia. Los escenarios proyectan conflictos locales, migraciones forzadas y disputas regionales por el control del recurso. Así como nuestros ancestros lograron eficientar el riego para mejorar las cosechas, el llamado actual exige transformar la agricultura, responsable de cerca del setenta por ciento del consumo de agua dulce. Es necesario, además, redistribuir un caudal decreciente con criterios de equidad y proteger los ecosistemas que aún sostienen el ciclo hidrológico.

Debemos entender que la crisis hídrica dejó de ser un tema exclusivamente ambiental para convertirse en una condición determinante de la viabilidad social y económica de nuestro mundo. No es exageración, se acaba el agua, cuidémosla.


Publicado en El Universal, 29 de enero, 2026. 

 

Rehacer la vida con una pensión

 

Rehacer la vida con una pensión




El mapa migratorio entre México y Estados Unidos vive una transformación silenciosa que rompe con décadas de narrativa tradicional. Durante años, el flujo humano avanzó desde el sur hacia el norte, impulsado por la búsqueda de empleo, estabilidad y ascenso social. Hoy, ese trayecto comienza a invertirse entre un grupo específico: los jubilados estadounidenses que cruzan la frontera en dirección opuesta, empujados por una realidad económica cada vez más restrictiva en su país de origen.

En 2024, 487 ciudadanos estadounidenses retirados decidieron establecer su residencia en México. Aunque tal cifra pueda parecer marginal a nivel nacional, la migración de estadounidenses a México —especialmente de jubilados— responde en realidad a un fenómeno macroeconómico amplio y sostenido. Entre 1.6 y más de 2 millones de ciudadanos de EE. UU. residen actualmente en el país, con un crecimiento cercano al 70 % desde 2019, impulsado por el alto costo de vida en su país de origen y la flexibilización laboral.

El dato refleja algo más profundo que una preferencia climática o cultural. Habla de un quiebre en la promesa histórica del sueño americano, aquel que garantizaba una vejez cómoda después de décadas de trabajo. Hoy, a un año del segundo gobierno de Trump, ese ideal enfrenta el desgaste de la inflación persistente, el encarecimiento de la vivienda y un sistema de pensiones insuficiente para sostener el nivel de vida esperado.

Para muchos jubilados, la ecuación resulta insostenible. Las pensiones pierden valor frente al aumento de precios, los servicios médicos absorben una parte creciente del ingreso mensual y el alquiler se convierte en un lujo difícil de justificar.

Bajo este escenario, México aparece como una alternativa racional. La cercanía geográfica permite mantener vínculos familiares, mientras que el diferencial de precios devuelve capacidad de consumo y margen de maniobra financiera.

Casos como el de Walter y su esposa Lisa ilustran esta lógica. Tras evaluar opciones en América Latina, optaron por San Miguel de Allende, recomendados por conocidos y atraídos por un costo de vida más accesible. La decisión implicó distancia emocional con hijos y nietos, aunque también significó estabilidad económica y una vida cotidiana menos presionada por las cuentas. La adaptación cultural se apoyó en experiencias previas, amistades locales y una comunidad creciente de compatriotas en situación similar.

Especialistas en migración coinciden en que este fenómeno responde a una necesidad matemática. Vivir en Estados Unidos cuesta, en promedio, más de 60 % que en México. El alquiler duplica ese diferencial y los alimentos mantienen una brecha significativa. Estas cifras explican por qué ciudades como Chapala, Bahía de Kino, Los Cabos y San Miguel de Allende, así como los corredores Ensenada-Tijuana y la Riviera Maya, concentran desde hace años comunidades amplias de retirados extranjeros, algunas con miles de residentes permanentes.

Este movimiento forma parte de la llamada migración internacional de retiro, observable también en regiones mediterráneas de Europa o en países de Centro y Sudamérica. En el caso estadounidense, la generación de los baby boomers protagoniza esta etapa. Se trata de una población numerosa, envejecida y consciente de que los sistemas tradicionales de retiro ya no ofrecen certezas.

La globalización, los tratados comerciales y las facilidades de transporte reducen las barreras para reubicar la vida en otro país.

A diferencia de otros flujos migratorios, estos jubilados mantienen prácticas transnacionales constantes.

Viajan con frecuencia, participan en procesos políticos de su país y sostienen redes familiares activas gracias a la tecnología. Su presencia impacta positivamente en las economías locales mexicanas mediante el consumo, el mercado inmobiliario y la demanda de servicios.


Publicado en La Crónica de Hoy, 27 de enero, 2026.


Groenlandia: hielo roto, alianzas fracturadas

 Groenlandia: hielo roto, alianzas fracturadas



«La política internacional es la lucha por el poder.»H. J. Morgenthau


Un oso polar nada entre placas de hielo fracturadas. Percibe que su final solitario se aproxima. Esa escena define al Ártico, hoy. Para el pueblo inuit esta imagen no es metáfora. Groenlandia cruje. Y junto al deshielo crece otra temperatura: la del poder.

Groenlandia, durante siglos un límite en los mapas europeos se ha convertido en un centro de interés estratégico. La materia gélida que se fractura deja al descubierto minerales críticos, nuevas rutas de navegación y promesas de dominio. Allí donde el glaciar retrocede, la geopolítica instala su campamento. El Ártico ha dejado de ser una frontera natural para transformarse en un espacio de disputa política y estratégica. Con 2,16 millones de kilómetros cuadrados y apenas 56 mil habitantes, es la isla más grande del mundo. Sus comunidades costeras, profundamente ligadas al mar, conviven con montañas y un interior helado que se reduce aceleradamente. Bajo esa superficie se encuentra el verdadero núcleo del interés global: petróleo, gas y tierras raras, recursos clave para la economía y la seguridad del siglo XXI.

El reciente ataque de fuerzas estadounidenses sobre Caracas, que precipitó la caída del gobierno de Nicolás Maduro, operó como una señal premonitoria. Después de Venezuela, las palabras del presidente Donald Trump sobre Groenlandia no sonaron como exageración retórica; se volvieron advertencia. “Todo lo que pedimos a Dinamarca es ese pedazo de hielo en mitad del océano y que pasen la factura”. La frase, dicha con ligereza, encierra una visión total. “Necesitamos la propiedad para defenderla”, insistió, recordando que un contrato de arrendamiento no alcanza para ejercer control.

Europa observa con inquietud. El principio fundacional de la OTAN —la idea de que un ataque contra uno es un ataque contra todos— no descansa solo en tratados, sino en un elemento más frágil: la confianza. Hoy, esa confianza muestra fisuras. Cuando la coerción económica, la amenaza arancelaria o la presión estratégica aparecen entre aliados, la alianza deja de ser un escudo compartido y se convierte en un espacio de sospecha que erosiona gradualmente los consensos que la sostienen.

Dinamarca entiende que la disputa por Groenlandia trasciende lo territorial. Está en juego la noción contemporánea de soberanía: si un Estado puede ser presionado por otro más poderoso para ceder control mediante instrumentos económicos o estratégicos, el precedente se expande. Se disputa ni más, ni menos que la credibilidad del derecho internacional y la vigencia del consenso frente a la fuerza.
Entre Rusia y China, el Ártico se convierte en un tablero estratégico. Washington calcula ventajas militares, económicas y logísticas; habla de seguridad mientras presiona, reconoce la autodeterminación mientras sugiere cambios. Desde Europa, la respuesta es clara: respaldo a Dinamarca y defensa de una gestión compartida del Ártico.

Aquí mi pronóstico: No habrá cesión formal de soberanía. Europa no puede permitirlo y Estados Unidos tampoco puede afrontar una ruptura abierta con sus aliados. La alianza trasatlántica seguirá en pie, aunque más fría, menos confiada. El conflicto no terminará ahí. Washington buscará consolidar una hegemonía práctica: mayor control operativo, más presencia militar, más capacidad de decisión. Groenlandia no cambiará de bandera, pero sí de vocación.
En ese juego de gigantes, el pueblo inuit quedará reducido a imagen decorativa en decisiones en las que no participará; las rutas ancestrales se desdibujarán y el clima ya no responderá a la memoria. El mundo redefinirá sus fronteras sin preguntar a quienes habitan el deshielo. Los intereses, como el iceberg emergerán. Y en medio de esa enorme extensión ártica, que se vuelve agua, nuestro oso polar, inmensamente solo, resiste, esperando su inminente muerte.

Publicado en El Universal, 22 de enero 2026.

El IMSS a sus 83 años

 

El IMSS a sus 83 años




Todavía es de madrugada en un Hospital General de Zona del Instituto Mexicano del Seguro Social. La luz entra a medias por las ventanas mientras la sala de urgencias comienza a llenarse. La noche deja pacientes que esperan ser valorados y otros que aguardan un traslado o un alta. Hay cuerpos cansados, miradas atentas, silencios prolongados. Alguien aprieta el teléfono esperando una llamada que devuelva tranquilidad.

Las asistentes médicas inician turno. Abren sistemas, revisan listas extensas, organizan citas. Cada nombre es una historia que se enlaza con otra. Los médicos entran a los consultorios con expedientes acumulados; atienden lo cotidiano y lo urgente. En urgencias se decide, se prioriza y se ordena el flujo. De los quirófanos salen rostros concentrados después de horas intensas, manos que han sostenido la vida con precisión y responsabilidad.

Las enfermeras son el eje del hospital. Ajustan sueros, explican tratamientos, acompañan procesos. En hospitalización vigilan monitores y signos vitales; en observación cuidan a quienes esperan avanzar en su atención. En Rayos X, un niño descansa junto a su padre mientras aguardan un estudio. En una banca, una familia conversa en voz baja mientras espera noticias. Una mujer con contracciones es trasladada con cuidado entre áreas en movimiento constante. El personal de intendencia limpia y ordena pasillos que no descansan. Así funciona cada día el IMSS: con ritmo intenso, con retos permanentes, pero también con una vocación que no se detiene.

Este latido cotidiano tiene raíces profundas. El IMSS nació en 1943, durante la presidencia de Manuel Ávila Camacho, como continuidad del proyecto social impulsado por Lázaro Cárdenas, quien colocó al trabajador, a la justicia social y al Estado como garantes del bienestar colectivo. La seguridad social no fue una concesión: fue una conquista de la Revolución mexicana.

La etapa fundacional ofreció atención médica, prevención, vivienda, pensiones, cultura y recreación. El primer servicio médico atendió a los propios trabajadores del Instituto en la calle 16 de Septiembre. Después llegaron los sanatorios y hospitales que acompañaron el crecimiento del país.

A partir de 1982, seis sexenios presidenciales llevaron al Instituto a una etapa de estancamiento. La inversión fue insuficiente frente a una población creciente y a nuevas necesidades de salud. Se acumuló rezago y presión operativa que marcaron durante años la vida cotidiana del IMSS.

Desde 2019 comenzó una nueva etapa de expansión y recuperación. Se construyeron hospitales, se ampliaron unidades y se fortalecieron plantillas y servicios. No todo está resuelto, pero el rumbo se reorientó hacia el fortalecimiento de la atención pública. Como ha señalado el Mtro. Zoé Robledo, director general del IMSS, las camas hospitalarias pasaron de poco más de 33 mil en 2018 a más de 39 mil en 2025, con planes claros para seguir creciendo. Hoy, cerca de 78 millones de personas cuentan con seguridad social a través de cinco seguros que acompañan la vida desde el nacimiento hasta la vejez.

El IMSS es infraestructura, presupuesto y organización, pero sobre todo es una institución viva que se construye todos los días. A 83 años de su nacimiento, el reto es fortalecerlo para que siga siendo columna vertebral del sistema de seguridad social y avance hacia un modelo de salud con vocación universal, como lo ha planteado la presidenta Claudia Sheinbaum, donde el acceso oportuno y digno no dependa de la condición laboral, sino de la condición humana.

El futuro del Instituto no se decreta: se sostiene con decisiones públicas, con compromiso institucional y con la convicción de que la salud no es un privilegio, sino un derecho. A 83 años de su fundación, fiel a su origen, el IMSS sigue abriendo sus puertas cada día, cuidando la vida de quienes sostienen a México.


Publicado en La Crónica de Hoy, 20 de enero 2026.



El T-MEC sí importa

 

EL T-MEC SÍ IMPORTA



“No basta con integrar a una persona en una economía justa; lo verdaderamente moral es transformar la economía.” M. Luther King Jr.


La afirmación de Donald Trump que asegura que el T-MEC carece de relevancia para Estados Unidos obliga a revisar, con perspectiva histórica y económica, el lugar real de América del Norte dentro del sistema global de bloques.

El precedente europeo resulta ilustrativo. La Comunidad Económica Europea surgió en 1957 como respuesta a la fragmentación productiva del continente. Entre 1958 y 1973 vivió su edad de oro, con tasas de crecimiento superiores al 4% anual, apoyadas en la creación del mercado común y la culminación de la unión aduanera en 1968. Posteriormente, pese a las crisis energéticas de los setenta, el bloque consolidó su peso al incorporar economías clave como Reino Unido, España y Portugal. Con el Tratado de Maastricht, en 1993, la CEE evolucionó hacia una estructura política más amplia, confirmando que la integración económica profunda tiende a institucionalizarse para sostener su competitividad global.

Ese proceso presionó a América del Norte a organizarse. El TLCAN, y más tarde el T-MEC, respondieron a la necesidad de competir frente a Europa y Asia mediante economías de escala, cadenas regionales de valor y certidumbre para la inversión. Durante décadas, este esquema permitió a la región ocupar el segundo lugar entre los grandes bloques comerciales, con un alto grado de especialización productiva y complementariedad industrial.

Mientras tanto, Asia avanzó con una lógica distinta. APEC nació en 1989 como foro flexible de coordinación, preparando el terreno para acuerdos más profundos. El RCEP, firmado tras ocho años de negociaciones y vigente desde 2022, consolidó ese recorrido. Hoy concentra alrededor del 30% del PIB mundial y de la población global, con un mercado de más de 2,300 millones de personas y un producto conjunto que supera los 26 billones de dólares. El resultado desplaza a América del Norte al tercer lugar global, en un entorno donde economías como Taiwán fortalecen la región asiática mediante acuerdos bilaterales estratégicos.

En este contexto, debilitar el T-MEC representaría un error histórico. Los datos comerciales recientes lo confirman. Ciertamente en octubre, el déficit comercial estadounidense cayó 39% hasta su nivel más bajo desde 2009, en un mes marcado por la contracción de las importaciones totales. A contracorriente, México registró un récord histórico mensual de exportaciones hacia Estados Unidos por 48,524 millones de dólares. Entre enero y octubre de 2025, México concentró 15.6% del comercio total estadounidense, superando a Canadá, China, Taiwán y Alemania. Esta dinámica revela cadenas productivas profundamente integradas, capaces de sostener flujos incluso bajo políticas arancelarias cambiantes.

Sin embargo, el análisis se vuelve más robusto al incorporar el comercio de servicios, donde Estados Unidos mantiene un superávit relevante con México, así como la dimensión subnacional.

No olvidemos tampoco que economías como la de California dependen de manera estructural del trabajo, el consumo, el emprendimiento y la inversión de origen mexicano, lo que amplifica la interdependencia más allá de las estadísticas aduaneras.

Las declaraciones de Trump deben leerse como una estrategia clásica de negociación dura: fijar un punto de partida que reduzca el valor percibido de los socios. En la revisión actual del acuerdo, la tarea central consiste en reconocer que México, Estados Unidos comparten y por supuesto Canadá, comparten riesgos y beneficios dentro de un mismo sistema económico, cuyo valor estratégico supera con creces cualquier gesto retórico de corto plazo.

A esta narrativa responde la posición de la presidenta Claudia Sheinbaum, con una claridad que combina firmeza y sensatez. Al señalar que quienes más defienden el tratado son los propios empresarios de Estados Unidos, subraya una verdad económica incuestionable: “el T-MEC se sostiene porque funciona.”


Publicado en El Universal, 15 de enero 2026. 

La herida iraní

 

La herida iraní



«No me impongas el silencio.

Tengo una historia que contar…»

Forugh Farrokhzad



La noticia de que más de 500 personas han muerto en Irán en medio de una brutal represión de protestas ciudadanas es, en su crudeza numérica, apenas un umbral para asomarse al dolor colectivo que atraviesa al país. Según la organización Human Rights Activists News Agency (HRANA), la cifra de fallecidos supera ya las 500 personas, entre ellas decenas de manifestantes ejecutados con munición real y más de diez mil arrestados. Las cifras que emergen del silencio impuesto por el apagón de internet y las restricciones a la comunicación son fragmentos de una misma tragedia: jóvenes estudiantes, trabajadores, mujeres y hombres que salieron a exigir dignidad y libertad y fueron recibidos con balas.

Pero esta violencia no cae sobre el vacío. Se ensaña, una vez más, con cuerpos que llevan más de un siglo resistiendo. Las mujeres iraníes de hoy son herederas de una lucha larga y persistente, muchas veces borrada. Desde la Revolución Constitucional de 1906, cuando desafiaron la estructura religiosa del país y participaron activamente en la aspiración de un Estado secular, han sostenido una resistencia que atraviesa generaciones. Fundaron escuelas, clínicas y asociaciones; se opusieron a la poligamia, a la desigualdad en el divorcio, al matrimonio infantil y a la imposición del hiyab. Por ello fueron señaladas, perseguidas y silenciadas. Algunas fatwas llegaron a declarar antiislámicas las escuelas para niñas. Y aun así, no se detuvieron.


Mucho antes, en el siglo XIX, Táhirih Qurrat al-Ayn se quitó el velo y declaró obsoletas las leyes que pretendían gobernar el cuerpo femenino. Pagó con su vida. Desde entonces, cada intento de emancipación ha sido respondido con castigo. Tras la Revolución de 1979, las mujeres volvieron a las calles. El 8 de marzo protestaron contra las primeras medidas del nuevo régimen: contra el hiyab obligatorio, contra la desigualdad legal, contra la idea de que la obediencia fuera su destino. Esa herida nunca cerró. Hoy vuelve a sangrar.

Este derramamiento de sangre no es solo una crisis política, religiosa o militar. Es la confirmación de hasta qué punto el poder puede convertir al pueblo en víctima y ejecutor al mismo tiempo. La represión organizada desde el Estado se filtra en la vida cotidiana, en las relaciones más íntimas, en el miedo compartido: vecinos vigilándose, familias fragmentadas, mujeres obligadas a negociar cada gesto entre la supervivencia y la desobediencia. Una de las tragedias más profundas del Irán actual es esa: que el torturador y el torturado, en un sentido simbólico, convivan en un mismo cuerpo social herido.

La película más reciente de Jafar Panahi, Un simple accidente, dialoga con esta realidad desde una metáfora inquietante. Un grupo de exprisioneros se enfrenta a la posibilidad de torturar a uno de sus antiguos torturadores. No hay alivio ni revancha fácil. Solo la pregunta persistente por lo que la violencia hace con quienes la padecen y con quienes la reproducen. El dolor no desaparece: se transforma, se desplaza, se hereda.

Desde fuera, las palabras también pesan. Las amenazas de Trump de imponer castigos “como nunca antes” y las promesas de intervención pronunciadas desde un avión presidencial, mientras el país es empujado al apagón digital como forma de censura, no hacen más que ahondar la herida abierta.

Panahi ha sido censurado, encarcelado y silenciado. Sin embargo, su cine —como la poesía de Forugh, como las voces de las mujeres en las calles— persiste. Cuando vemos los nombres de quienes han muerto, como el de la joven estudiante Rubina Aminian, asesinada a tiros mientras protestaba, no vemos cifras. Vemos vidas detenidas en su gesto más elemental: el deseo de libertad.

Publicado en La Crónica de Hoy, 13 de enero 2026.

16/2/26

Crisis del orden mundial

 

Crisis del orden mundial

 

«Un día nos volvimos por fin un país ideal; instalamos la razón en lugar del delirio y el derecho en lugar del abuso.»

Ikram Antaki

 

El mundo inició 2026 inmerso en conflictos interconectados que, lejos de permanecer aislados, se retroalimentan en un contexto de desgaste prolongado, fragmentación institucional y erosión de los consensos normativos globales. El rasgo dominante es la normalización de crisis simultáneas, de intensidad variable, que debilitan de manera convergente la gobernanza internacional, la seguridad humana y la estabilidad económica global.

En Oriente Medio predomina una frágil paz armada. La escalada directa entre Israel e Irán en 2025 abrió una fase de confrontación abierta cuyo desenlace sigue siendo incierto. Las operaciones militares en Líbano, Siria y Yemen, junto con el riesgo permanente de colapso de los ceses al fuego en Gaza, configuran un escenario donde los choques locales se convierten en nodos de una disputa geopolítica de mayor alcance.

Europa del Este enfrenta un dilema distinto pero complementario. La guerra en Ucrania se aproxima a un punto de inflexión: o se congela por agotamiento material y humano, o deriva hacia un acuerdo impuesto por los costos acumulados. En ambos casos, las consecuencias trascienden el campo de batalla. El conflicto ha profundizado las fisuras internas de la Unión Europea, presionada entre endeudamiento, aumento del gasto militar y compromisos con la OTAN, mientras la posibilidad de una confrontación directa con Rusia persiste como amenaza sistémica.

En Asia-Pacífico, la tensión combina contención táctica y competencia estratégica. China consolida su posición como primer electroestado global al dominar tecnologías clave de la transición energética y digital, redefiniendo las formas tradicionales de poder. Aunque el Estrecho de Taiwán parece estabilizado en el corto plazo, la región prioriza la seguridad económica mediante aranceles, controles tecnológicos y la reorganización de las cadenas de suministro.

Estas dinámicas se inscriben en tendencias transversales. Cerca del 75% de los directores ejecutivos globales han relocalizado parte de su producción o reconfigurado sus cadenas para atender bloques regionales específicos, confirmando que la geopolítica ya condiciona el entorno económico. A ello se suma la carrera por la inteligencia artificial, los minerales críticos y el acceso al agua que introduce nuevas fuentes de conflicto.

El impacto social es profundo. La convergencia entre violencia, crisis climática y precariedad económica intensifica las migraciones, mientras los Estados receptores endurecen sus políticas, profundizando la polarización y los déficits de legitimidad. En este contexto, el derecho internacional conserva una vigencia paradójica. Aunque carece de mecanismos coercitivos universales y depende de la voluntad política de las grandes potencias, sigue siendo el principal dique frente al unilateralismo y una plataforma de protección para poblaciones vulnerables.

A este desgaste se suma la reinterpretación selectiva del derecho por parte de las potencias, que lo conciben como un repertorio flexible de normas invocables según conveniencia. Cuando las reglas dejan de aplicarse de manera consistente, el sistema pierde capacidad preventiva. En ese vacío, la coerción se normaliza, la diplomacia se subordina a la amenaza y los actores más frágiles quedan expuestos a decisiones externas. La política estadounidense en diversas regiones, incluida América Latina, ilustra esta tendencia. El caso venezolano, más allá de afinidades ideológicas, revela los riesgos de la erosión multilateral.

Ante este panorama, resulta central la postura de México, expresada por la presidenta Claudia Sheinbaum. Frente a doctrinas de intervención explícitas, su posicionamiento reafirma un principio histórico del Estado mexicano: la no intervención y el respeto irrestricto a la soberanía de los pueblos. La experiencia latinoamericana demuestra que ninguna injerencia externa ha producido democracia ni estabilidad duradera, sino fragmentación, dependencia y violencia persistente.

El momento histórico exige una reflexión que vaya más allá de la coyuntura. Como advertía Benito Juárez, el respeto al derecho ajeno es la paz. Hoy, sin límites al poder, sin normas compartidas y sin reconocimiento efectivo de la dignidad de los pueblos, la paz deja de ser horizonte político y se reduce a una tregua precaria entre conflictos permanentes.


Publicad en El Universal, 8 de enero 2026.

El oficio de cuidar

 

                 El oficio de cuidar                      





«La enfermería es un arte; y si ha de ser un arte, requiere una devoción tan exclusiva como el trabajo de cualquier pintor o escultor.»

Florence Nightingale



La labor de las enfermeras y los enfermeros es fundamental, insustituible y ha permanecido durante mucho tiempo invisibilizada. Cuidar implica atender sin juzgar, acompañar cuando ya no queda nada más, sostener y preservar la dignidad del otro. Cuidar no es obedecer; es sostener. Su importancia se reconoce cada año el 6 de enero, cuando en México se celebra el Día de la Enfermera y el Enfermero, instituido por el Dr. José Castro Villagrana como un “regalo de reyes” en reconocimiento a su gran dedicación.

Sin enfermería, no hay sistema de salud posible. Las y los enfermeros son, como se dice, la primera y la última presencia del sistema de salud: quienes acompañan al paciente desde el ingreso hasta la recuperación, asegurando continuidad, vigilancia y cuidado humano. Su trabajo combina conocimiento, disciplina, ética y responsabilidad moral y, a pesar de ello, históricamente ha sido subvalorado debido a su feminización y a la percepción de que su labor depende más de la obediencia que del conocimiento. Reconocer esta deuda histórica ha sido un paso esencial del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) bajo la dirección del Mtro. Zoé Robledo; más de 20 mil trabajadores se han incorporado a la nueva categoría de Enfermera General Clínica, que requiere formalmente la Licenciatura en Enfermería y abre oportunidades de desarrollo profesional, especialización y mayor responsabilidad. De enero a agosto de 2024, casi 21 mil plazas se transformaron a esta categoría, lo que mejora la calidad de la atención, desarrolla habilidades críticas y aumenta la satisfacción de los pacientes, además de fortalecer la carrera profesional del gremio.

El IMSS ha logrado consolidar la enfermería como un gremio altamente especializado y diverso, con 122 mil 800 trabajadores, de los cuales 92 mil 328 son mujeres y 30 mil 472 hombres. La institución es la que ofrece más especialidades de enfermería en Latinoamérica, desde áreas tradicionales como Pediatría, Cirugía y Medicina Crítica, hasta nuevas especialidades en Salud Mental, Geriatría, Oncología y Salud Pública. Entre 2019 y 2024, se crearon más de 10 mil plazas nuevas y se otorgaron 6 mil 150 becas para fortalecer la formación de nuevos profesionales y la capacitación continua del personal. Estos cambios estructurales no solo reconocen formalmente la preparación académica y profesional de la comunidad, sino que también se acompañan de incrementos salariales históricos y reconocimientos económicos a quienes acreditaron título y cédula profesional. Cada decisión institucional refleja un principio: dignificar la enfermería significa sostener la vida de los derechohabientes y valorar a quienes sostienen el sistema de salud.

Más allá de cifras y logros, la enfermería es una práctica profundamente humana. Implica cuidar de manera integral, prevenir enfermedades, participar en procesos de rehabilitación, educar en salud, coordinar equipos y administrar recursos, siempre bajo altos estándares de servicio. La filósofa y enfermera Jean Watson destaca que el cuidado establece una relación transpersonal de ayuda y una conexión genuina, restaurando la armonía mente, cuerpo y espíritu. Se trata de una vocación que busca la plenitud del ser, donde la tecnología debe complementar, pero nunca reemplazar, la conexión humana. Valorar y dignificar su gran labor no solo mejora el sistema de salud; demuestra que el país entiende la importancia de cuidar a quien cuida. Como dijo la Mtra. Fabiana Maribel Zepeda Arias, titular de la Coordinación de Enfermería del IMSS, al recibir un reconocimiento por la labor que realizan las enfermeras y los enfermeros: “claro que nos lo merecemos”. Nuestro amplio reconocimiento.


Publicado en La Crónica de Hoy, 6 de enero 2026.

Año Nuevo

 Año Nuevo


«Para nacer hay que destruir un mundo.»

Hermann Hesse


Desde tiempos remotos, el ser humano ha intentado comprender su lugar en el universo observando el cielo. Antes de que existieran los calendarios y los relojes, el movimiento del sol y de la luna ofrecía una medida natural del tiempo. No era una abstracción: las mareas respondían a la luna, las estaciones al recorrido solar, las plantas y los árboles crecían según esos ritmos, y el propio cuerpo humano parecía obedecer a ciclos invisibles pero constantes. Las grandes civilizaciones comprendieron pronto que el orden social debía dialogar con ese orden celeste. Los ciclos solares y lunares no solo marcaban la siembra y la cosecha, sino también los rituales, las celebraciones y las pausas necesarias para recomenzar. El tiempo era circular antes de volverse lineal; cada final implicaba una transformación.

La llamada “Nochevieja”, víspera de Año Nuevo, conserva algo de ese espíritu antiguo. Marca el cierre de un ciclo y la apertura de otro, cargado de expectativas, promesas y deseos de prosperidad. Familias y amigos se reúnen para celebrar, brindar y formular anhelos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntar por qué el año comienza exactamente cuando comienza. ¿Por qué el 31 de diciembre marca el final y el 1 de enero el inicio? ¿Por qué ese cambio no coincide con el nacimiento de Cristo, si su llegada divide la historia en un antes y un después? 

El nacimiento de Jesús de Nazaret estableció una frontera simbólica profunda. A partir de él, la humanidad reorganizó su manera de contar el tiempo. Sin embargo, el calendario no inicia el 25 de diciembre, sino varios días después. Entre una fecha y otra hay una distancia breve en días, pero significativa en sentido.

A lo largo del tiempo se han ofrecido múltiples explicaciones. Se ha hablado de ajustes derivados del paso del calendario juliano al gregoriano, impulsado por el papa Gregorio XIII en el siglo XVI. También se ha señalado la influencia de festividades paganas previas, especialmente las relacionadas con el solsticio de invierno y el culto al Sol Invicto, cuando la noche alcanza su mayor duración y, a partir de ahí, la luz comienza a recuperar terreno. En ese contexto, Cristo fue interpretado como la luz que vence a las tinieblas, una imagen presente en tradiciones anteriores como el mitraísmo o los antiguos misterios egipcios y órficos.

Los primeros cristianos no ignoraban estos símbolos. Comprendían que los solsticios y equinoccios habían sido siempre puntos de inflexión en la experiencia humana del tiempo, por lo que resignificaron esa herencia. El Cristo solar no solo nacía en una fecha determinada, sino que encarnaba la promesa de sentido, de conocimiento y de transformación. Pero hay un elemento menos citado y no menos relevante. En la tradición hebrea, todo varón debía ser circuncidado al octavo día de nacido, como señal del pacto establecido entre Dios y Abraham. Jesús no fue la excepción. Ocho días después de su nacimiento, fue circuncidado y, con ello, incorporado formalmente a una comunidad, a una ley y a una historia compartida. Tal vez ahí resida la clave del calendario. El tiempo no comienza con la llegada de Cristo al mundo, sino con la entrada consciente a una responsabilidad colectiva.

Hoy seguimos celebrando el cambio de año, pero con frecuencia olvidamos su dimensión simbólica. Iniciar un año no es una limpieza automática del pasado. No es un borrón y cuenta nueva porque el tiempo avanza acumulando lo no resuelto, lo no reparado; la injusticia. En este mundo que vivimos, ya nada por sí mismo garantiza humanidad. La violencia se ha normalizado, la explotación se disfraza de progreso, la miseria se vuelve parte del paisaje. Mientras sigamos desviando la mirada ante lo indigno, lo invisible permanecerá oculto y no habrá verdadero inicio. No puede hablarse de “felicidad” cuando amplios sectores quedan fuera del relato del éxito y del bienestar. Comenzar un año exige algo más que buenos deseos: exige una revisión honesta de lo que estamos dispuestos a sostener y de lo que debemos dejar de repetir.

La esperanza en un mejor porvenir no resuelve nada en sí misma; exige nuestro trabajo y compromiso continuos. Nos obliga a asumir una responsabilidad creadora frente al futuro. Si la desigualdad continúa permeando nuestro horizonte, el calendario cambiará, pero la realidad seguirá siendo la misma.

Deseo de corazón que, al comenzar este nuevo ciclo, no celebremos solo el paso del tiempo, sino la responsabilidad de convertirnos en agentes de cambio positivo para quienes nos rodean y para la historia que decidamos construir. Que este año que inicia nos encuentre comprometidos con la dignidad, la salud, la justicia y la vida compartida.

¡Feliz 2026!


Publicado em El Universal, 1 de enero 2026.


6/2/26

Del paredón al barranco, la obediencia como condena

 




Publicado en La Crónica de Hoy, 30 de diciembre 2025. 

La Navidad que nos une

 

La Navidad que nos reúne


"La Navidad no es una fecha, es un estado del alma."  E. Ferber

 

En los ritos más antiguos y en el seno de las cofradías iniciáticas, el solsticio de invierno metamorfoseado después en la navidad solía llegar envuelto en una exigencia silenciosa, en una profunda meditación.

La lucha de la luz contra las tinieblas, de la verdad contra el error, la noche más larga del año a partir de ese momento debería empezar a ser herida por la luz.

En los tiempos modernos la navidad tiene un imperativo social, hay que estar bien, hay que sonreír, reunirse, brindar, agradecer como si el calendario tuviera el poder de corregir las grietas del año. Se ha olvidado que la navidad no es una fiesta sino una pausa moral, ética de profunda reflexión...

Un alto en el camino que nos enfrenta a lo que durante el año hicimos sin pensar, la prisa, la dureza, el olvido...

En algunos pareciera que existe un cansancio profundo frente a la alegría obligatoria, tal vez la navidad también sea el derecho de una introspección, sin explicaciones ni disculpas.

La tradición navideña no es el exceso sino la fragilidad, la pobreza, un nacimiento precario, una familia marginada, un niño sin poder, un comienzo con persecuciones, nada más lejano del oropel, del espectáculo, nada más cercano a lo profundamente humano...

Hoy por hoy, mucho de dar, pero poco de observar, la gran mayoría de los humanos y de los seres sintientes permanecen invisibles, los que no tienen cena ni mesa, pero sí memoria, los que celebran en silencio o no celebran porque no quieren o no pueden celebrar.

La navidad es un ritual de transición invisible, en otros tiempos no se entregaban objetos, se entregaban formas de amar.

Y ahí está la infancia, no como tarjeta o postal, sino como un territorio sagrado, los niños no viven la navidad por lo que cuesta sino por lo que asombra, por lo que impresiona, por lo que siembra...

Es o debería ser un entrenamiento de la ternura.

La navidad también es laica y política, no partidista, el acto más radical no es un discurso sino la decisión íntima de no enfurecerse, elegir no odiar, no repetir el agravio, no llevar la violencia del mundo a las mesas, la paz no es consigna, es acción.

Hoy, luces intermitentes; de colores, centelleantes, enceguecedoras y cuando se apaguen, cuando se guarden los platos, cuando el ruido se va, quedará lo esencial: el silencio, ese silencio que no es vacío sino una pregunta:

¿Qué tipo de mundo estamos dispuestos a sostener? Porque al hacernos esa pregunta a profundidad, estaremos dando el mejor regalo.

La Navidad, tal como la conocemos, ha olvidado su verdadera raíz. Lejos de ser una exaltación del exceso, debería ser una llamada a la reconciliación con nuestra fragilidad, con el dolor no curado.

En tiempos pasados, cuando la celebración se detenía en el umbral del invierno, se sabía que la oscuridad más profunda era solo un preámbulo, que la luz estaba por regresar. Hoy, la Navidad ha sido rebajada a una versión superficial de sí misma.

¿Perdurará un mundo donde el intercambio sea un acto de generosidad, o uno donde todo se reduzca a lo que se puede comprar, consumir y desechar? La pregunta se ofrece a cada uno, sin prisa, sin concesiones, porque en su profundidad está la verdadera oportunidad de dar algo que no se puede envolver, ni comercializar.

Tal vez no se trate de celebrar, sino de recordar. Recordar que la paz no es un estado permanente, sino una práctica. Que, al mirarnos en un espejo, reconocemos al otro. Y es en ese encuentro donde la humanidad sigue siendo posible.

Que la ternura no es ingenuidad, sino disciplina. Que estar juntos no resuelve todo, pero evita que todo se rompa. Y cuando pase la fecha, cuando el año siga su curso, podamos responder la pregunta —incómoda, necesaria— sobre cuánto de ese gesto somos capaces de sostener más allá de una noche.

Que estas fiestas sean un tiempo de calma, luz y buenos deseos compartidos. Abrazo fraterno a todos. ¡Felicidades!

 



Publicado en El Universal, 25 de diciembre 2025.