6/2/26

Del paredón al barranco, la obediencia como condena

 




Publicado en La Crónica de Hoy, 30 de diciembre 2025. 

La Navidad que nos une

 

La Navidad que nos reúne


"La Navidad no es una fecha, es un estado del alma."  E. Ferber

 

En los ritos más antiguos y en el seno de las cofradías iniciáticas, el solsticio de invierno metamorfoseado después en la navidad solía llegar envuelto en una exigencia silenciosa, en una profunda meditación.

La lucha de la luz contra las tinieblas, de la verdad contra el error, la noche más larga del año a partir de ese momento debería empezar a ser herida por la luz.

En los tiempos modernos la navidad tiene un imperativo social, hay que estar bien, hay que sonreír, reunirse, brindar, agradecer como si el calendario tuviera el poder de corregir las grietas del año. Se ha olvidado que la navidad no es una fiesta sino una pausa moral, ética de profunda reflexión...

Un alto en el camino que nos enfrenta a lo que durante el año hicimos sin pensar, la prisa, la dureza, el olvido...

En algunos pareciera que existe un cansancio profundo frente a la alegría obligatoria, tal vez la navidad también sea el derecho de una introspección, sin explicaciones ni disculpas.

La tradición navideña no es el exceso sino la fragilidad, la pobreza, un nacimiento precario, una familia marginada, un niño sin poder, un comienzo con persecuciones, nada más lejano del oropel, del espectáculo, nada más cercano a lo profundamente humano...

Hoy por hoy, mucho de dar, pero poco de observar, la gran mayoría de los humanos y de los seres sintientes permanecen invisibles, los que no tienen cena ni mesa, pero sí memoria, los que celebran en silencio o no celebran porque no quieren o no pueden celebrar.

La navidad es un ritual de transición invisible, en otros tiempos no se entregaban objetos, se entregaban formas de amar.

Y ahí está la infancia, no como tarjeta o postal, sino como un territorio sagrado, los niños no viven la navidad por lo que cuesta sino por lo que asombra, por lo que impresiona, por lo que siembra...

Es o debería ser un entrenamiento de la ternura.

La navidad también es laica y política, no partidista, el acto más radical no es un discurso sino la decisión íntima de no enfurecerse, elegir no odiar, no repetir el agravio, no llevar la violencia del mundo a las mesas, la paz no es consigna, es acción.

Hoy, luces intermitentes; de colores, centelleantes, enceguecedoras y cuando se apaguen, cuando se guarden los platos, cuando el ruido se va, quedará lo esencial: el silencio, ese silencio que no es vacío sino una pregunta:

¿Qué tipo de mundo estamos dispuestos a sostener? Porque al hacernos esa pregunta a profundidad, estaremos dando el mejor regalo.

La Navidad, tal como la conocemos, ha olvidado su verdadera raíz. Lejos de ser una exaltación del exceso, debería ser una llamada a la reconciliación con nuestra fragilidad, con el dolor no curado.

En tiempos pasados, cuando la celebración se detenía en el umbral del invierno, se sabía que la oscuridad más profunda era solo un preámbulo, que la luz estaba por regresar. Hoy, la Navidad ha sido rebajada a una versión superficial de sí misma.

¿Perdurará un mundo donde el intercambio sea un acto de generosidad, o uno donde todo se reduzca a lo que se puede comprar, consumir y desechar? La pregunta se ofrece a cada uno, sin prisa, sin concesiones, porque en su profundidad está la verdadera oportunidad de dar algo que no se puede envolver, ni comercializar.

Tal vez no se trate de celebrar, sino de recordar. Recordar que la paz no es un estado permanente, sino una práctica. Que, al mirarnos en un espejo, reconocemos al otro. Y es en ese encuentro donde la humanidad sigue siendo posible.

Que la ternura no es ingenuidad, sino disciplina. Que estar juntos no resuelve todo, pero evita que todo se rompa. Y cuando pase la fecha, cuando el año siga su curso, podamos responder la pregunta —incómoda, necesaria— sobre cuánto de ese gesto somos capaces de sostener más allá de una noche.

Que estas fiestas sean un tiempo de calma, luz y buenos deseos compartidos. Abrazo fraterno a todos. ¡Felicidades!

 



Publicado en El Universal, 25 de diciembre 2025.

25 para el 25: el gesto de poner libros en las manos de los lectores

 

25 para el 25: el gesto de poner libros en las manos de los lectores



La colección 25 para el 25 del Fondo de Cultura Económica surge en un momento profundamente contradictorio: nunca hubo tantos canales para contar historias y, al mismo tiempo, nunca pareció tan frágil el vínculo sostenido con la lectura, sobre todo entre los jóvenes. No se trata de una condena al presente digital ni de una idealización del pasado, sino de reconocer que leer libros exige algo que hoy escasea: tiempo, atención, silencio y una disposición a demorarse. En ese contexto, regalar libros no es un gesto decorativo ni una estrategia publicitaria, sino una decisión cultural que asume riesgos. Apostar por la lectura implica aceptar que no todos los libros serán leídos de inmediato, pero también que algunos encontrarán a su lector en el momento justo, cuando la curiosidad aún no ha sido sofocada por la prisa.

La fuerza simbólica de esta colección reside en su vocación latinoamericana, en la construcción de una memoria compartida que dialoga con el presente. En un solo movimiento se ponen al alcance de nuevos lectores obras como De pie contra la muerte de Juan Gelman, Las armas secretas y otros relatos de Julio Cortázar, Space Invaders de Nona Fernández, El vaso de leche y otras historias de Manuel Rojas, Poemas de Raúl Zurita, Los privilegios del olvido de Piedad Bonnett, Operación Carlota de Gabriel García Márquez, Poemas de Roberto Fernández Retamar, La muerte de Tyrone Power de Miguel Donoso Pareja, Las historias prohibidas de Pulgarcito de Roque Dalton, Réquiem por Teresa de Dante Llano, Vientos de primavera de Alaíde Foppa, Week-end en Guatemala de Miguel Ángel Asturias, Guerra en el paraíso de Carlos Montemayor, Disparos en la oscuridad de Fabrizio Mejía Madrid, Duermevelas de Adela Fernández, Cuentos de Guadalupe Dueñas, Música concreta de Amparo Dávila, El zorro de Sergio Ramírez, Agua de José María Arguedas, Canto villano de Blanca Varela, Sobre el Che de Eduardo Galeano, Cuentos de Mario Benedetti, Habla palabra de Luis Britto García, Los anarquistas expropiadores de Osvaldo Bayer, Cuentos de Juan Carlos Onetti, El atravesado de Andrés Caicedo y Mañana es lejos de Eduardo Rosenzvaig. No es una lista inocente: es una propuesta de lectura que reivindica conflicto, memoria, lenguaje y pensamiento crítico.

Las objeciones son necesarias. Ninguna política de distribución garantiza lectores, y la selección revela ausencias, desequilibrios y debates pendientes, especialmente en torno a la diversidad de voces. Sin embargo, incluso esas críticas confirman algo esencial: el libro sigue siendo un objeto de disputa cultural. Leer no transforma por sí solo, pero incomoda, abre preguntas, deja sedimentos. Un libro regalado puede ser postergado, olvidado o prestado, y aun así cumplir su función: permanecer disponible cuando el lector esté listo.

El optimismo de 25 para el 25 no es ingenuo, es deliberado. Confía en que la juventud no rechaza la lectura, sino los discursos vacíos. Acercar estos textos es ofrecer un diálogo con la herencia latinoamericana desde sus zonas más ásperas y luminosas. En tiempos de fragmentación, insistir en el libro es insistir en una forma más lenta, crítica y humana de estar en el mundo. Eso, hoy, sigue siendo radical.


Publicado en La Crónica de Hoy, 23 de diciembre 2025.

El Sector Salud en Michoacán

 



Publicado en El Universal, 18 de diciembre 2025.


El cuidado que sostiene al trabajo

 

El cuidado que sostiene al trabajo



La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo supervisó este fin de semana los avances en la construcción del Centro de Educación y Cuidado Infantil (CECI) de Paraje Oriente, en Ciudad Juárez, Chihuahua, como parte de su agenda de trabajo. Este centro, que se inaugurará en 2026, está diseñado para atender a 250 niñas y niños, desde los 43 días de nacidos hasta los cuatro años. Forma parte de una iniciativa nacional sin precedentes, que busca edificar mil centros similares en todo el país durante este sexenio, con el objetivo de duplicar la cobertura de cuidado infantil. La creación de estos centros es la respuesta a una demanda histórica de las mujeres trabajadoras, particularmente de aquellas que han formado parte del movimiento sindical en México. Desde los primeros años del Instituto Mexicano del Seguro Social, las mujeres han luchado por la posibilidad de dejar a sus hijos en un lugar seguro mientras desempeñaban sus actividades laborales.

El CECI de Paraje Oriente es más que un simple centro de cuidado: es un reflejo de una política pública que busca transformar las condiciones de trabajo y la organización social del cuidado infantil en México. Con instalaciones modernas, personal capacitado y entornos diseñados para garantizar la seguridad y el desarrollo integral de las niñas y los niños, estos centros se posicionan como un pilar fundamental en la creación de condiciones equitativas para las madres trabajadoras. Además, proporcionan un espacio donde las infancias no solo son cuidadas, sino también estimuladas en su desarrollo físico, emocional y cognitivo desde sus primeros días de vida.

Para las madres, el acceso a estos centros representa una oportunidad invaluable para integrarse al mercado laboral con la tranquilidad de que sus hijos están en buenas manos. La posibilidad de dejarlos en un lugar seguro y adecuado no solo favorece la independencia económica de las mujeres, sino que también les otorga una mayor autonomía sobre su vida. Esto no solo impacta positivamente en su estabilidad económica, sino que también fortalece su sentido de realización personal y bienestar psicológico, al permitirles equilibrar su rol como madres y como trabajadoras sin sacrificar ninguna de las dos facetas.

Los beneficios para las niñas y los niños son igualmente significativos. La separación temporal de sus madres en un entorno estructurado y estimulante fomenta su autonomía y les ayuda a desarrollar habilidades sociales esenciales para su integración en la sociedad. El contacto constante con otros niños y adultos les permite aprender a compartir, cooperar y resolver conflictos, mientras asimilan valores como la responsabilidad y el trabajo en equipo. Esta experiencia no solo contribuye al desarrollo de sus capacidades cognitivas, sino también a su formación como individuos más seguros y resilientes.

Asimismo, la socialización que se da en estos centros juega un papel fundamental en el desarrollo emocional de las infancias. A través de un ambiente seguro y estimulante, los pequeños fortalecen sus habilidades de comunicación, lo que contribuye a un mejor comportamiento y a un mayor bienestar psicológico. El acceso temprano a este tipo de cuidado ha demostrado ser crucial para el desarrollo de habilidades sociales y cognitivas que les serán útiles en su vida adulta, favoreciendo una transición más equilibrada al sistema educativo formal.

La creación de estos centros es, en este sentido, un acto de justicia social. Reconocer la importancia de las labores de cuidado infantil es un paso fundamental para transformar la estructura laboral y social de México. Los CECI, por lo tanto, no solo representan un beneficio directo para las madres y las niñas y los niños que acceden a ellos, sino que constituyen una pieza clave en la construcción de un país más equitativo, en el que las mujeres puedan incorporarse al empleo sin renunciar al cuidado de sus hijos y, al mismo tiempo, las infancias puedan desarrollarse en un entorno que favorezca su crecimiento integral.


Publicado en La Crónica de Hoy, 16 de diciembre 2025.

UNICEF: 80 años defendiendo a la infancia

 

UNICEF: 80 años defendiendo a la infancia

 

«Los niños son la esperanza de que la humanidad se regenere.»

José Martí

 

A casi ocho décadas de su nacimiento, UNICEF sigue cargando con la misma pregunta que lo vio surgir entre los escombros de 1946: ¿cómo proteger a los niños cuando el mundo se desmorona? Nació como un fondo de emergencia —el Fondo Internacional de Emergencia para la Infancia— para alimentar, vacunar y resguardar a millones de niños europeos, de Oriente Medio y China que habían sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial, pero a un costo insoportable. Su mandato era simple y urgente: salvar vidas sin preguntar nombres, nacionalidades ni banderas. En 1953, cuando se convirtió en organismo permanente de la ONU, dejó de ser solo una respuesta inmediata y pasó a ser una promesa duradera: la defensa de cada niño, en todo tiempo y lugar. Ese giro marcó su razón de ser. Salud, nutrición, educación, agua potable, saneamiento, protección contra la violencia, la explotación y el VIH/SIDA: no como aspiraciones, sino como derechos. Su labor se extendió en más de 190 países y territorios, siempre con la misma brújula moral: llegar primero a quienes tienen menos. En emergencias y desastres, en conflictos prolongados, en comunidades olvidadas, UNICEF se volvió símbolo de seguridad, puente hacia la esperanza y testigo activo de la fuerza de la infancia para resistir incluso lo que parece irreparable.

Su impacto humanitario ha atravesado generaciones: acceso masivo a vacunas esenciales, campañas para erradicar enfermedades como la frambesia, escolarización de millones de niños desescolarizados aun en plena crisis, sistemas de agua y saneamiento capaces de resistir climas extremos, programas de registro de nacimiento que devuelven identidad y derechos, protección contra la violencia y la trata, impulso global a la lactancia materna y mejores prácticas de nutrición. Por esa coherencia, por esa persistencia, recibió el Premio Nobel de la Paz en 1965, reconociendo que proteger a un niño es proteger el futuro entero.

En México, ese compromiso ha tomado forma en la promoción de una educación inclusiva —incluyendo a niñas y niños migrantes—, en la digitalización del aprendizaje, en iniciativas para mejorar el etiquetado frontal de alimentos y los hábitos saludables, en apoyo a la lactancia materna, en el seguimiento del cumplimiento de derechos y la atención en desastres naturales. También en programas de crianza positiva, acceso a servicios básicos y fortalecimiento del sistema de salud. Son avances que, aunque a veces silenciosos, transforman vidas.

Pero esta historia luminosa enfrenta hoy su propio eclipse. La pandemia de COVID-19 desencadenó la peor crisis global para la infancia en generaciones. Henrietta Fore lo resume con precisión: “Fueron años en los que deberíamos mirar hacia delante; estamos retrocediendo”. Las cifras que acompañan esa advertencia son un llamado de urgencia. Más de 1 600 millones de estudiantes quedaron fuera de las aulas durante los confinamientos, y en el primer año de crisis las escuelas estuvieron cerradas casi el 80% del tiempo destinado a clases presenciales. Los problemas de salud mental afectan ya al 13% de los adolescentes entre 10 y 19 años, mientras que en 2020 el 93% de los países vio interrumpidos o suspendidos sus servicios esenciales en esta materia. Antes de que termine esta década, podrían ocurrir diez millones más de matrimonios infantiles. El trabajo infantil alcanzó los 160 millones de niños, un incremento de 8,4 millones en cuatro años, y otros nueve millones siguen en riesgo debido al aumento de la pobreza. En 104 países, 1 800 millones de niños vivieron bajo interrupciones graves de los servicios de prevención y respuesta a la violencia. Y hoy, 50 millones de niños sufren desnutrición aguda —la forma más letal de malnutrición—, con la amenaza de que otros nueve millones se sumen a esa cifra.

La magnitud del retroceso duele, pero también reafirma el sentido de existir de UNICEF. No fue creado para tiempos fáciles. Su historia demuestra que la humanidad puede levantarse si pone a la infancia en el centro de sus decisiones. Ese es el desafío de nuestro presente: no permitir que una generación pague con su futuro lo que el mundo no supo prevenir. UNICEF nació para proteger a los niños que no tenían nada; hoy, su misión es impedir que tantos pierdan lo que habían logrado. Y en ese esfuerzo —igual que en 1946— no hay espacio para la resignación.

 




Publicado en El Universal, 11 de diciembre 2025.